Camps, ¿dónde está tu victoria?

Ahora que desde el PP se ha proclamado que hemos de reconocer la honorabilidad de Francisco Camps, que hemos de resarcirle, Mariano Rajoy tendría que pronunciar un mensaje especial televisado a todo el país subrayando que es urgente, muy urgente, y es conveniente, muy conveniente, olvidar todo lo que hemos visto, oído y sabido durante el juicio. Si no lo hacemos, ni podremos reconocer la honorabilidad de Camps, ni conseguiremos creer en la justicia y en las instituciones.

Pero no va a ser fácil. Borrar de nuestra memoria lo escuchado en las cintas judiciales, prescindir de las pruebas documentales que conocemos, y, sobre todo, arrancar de nuestra cabeza el rastro de cómo nos pueden llegar a gobernar algunos de los que elegimos, costará mucho. De forma especial si además los rehabilitan y se les considera oficialmente honorables.

Con todo, el caso Camps sigue vivo pese a la sentencia. Quedan abiertas cuestiones mucho más importantes y trascendentes que unos simples trajes regalados (porque fueron regalados) por quienes recibían a dedo o en concursos públicos nada claros encargos multimillonarios de la Generalitat valenciana. La consideración de que no recibió los trajes «en función de su cargo público» es, en definitiva, una simple complejidad legal técnica por falta de confesión explícita o un error del jurado. Y si no es un error, sino una sofisticada inducción, en caso de que no se descubra, tal vez acabemos despachándola con el pobrísimo argumento de que esas cosas ocurren.

Pero lo que queda de cara al futuro es doble. Cómo evitar que se gobierne un territorio a puro golpe de derecho de pernada, cómo impedir que se administren bienes colectivos considerándolos propiedad privada personal disponible para los caprichos de nuestros representantes. Y cómo conseguir que los partidos políticos y sus medios de comunicación adláteres dejen de respaldar a los corruptos cuando son de su propia cuerda. Esas son las dos cosas, junto con la demostrada injusticia de nuestra justicia, que nos vuelve a plantear el caso Camps.

En este caso, los excesos del partidismo del PP cuando clama por la honorabilidad de Camps llegan a un nivel infame. Los trajes son únicamente el florón visible y escandaloso del hecho de gobernar sin ética. El populismo descontrolado de Camps, muy rentable electoralmente a corto y medio plazo, y muy rentable asimismo para los bolsillos de los amigos, lo consagró Eduardo Zaplana con Terra Mítica y fue continuado magistralmente por él. Pero ha convertido a la Comunidad Valenciana en la autonomía con la mayor deuda pública y los mayores impagos a privados de toda España; en el escenario del urbanismo salvaje más desaforado, y en un prototipo de cuando la actuación política funde los bancos y las cajas de ahorros propias- Con Camps, los grandes acontecimientos y obras han ido acompañados de dislates económicos que han enriquecido a su entorno, desde la Copa América y la fórmula 1 hasta la visita del Papa o la gestión de las aguas residuales. Como del cerdo, lo aprovechó todo.

Cuando Rajoy estaba en la oposición, llegó a poner a Camps como ejemplo de la buena gestión económica y dijo que encarnaba «el modelo que quiero aplicar para el Gobierno de España». Estamos a la expectativa de ver si ahora, en pleno análisis crítico internacional de la descentralización española, le ratifica a la señora Merkel cuál es su modelo de presidente autonómico. También hay curiosidad por ver si el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, les dice a los representantes de las demás comunidades que, tras reintegrarle la honorabilidad a Camps, han de imitarle. Por cierto, la primera zancadilla a la política de endurecimiento del PP ante las autonomías ha venido precisamente por aquí. Tras difundir el mensaje de que cada comunidad debía espabilarse recortando para resolver sus problemas, Montoro tuvo que habilitar una ayuda especial y directa a la Comunidad Valenciana para evitar su suspensión de pagos, y eso le obligó después a flexibilizar su postura ante las demás.

La «no culpabilidad formal posiblemente no le servirá para nada al expresidente valenciano: es una personalidad pública de la cual todo el mundo se ha enterado de sus trapacerías habituales aunque no las haya castigado el jurado. En la nueva sociedad de la comunicación, ese tipo de pena, la divulgación de la verdad, suele castigar mejor que una multa. Camps, de momento, no queda inhabilitado, pero falta por ver, después del teatro organizado para festejar su victoria y de los discursos inmorales del PP ensalzándolo, qué nuevas responsabilidades públicas le encargan al empobrecedor de Valencia. De modo que es pertinente preguntarle dónde está su victoria. Pero nuestra derrota persiste: se nos puede gobernar así y fallar todos los controles, mientras los partidos insisten en defender a los indeseables de sus propias filas. Estamos muy lejos de ser un buen país democrático.

Por Antonio Franco, periodista.

1 comentario


  1. VO!
    CUANTA VERDAD NOS COMENTA DON ANTONIIO FRANCO, ¡BRAVO! POR SU ARTÍCULO. LA VERDAD ES QUE SE SIENTE VERGUENZA AJENA AL COMPROBAR COMO SE PUEDEN MANIPULAR A LOS JURADOS POPULARES O ¿NO?.

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