Canadá (II). En la Isla

La primera vez que escuché la expresión estar en la isla fue hace muchos años. Procedía de la marginalidad y se exhibía como invención magistral del lenguaje popular. Estar en la isla era tanto como ensimismarse; nada que ver con la hermosa e intraducible expresión catalana, badar,digan lo que digan los diccionarios. Todos soñamos con una isla, menos los que viven en ella. Una isla con casitas bajas de tejas verdes y caminos arbolados que se bifurcan; unos hacia el bosque y otros hacia el mar. También una ensenada donde echan sus cañas los viejos y los niños. Y una iglesia de madera que tiene en la parte de atrás un pequeño parque sin vallar, salpicado de piedras con nombres grabados; el cementerio, un jardín ni siquiera melancólico, con el césped ralo y cuidado.

Para quien detesta los tópicos y le inquietan los lugares de postal aterrizar en la Isla Príncipe Eduardo es entrar en otra dimensión y no puede resistirse a la ironía. Baste decir que las maletas se recogen del avión, igual que si se tratara de un autobús. En Canadá la conocen por PEI, el acrónimo en inglés de Prince Edward Island,y forma un estado muy peculiar del Canadá, tanto que si se sumó al continente no fue por las ganas sino por las deudas. Habían inaugurado en el verano de 1907 un ferrocarril de ciento y pico kilómetros que cruzaba la isla y acabó en ruina. Tenía pocos clientes, escasa mercancía y ninguna puntualidad. Llegaron a un acuerdo con Canadá. Si les pagaban las deudas del tren se sumaban al continente. El patriotismo siempre empieza o acaba por las rentas. No hace falta decir que clausuraron el ferrocarril y la primera gran estación, un chamizo precioso que es lo más antiguo de una ciudad de juguete llamaba Kensington, hoy es un pub.

La capital de la isla-estado de Príncipe Eduardo (PEI) tiene por nombre Charlottetown. Se puede recorrer en una hora y todavía queda tiempo para tomarse una pinta. La gente es tan irremediablemente amable que se podrían montar cursos en las universidades españolas, incluso en las escuelas, no digamos ya en los ayuntamientos, para mostrar a la ciudadanía por qué los canadienses tienen un natural amable, sean ricos o pobres, leñadores o abogados, incluso los empleados de correos, las cobradoras de los supermercados y los camareros en general. Si no fuera por la crisis se podrían montar viajes de intercambio. ¡Aprenda a ser amable en Canadá! Lo de Isla Príncipe Eduardo ya es de grado superior.

Aquí lo que tiene que ser jodido es la diferencia. Que alguien salga rarito,con inclinaciones individualistas. Por ejemplo, que deteste el golf – hay 36 inmensos campo de golf homologados-.O que carezca de inclinaciones patrióticas o religiosas -el monumento más notable de la Charlottetown está dedicado a los caídos en Tres Guerras Mundiales,y uno se queda de piedra cuando repasa la letra pequeña y se entera que la última tuvo lugar en Corea (1950-53)-. También sería un problema una inclinación izquierdista; nada de comunista, bastaría con socialista, incluso con radical. ¿Cómo sobreviviría en PEI? Pues a lo mejor como en Olot o Talavera de la Reina; pero tengo dudas.

Que todo el mundo sea igual o muy parecido puede acabar convirtiéndose en una pesadilla. Si, por ejemplo, detesto una canción popularísima que dice “me gusta mi bote para pescar mejillones…”, ¿puedo manifestarlo, sin que eso me aísle socialmente? (La verdad es que algo así podría pasar aquí, pero con otras connotaciones. Si por ejemplo digo que nunca he ido a Montserrat y que me parece absolutamente prescindible para conocer Catalunya, su historia y sus gentes, ¿podría expresarlo sin que me dijeran que jamás entenderé nada de este país porque no tengo en cuenta su esencia?) Lo odioso de las comparaciones es que son desazonadoras y de mala educación. En Canadá y menos aún en PEI huyen de las comparaciones. Tienen una vaga idea de dónde está España y de cómo son los españoles, pero no nos comparan con nadie; sencillamente nos ignoran.

Hay tipos tan cándidos – yo, por ejemplo-que pensábamos que la democracia sacaba lo mejor de los pueblos y que, como en las leyendas, la gente podía ser limpia, culta y amable, incluso libre. Hay un verso hermoso de Espriu al respecto.

Pues bien, sin entrar en detalles, en Isla Príncipe Eduardo están dadas todas las condiciones de una sociedad democrática. Y sin embargo siento una cierta inquietud ante esta sociedad isleña donde se vive de los campos de golf, las patatas y las langostas (no busquen más marisco, es lo que tiene el mundo anglosajón, los finos son muy elitistas y la gente común de un vulgar que arrolla. ORetornoaBridesheado el Manchester United).

Fuera del casino y las numerosas iglesias no sé qué demonios pueden hacer para divertirse los habitantes de PEI, gente encantadora, sobre todo amable de trato. Toda diversión es privada; o en grupo, pero privada. Nada hay aquí que sea a un tiempo digno y público. Quizá cambie en temporada, cuando empieza la vida turística tras la Virgen de Mayo. Antes sólo queda el Casino y un licor espantoso, que aseguran es mezcla de vodka y orujo, llamado moonshine.Las biblias de Gedeón están en tu mesita de noche y el hotel te vigila. Un cliente ha creído oler humo de tabaco en el pasillo y tres empleados hacen un chequeo, habitación por habitación, para detectar quién ha osado contravenir la norma. La ley es implacable para el ciudadano y benévola para la empresa; no se puede fumar en ninguna parte del edificio, ni siquiera en la terraza, porque un cliente puede detectar “un cierto olor que le parecía de tabaco” (sic), sin embargo le pueden a usted suministrar basura caducada para desayunar.

La estación central de autobuses de la capital, Charlottetown, se reduce a un tablón de madera en la calle que anuncia salidas y llegadas imposibles. No hay nada público que merezca la pena. Por eso la cultura del coche se erige en reino de la privacidad. Ahí se puede fumar y se contemplan escenas patéticas de tipos instalados en sus vehículos, inhalando ansiosamente el tabaco que jamás podrán disfrutar en su casa y agarrados a la botella que no les permitiría su dueña. Es políticamente incorrecto fumar, y perjudicial para la salud. Tanto como la comida basura, pero ¡entre un habano y unbigmac,quién puede hacer comparaciones! Una sociedad puede ser castradora desde el momento que unifica sus deseos.

Pocas razones para lo gloria y muchas para la reflexión. En Príncipe Eduardo se goza de la literatura al estilo del turismo de masas, incluye visitas tiernas y algo cursis. Aquí nació Lucy Maud Montgomery, autora de un libro que se convirtió en leyenda, y por tanto en negocio suculento: Ana de las tejas verdes.A su vieja mansión llegan mesnadas de lectores atraídos por eso de conocer la cocina de una escritora. La literatura, en su dimensión doméstica, no deja de ser un cuento infantil, donde todo es bonito y esperado, y acaba bien.

La otra razón para la gloria de PEI es no menos singular aunque esté fuera del programa de festejos. Isla Príncipe Eduardo constituyó, de antiguo, lugar señero para el contrabando. Aquí se asentaron las bases del más conocido de los gángsters de Nueva York durante la ley seca, Al Capone. Ustedes, que están habituados a que les cuenten historias de cómo Himmler fue despreciado en su visita a la abadía de Montserrat. O cómo sufría Franco ante el desplante de los barceloneses cuando visitaba la ciudad. O cómo se salvó el honor de Catalunya el día que se redactó un panfleto que no llegó a tirarse en el Palau. ¿A que no aciertan cómo se incorpora Capone al imaginario colectivo de la isla? A Capone le encantaban las langostas de aquí y atracaba su yate en una cala recóndita para degustarlas. No se lo creerán, pero me lo contó un experto guía de la isla. ¿Verdad que es bonito? Pues exactamente como Isla Príncipe Eduardo, un lugar encantador que produce esa mezcla de fascinación y desasosiego que dan las islas con mucha historia y poca gente. Donde vivir es una cantinela monótona basada en la costumbre. Y donde a las costumbres se las denomina tradiciones.

Gregorio Morán