Cancerberos de la moral púbica

Hay mañanas en que los temas se disputan ferozmente tus ojos. Tengo a un lado al presunto asesino de la diputada Cox. Y su relación con la política. Parece demostrado que es un criminal enfermo. Es probable que su trastorno obsesivo se adhiriera a Cox como pudiera haberlo hecho a un músico, a un futbolista o a un tendero. Cuando matan a John Lennon la opinión queda inerme, desconcertada, silenciosa. Pero cuando matan a un diputado en una dura campaña electoral rápidamente surgen voces que tratan de dar sentido al crimen. Y señalan los discursos del odio y la responsabilidad de los políticos en la difusión de relatos a los que pueda acogerse la mente averiada del asesino. Un asunto grave e interesante. Es injusto y pueril criticar a los políticos por excitar la pasión enfermiza. Sobre todo cuando cada semana en el Estadio miles de enfermos estrangularían con sus manos al referee. Pero quedará en la historia, y por eso hay que escribirlo, que la diputada Cox fue asesinada en medio de la campaña del segundo estúpido referéndum de David Cameron.

En algún momento pensé que la karta comenzaría por Donald Trump y su expresa voluntad de hacerse con el voto de los tontos y los inútiles. La campaña de Trump es interesantísima desde cualquier punto de vista, y este no es el menor. El candidato republicano practica con su público una suerte de sadismo, donde el insulto es solo otra forma de ganar votos. Iba a plantearte, dado que tantos partidos pugnan, en América y en España, por hacerse con el voto de los tontos, si no era necesario pensar en un partido que tratara de hacerse con el voto de los mejores.

cancerberos-de-la-moral-pubicaEl último asunto llegó fulgurante a la mesa y se ha quedado en ella. No sé si es el más relevante ni el más urgente ni el más sencillo de tratarse. Pero es hijo directo de la indignación, y la indignación es la mejor benzina de la máquina del escritor. El asunto es que un futbolista va de putas. Abro el periódico y lo primero que leo, como siempre, es el artículo de tu entrañable amiga Lucía Méndez. Como tú, manifiesta una cierta tendencia a observar la vida con los prismáticos del revés. Y así asegura, vía Bourdieu, vía muerta, que las putas y el fútbol forman parte del capital simbólico de los hombres. Qué gratuita ofensa al fútbol femenino, la verdad. Páginas más allá aparece Pedro Sánchez. No se siente cómodo. El futbolista que fue de putas es un futbolista de la selección española. La selección está jugando un importante campeonato y el seleccionador ha decidido mantenerlo en el puesto, porque le parece el mejor. La incomodidad de Sánchez no es noticia. Vive en ella. Incómodo con su partido. Incómodo con su aliado Rivera. Incómodo con su liado Iglesias. Incómodo con su adversario Rajoy. Y lo más grave, esta incómoda sensación de estar incómodo consigo mismo. Creí haber superado todas las pruebas pero estaba en la contraportada Alberto Garzón, la más genuina criatura de la cultura homomatriarcal, diciendo que los liberales son unos macarras: “Aceptar la prostitución permite la mercantilización del cuerpo. Desde el punto de vista liberal aceptar la prostitución es coherente”. Garzón prefiere que el macarra sea el Partido.

Estas tres honorables personas estaban exigiendo con diferentes grados de concreción que el futbolista sea apartado de la selección española de fútbol. Ninguna de ellas discute su competencia en el campo, sino su moralidad en la cama. Lo interesante es que para impugnar su conducta han tenido que cometer atropellos morales de una magnitud considerable. El primero, aceptar como hechos indicios que vienen empacados en uno de los sintagmas más inmorales del nuevo estado periodístico de las cosas, este de Los investigadores creen. El sintagma vale igual para que la policía ponga a salvo sus investigaciones fracasadas como para que los periodistas protejan su honra descargando sobre otros la incertidumbre, cuando no la pura falsedad, de los hechos. Toda la presunta inmoralidad del futbolista viene avalada por la creencia y en modo alguno por el conocimiento. Nótese, además, que en la creencia establecida por la policía no hay delito: ni la policía ni el juez han llamado a declarar al futbolista. Esta circunstancia eleva a un nivel celestial las ya arduas condiciones exigidas para actuar en la vida. Hay partidos políticos que exigen la renuncia de cualquier militante que sea investigado por un juez, sin esperar a que la investigación finalice, ni mucho menos a que se conozcan sus conclusiones definitivas tras la celebración del juicio oral. Pero a partir de ahora bastará la sospecha sobre cualquier conducta que nuestros supremos sacerdotes y sacerdotas -y no la ley- consideren incorrecta para que un futbolista se vea obligado a abandonar el campo. Ni siquiera actúa en este caso la acusación de doble moral que operó con eficacia cuando se descubrió lo buen actor que era Imanol Arias al animar a los españoles a pagar la renta. Que yo sepa el futbolista no ha aparecido nunca en el escenario como un referente moral; ahí ha estado siempre como futbolista y nada más que como futbolista.

El otro atropello moral se vincula con la intimidad. Los políticos y los periodistas tienen un singular concepto del animalito. Se llenan la boca, y nos llenan algo más que la boca, con jeremíadas orwellianas sobre ese Gran Hermano que no tiene más trabajo que el de atender la menor de nuestras transacciones fácticas o morales; pero no dudan en violar la intimidad de cualquiera cuando es capaz de servir a sus altos intereses. Todos los reproches sobre el futbolista están basados en una conducta absolutamente íntima, cuya exhibición el futbolista jamás autorizó. La inmoralidad se vuelve así contra la policía y los periodistas. Aunque no alcanza la de los políticos, conscientes de que un voto sucio vale lo mismo. La hipocresía en torno a la intimidad tiene un simétrico parangón en este caso. Tratándose de prostitución, práctica que no acaba de convencerme ni física ni ética ni estéticamente, llama la atención el uso discrecional, a medida del cliente, del sintagma Mi cuerpo es mío. O, para celebrar en la última raya a Méndez, de su versión estrictamente comunista. Aquel sintagma legendario Mis manos, mi capital, ésas con las que te nombro, te señalo y te escribo.

Pero sigue ciega tu camino

Arcadi Espada

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