Cantar en París el Himno Nacional

Me causó una profunda impresión el desarrollo del acto inicial de la presentación de nuestra selección nacional de fútbol en París. Al comienzo del encuentro deportivo se interpretaron los himnos de las dos naciones. La Marcha Real se escuchó en silencio mientras que La Marsellesa fue cantada con emoción por los futbolistas galos y por la mayoría de los miles de asistentes. ¿Qué ocurre de verdad en España?

Veamos. Las fronteras de las naciones europeas son cada día menos impenetrables. Miles de personas las atraviesan sin dificultad alguna. Se convive en este Viejo Continente con vecinos que nacieron en lugares diversos, a veces muy lejanos. La identidad del grupo originario corre peligro. ¿Qué se puede hacer para afrontar el riesgo?

Los franceses empiezan a ser conscientes de la pérdida de su identidad nacional. Recientemente, el 8 de febrero, se volvió a insistir en la obligación para los escolares de aprender de memoria su himno, La Marsellesa, con el fin de reafirmarles en los grandes principios de la República: libertad, igualdad y fraternidad. El presidente Sarkozy ha lanzado una campaña en el mismo sentido. La candidata socialista a la presidencia, Ségolène Royal, recalcó en diversos actos electorales la conveniencia de cantar La Marsellesa. Según las encuestas publicadas últimamente, una gran mayoría -alrededor del 75%-, está de acuerdo con que el himno nacional francés se enseñe a los alumnos en los colegios. Desde el año 2005 se prepara la ley Fillon para dar cobertura al canto de La Marsellesa.

Esta inquietud por la pérdida de su identidad la sienten los franceses a pesar de estar en su país muy arraigada la conciencia de ser una gran nación. ¿Cómo deberíamos reaccionar nosotros, los españoles, cuando por aquí se cuestiona a diario que formamos una auténtica nación?

La Marsellesa es un símbolo y se desea que todos la canten porque se conoce el valor unificador de los símbolos. Nuestro Himno Nacional no tiene letra y de esta carencia se aprovechan los que desean convertir a España en una organización territorial compuesta de varias naciones. El mes de junio de 2007 se convocó un concurso de ideas para elegir una letra a nuestro himno que pudiera ser cantada en las ceremonias oficiales y particularmente en los acontecimientos deportivos. El valioso propósito del Comité Olímpico Español no prosperó por las críticas a la letra seleccionada. Algunos expresaron sus reparos de buena fé -no les gustó literariamente el texto-, pero otros, con menos buena fé, mostraron su discrepancia para agradar a ciertos nacionalistas periféricos. Los gritos contra los Reyes en Bilbao hace unos días, en la final del campeonato de baloncesto, es otra prueba de lo que esos antiespañoles pretenden imponernos.

La belleza literaria de una letra puede discutirse siempre. Aunque no hay que olvidar, por ejemplo, que en La Marsellesa se habla de degollar, de sangre y de tiranía. Las invocaciones a la violencia son frecuentes en otros himnos. Como afirma Harod E. Samuel, «el valor intrínseco de una música y el texto pueden ser secundarios para el papel que juega el himno en el simbolismo político».

He aquí el meollo del asunto. Lo importante es tener en cuenta el valor de los símbolos. Si se infravaloran, el ciudadano medio, el que hace su vida sin apenas inquietudes políticas, no se integra en el conjunto. La identidad nacional sale reforzada con la utilización de los símbolos de la misma. Resulta especialmente preocupante que los gobiernos no insistan en la fuerza movilizadora de los símbolos.

Obligada es la cita de Cassirer, con su doctrina acerca del papel importantísimo que lo simbólico juega en la vida social. El hombre, a diferencia del animal, no vive en el mundo de los hechos crudos y solamente al compás de sus necesidades y deseos inmediatos, sino que vive además y principalmente en un mundo de símbolos. «El lenguaje, la religión, el arte, la política, los grupos sociales, constituyen parte de ese mundo simbólico, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica. El hombre no se enfrenta con la realidad de un modo inmediato y directo; no suele verla cara a cara. Se ha envuelto a sí mismo en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos, de tal manera que ve las cosas a través de la interposición de esa urdimbre simbólica».

El comportamiento político de los ciudadanos, en efecto, resulta influído extraordinariamente por los símbolos de la comunidad a que pertenecen. Si los símbolos de la unidad (bandera, himno…) son arrinconados, o eliminados incluso, los políticos pueden marchar por una senda distinta de la que cotidianamente recorren los ciudadanos. Las preocupaciones de unos y otros son distintas. La escala del Gobierno (reformas constitucionales y estatutarias, reinvención de la II República, etcétera) no coincide con la escala de las preocupaciones ciudadanas (el paro, el coste de las viviendas, la inmigración…).

Se canta La Marsellesa no para degollar a nadie, sino para unir a los franceses. Los españoles necesitamos más que nuestros vecinos del norte unos símbolos que refuercen el sentimiento nacional. ¿Cuándo se reabrirá el concurso para dotar de una letra al Himno Nacional? Recuérdese que fue provisionalmente paralizado el 16 de enero de 2008.

Como concluye Miguel Ángel Alegre en el último número de la Revista de Derecho Político -un monográfico en homenaje a Manuel García Pelayo-, «parece difícil que un pueblo tan diverso que resulta irreconocible, tan ávido de destacar lo que lo diferencia que ha llegado a ser incapaz de preservar lo que lo une, tan plural que ha devenido ingobernable, pueda ponerse de acuerdo en la letra de su himno».

ES DIFÍCIL, pero no imposible. Y, desde luego, necesario hoy. Precisamente ha sido García Pelayo el autor español que más atención prestó a los símbolos políticos, entre los cuales destacan los himnos. Él escribió que «hay épocas radicalmente politizadas en las que están en cuestión los fundamentos del orden político y la distribución del poder entre los grupos de la sociedad; pero hay, en cambio, otras que consideran a estos problemas como resueltos y están concordes respecto a los fundamentos y a los sujetos del poder». ¿En qué época nos hallamos los españoles? ¿No será la nuestra una época especialmente necesitada de símbolos que sirvan para fortalecer la unidad?

Una estructura política firmemente integrada supone unicidad en los símbolos sustanciales, de modo que si hay oposición simbólica ésta se limite a los símbolos accidentales. La discrepancia no afecta al ser ni al modo concreto de existencia de la unidad política. El respeto hacia los símbolos vigentes y la solidaridad con ellos es signo de una estructura política firmemente integrada, al menos en su sustancia. La falta de respeto a los símbolos vigentes o la pluralidad de símbolos en relación de antagonismo es signo de falta de firmeza en la estructura y, quizá, anuncio de su desintegración.

La teoría política académica tradicional no prestó la debida atención a los componentes irracionales de la realidad política. Se olvidó la advertencia de Gotesky en The Nature of Myth and Society: «Toda cultura crea y valora sus propios mitos, no porque sea incapaz de distinguir entre verdad y falsedad, sino porque su función es mantener y conservar una cultura contra la desintegración y destrucción. Sirven para sostener a los hombres frente a la derrota, la frustración, la decepción, y para conservar las instituciones y el proceso institucional».

No sería bueno olvidar el contraste que percibimos en París al interpretarse los himnos de España y de Francia. Hay que dotar de letra a La Marcha Real. Sería un paso adelante en el camino de la «indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles», según las palabras textuales del artículo 2 de nuestra Constitución.

Manuel Jiménez de Parga, catedrático de Derecho Constitucional. Pertenece a la Real Academia de Ciencia Morales y Políticas. Fue presidente del Tribunal Constitucional.