Canto al optimismo

Conforme transcurren los días, los meses, los años, compruebo cómo el desánimo, la apatía, la desazón… se han adueñado de la sociedad española, y no solo de aquellas personas que por motivos obvios (paro crónico, nulas expectativas profesionales, etcétera) podrían gozar de este privilegio, sino también por parte de aquellas que, si bien sufren las consecuencias de la peor crisis económica jamás conocida (¡gracias a Dios que mis lectores no vivían en 1898 o en 1929!), pueden seguir manteniendo un relativo y cómodo nivel de vida. En efecto, la ansiedad, la depresión, la crítica ácida contra los actuales políticos y economistas inundan todas las conversaciones y tribunas de opinión (un 27 por ciento de la población, según una reciente encuesta, rechaza de plano a la clase política), y por ello creo que ha llegado el momento de puntualizar algunas manifestaciones que se cuelan por los entresijos de todas las capas sociales y que terminan deteriorando el ambiente.

1. Ni todos los políticos son iguales ni to-dos son incompetentes y corruptos. Esta afirmación que parece haberse olvidado, y algunos considerarán unaverité de LaPalice, sin embargo ha calado con profundidad y con una consecuencia clara y meridiana: si todos los gobernantes son incompetentes, entonces no les permitamos que administren el 40 por ciento de la riqueza nacional; no les demos derecho a controlar nuestro esfuerzo diario a través de la imposición y por consiguiente «salgamos a la calle». Error, craso error, que acarrea los movimientos antisistema que no dejan de proliferar.

2. Es imposible haber recibido una herencia política global peor, no solo económica, sino, lo que todavía es más grave, repleta de datos falsos. No es lo mismo intentar arrancar el motor del coche con el depósito de gasolina en reserva que sin un litro de combustible. En efecto, y solo como botón de muestra e intentando no agobiar con cifras: finalizar el ejercicio 2011 con un déficit público cercano al 9 por ciento ha significado una cantidad cercana a cincuenta mil millones de euros, equivalente, sin ir más lejos, a la total recaudación del IRPF, al saneamiento de la banca española, a la mitad de la valoración de Facebook o al coste de despedir a dos millones de funcionarios.

3. Y ya que hablamos de saneamiento financiero, otro extremo clave que no debemos pasar por alto: parece que nuestro sistema bancario no era tan catastrófico como nos lo pintaban, a la vista de las cifras que Oliver Wyman ha fijado y que cifran las necesidades de capital de nuestros bancos en torno a los 50.000 millones de euros. Pero ¿por qué el actual Gobierno no se cansa de repetir que el sistema financiero alemán ha necesitado para sanearse de más de 350.000 millones de euros, el británico 105.000, el holandés 80.000 o el irlandés 65.000 millones de euros? Y en este examen, que jamás hubiese superado la banca extranjera, recordemos también que entre las siete entidades aprobadas, y si exceptuamos por sus características propias a Bankinter, tres eran bancos y tres antiguas cajas.

Sí daré la razón a la cohorte de pesimistas y críticos que inunda nuestra piel de toro, y fundamentalmente la Villa y Corte de Madrid, en que difícilmente se pudo gestionar peor la crisis de Bankia, y no tanto por una cuestión de volumen (la mitad de las necesidades del sistema español), sino por lo que supuso en cuanto a ausencia de credibilidad en las instituciones españolas fuera de nuestras fronteras.

Hace escasas fechas el economista y ensayista francés Alain Minc se sorprendía por lo autocríticos que, una vez más, los españoles éramos con nuestras posibilidades y nos apuntaba que en Europa, y exceptuando el entorno anglosajón, la percepción sobre nuestro país no era tan negativa (¡y esto en boca de un francés!), y nos recordaba que el turismo (57 millones de visitantes) seguía batiendo cifras récord, que las exportaciones españolas no cesaban de aumentar, y no solo gracias a nuestras multinacionales, sino también gracias a aquellas empresas medianas con fabricación de productos atípicos. Pensemos que solo en el año en curso se prevé que las mismas se incrementen un 6 por ciento. Y en esta línea tampoco podemos olvidar que cuatro de las entidades financieras más solventes del mundo son españolas, al igual que una de las cinco compañías de telefonía mundial, o que somos líderes en distribución y moda, en concesión de autopistas, en alimentación, en cadenas hoteleras, en energías renovables, en construcción, en industrias relacionadas con la automoción, con la gastronomía… En definitiva, el 20 por ciento de nuestro PIB en 2011 tuvo su origen en las exportaciones. Todo ello ha redundado en que nuestra competitividad no haya dejado de mejorar.

Gobernar España en 2012 no es sencillo, y menos aún si nos lidera una german boss with two italian deputies, pero quiero creer que lo más complicado ha pasado. Nos espera un 2013 de grandes sacrificios, pero no me cabe la menor duda de que al final del próximo año se empezará a ver la luz. El miedo a «romper» el euro prácticamente ha desaparecido, ya que los empresarios continentales han dicho que sí a la moneda europea. Solo falta que el gran compromiso financiero, bancario y fiscal se cumpla no solo a nivel europeo, sino también nacional. ¿Se imaginan cuántos quebraderos de cabeza se ahorraría nuestro ministro de Hacienda si el 25 por ciento de la economía sumergida que se supone existe en nuestro país aflorase? ¿Se imaginan cuántos quebraderos de cabeza se ahorraría nuestro ministro de Hacienda si los bancos extranjeros afincados en nuestro país dejasen de fomentar y facilitar la salida de depósitos españoles a sus entidades en el extranjero? ¡Las últimas estadísticas hablan de una cantidad cercana a los 300.000 millones de euros, equivalente al 27 por ciento del PIB! Si no creemos en el futuro de nuestro país y preferimos invertir en empresas e instituciones foráneas, entonces, por favor, dejemos de censurar cualquier tipo de medida aprobada por nuestros gobernantes.

Hace tres años, y ya inmersos en plena crisis económica, titulaba una Tercera «Possumus» (11-7-2009) parafraseando a los hijos del Zebedeo. Hoy sigo pensando que «es posible» y que a pesar del 25 por ciento de paro, del desbarajuste autonómico, de la necesidad de blanquear la economía sumergida…, todos estamos obligados desde nuestra atalaya particular (la fábrica, la escuela, la empresa, el banco, la familia…) a transmitir un grito de optimismo.

Este «Possumus» que 2.000 años más tarde utilizaría el presidente Obama para entusiasmar al electorado estadounidense va a necesitar de una alta dosis de diálogo, pedagogía y serenidad. Creo que esto último no le falta a nuestro presidente del Gobierno. Intentemos que el diálogo y la pedagogía con Europa, con alguna autonomía fuera de control, con la sociedad española que todavía cree en él, hagan que el «Possumus» no sea solo voluntarismo, sino una realidad antes de que el año 2013 toque a su fin, y que la afirmación de Albert Einstein según la cual «la crisis es la mejor bendición que puede sucederles a personas y países porque la crisis trae progresos» sea una verdad palpable en la España venidera.

Isabel Estapé, notario. Miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras.

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