Capital ético

Por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación ÉTNOR (EL PAÍS, 28/04/06):

Proyectar el futuro, a medio plazo al menos, es un ejercicio de inteligencia para las personas y para los pueblos, sean homogéneos o plurales. Un ejercicio al que nos invitan hoy diferentes instancias, entre ellas el ciclo “Un horizonte para España”, organizado por José Luis García Delgado, primer titular de la Cátedra “La Caixa” Economía y Sociedad. Conviene pensar el presente y planear creativamente el futuro, y para eso repasar nuestros recursos, actuales y previsibles, en materia de ciencia, economía, derecho, política, ciudadanía, ética. Repasar todo aquello que puede oficiar de capital.

Sabido es que el capital es un activo producido, productivo y duradero, que no se agota con un solo uso. Sabido es también que sin él no prosperan las empresas ni tampoco los países, al menos desde un punto de vista económico. Pero en los últimos tiempos, autores tan poco sospechosos de ignorancia en materia económica como Amartya Sen nos han recordado que incluso la economía tiene una meta situada más allá del beneficio monetario: el objetivo que le da sentido es el de crear una buena sociedad. Al fin y al cabo, las personas se afanan por ser felices, y una buena sociedad, una sociedad justa, es aquélla cuyos miembros pueden llevar adelante sus proyectos de vida feliz. Para lograrlo -se dice- es preciso recurrir al capital físico, financiero, humano y social, pero también -queremos añadir- al capital ético.

Componen -a mi juicio- el capital ético los valores morales que una sociedad pluralista comparte desde la diversidad de proyectos de vida buena. Justamente, una de las tareas más exigentes en sociedades plurales consiste en organizar la convivencia tomando como referente lo que se ha llamado una “ciudadanía compleja”, que no prescinde de las diferencias, como ocurriría tomando como modelo una “ciudadanía simple”, sino que se propone integrarlas cuidadosamente desde valores compartidos, cuando son justas. Si ciudadano de una comunidad política no es sólo el que pertenece a ella, sino sobre todo el que trabaja para que sea justa, la ciudadanía se cultiva, y más aún la compleja. Por eso es urgente recordar cuáles son esos valores comunes en países como el nuestro, porque sin hacer de ellos carne y sangre de la vida cotidiana, hay mal futuro. Un buen camino es, en principio, la educación, siempre que se emprenda con tiento, con la clara conciencia de que no es lo mismo educar que indoctrinar.

Porque podría pensarse que basta con aprender en la escuela los valores superiores de la Constitución o los del Tratado Constitucional de la Unión Europea, o los de los distintos Estatutos de Autonomía, valores que, a fin de cuentas, son los mismos. Ahí radican a la vez la fortaleza y la debilidad del “patriotismo constitucional”, que con tanto empeño defendió Habermas. La fortaleza de que los valores ético-políticos de los textos constitucionales en sociedades con democracia liberal permiten unir a sus gentes en un proyecto ético-político compartido, porque integran las diferentes etnias, religiones y razas en ese dêmos”, en ese pueblo, que incluye diferencias en el seno de la comunidad política. La debilidad -si es que es debilidad, que no lo creo- de que los valores superiores de esas sociedades son los mismos y mal pueden servir de base para un patriotismo que no sea cosmopolita.

Descubrir que se comparten valores es una buena noticia, siempre que uno de ellos sea el respeto activo a las diferencias justas, porque eso es lo que permite organizar respetuosamente la vida pública y, sobre todo, enfrentar con altura los mayores problemas de la humanidad: el hambre, la pobreza, el paro, el abandono, la violencia, la manipulación, la discapacidad, la dominación, la incultura. Los problemas más acuciantes de entre los que instan a la humanidad a resolverlos, aunque los medios de comunicación y la política estén en otros asuntos, día a día, hora a hora. Como si la tarea de la política y la de los medios no fuera la de priorizar por orden de importancia, sino otra cosa.

Sin duda, en la escuela deberían enseñarse con luz y taquígrafos estos valores ya compartidos, que conforman una ética de los ciudadanos, una ética cívica. Desde ellos se orienta la educación en la ciudadanía. Pero “enseñar” no significa indoctrinar por parte del profesor, memorizar por parte del alumno textos constitucionales o estatutos, ni siquiera si se trata de sus preámbulos. Memorizar no sirve para nada en esto de los valores, lo que importa es aprender a degustarlos, como ocurre con los buenos vinos, de los que nada se sabe sin una morosa cata. De donde se sigue el querer incorporarlos en la vida corriente porque dejan un buen gusto, ganas de repetir.

En esto de los valores y su incorporación en el día a día contamos con una tradición intelectual muy próxima, en la que cuentan al menos Ortega, Zubiri, D’Ors, Aranguren, Laín, Marías. Desde ella sabemos que los valores no los inventamos, sino que “los hay”, son cualidades de las personas, las acciones, las instituciones o las cosas, que atraen cuando son positivos y repelen cuando son negativos. Como la justicia o la libertad, que atraen, mientras que la injusticia y la dominación repelen. Sabemos que nos permiten acondicionar el mundo, haciéndolo habitable, porque mal se viviría en un mundo sin solidaridad o sin belleza, como se malvive en un edificio sin ventanas, con mugre y mal olor. Pero “valores éticos” serían aquellos que cualquier persona o cualquier pueblo deberían incorporar para considerarse humanos. Jugar bien al tenis no es un deber moral, decía Wittgenstein en su Conferencia sobre Ética, pero si digo una mentira escandalosa, no puedo responder a quien me critique que no quiero comportarme mejor, sin que su réplica sea: pues debería hacerlo.

Aspirar a esos valores e incorporarlos en la realidad cotidiana significa forjarse un carácter dispuesto a hacerlo, por eso no basta con memorizar textos, por buenos que sean, sino que es preciso aprender a degustar los valores que, como los buenos vinos, más se aprenden por degustación que por instrucción.

Recordar cuáles son los valores que componen el capital ético de nuestro país no es difícil. La justicia debería ser sin duda el quicio de la comunidad política, y por eso cuando es injusta está desquiciada, fuera de quicio, como esas puertas encalladas que ya ni abren ni cierran, están de más. Y la justicia reclama cuando menos libertad frente a esclavitud y tiranía; igualdad de capacidades básicas para llevar adelante proyectos de vida feliz; solidaridad entre las personas y los pueblos en tiempos de interdependencia; respeto activo hacia otras formas de pensar y vivir, siempre que no sean injustas; responsabilidad por lo vulnerable, por niños, ancianos, enfermos, discapacitados, pero también, aunque con un nivel de exigencia diferente, responsabilidad por la naturaleza que, por primera vez en la historia, está en nuestras manos; y diálogo como medio de resolver los desacuerdos, siempre que estén puestas las condiciones que le dan sentido.

Proyectar el futuro contando también con este capital ético, propio de una ciudadanía compleja, es una apuesta cuando menos inteligente por realista.