Capitalistas de imitación

Es muy fácil sentir envidia por el éxito de China. Con las tasas de crecimiento actuales, la economía china duplicará su tamaño en solo nueve años y en el proceso se estima que 100 millones de personas dejarán de estar en el umbral de pobreza.

Comparemos estos datos con las principales economías del mundo occidental. El PIB de la eurozona no ha avanzado respecto de los niveles previos a 2008, y la última vez que los Estados Unidos tuvieron un crecimiento como el de China fue en 1984 cuando el galón de gasolina costaba 1.10 dólares y en California salía la primera línea de producción de Apple Macintosh.

Dado el pobre desempeño de Occidente en años recientes no sorprende que la envidia por el dinamismo de la economía china se haya manifestado en políticas oficiales. Entre los ejemplos que últimamente se pueden observar se encuentran intervenciones directas en el mercado (como el esfuerzo estadounidense de impulsar su industria automotriz mediante el programa “cash for clunkers” (para comprar automóviles)), o el intento del gobierno británico de reactivar su mercado inmobiliario mediante garantías hipotecarias comprendidas en el plan “Help to Buy” (para adquirir vivienda).

Incluso los bancos centrales que hasta ahora han sido independientes no se han escapado del lento desplazamiento hacia el capitalismo patrocinado por el Estado. A la Reserva Federal estadounidense se le ha alentado a comprar el 90% de la emisión neta anual de bonos del Tesoro estadounidense, con lo que en efecto se financia el déficit fiscal de dicho país y se asegura, mediante las consecuentes tasas de interés reales negativas, que las empresas e individuos que deseen ahorrar en lugar de gastar, perderán poder adquisitivo al hacerlo.

Irónicamente, los países occidentales están virando hacia el estatismo en el mismo momento en que China parece estar yendo en la dirección contraria –como se ve en sus acciones recientes para liberalizar su sistema financiero. En tan solo diez años la proporción del crédito bancario dirigido por el Estado en la creación de nuevos créditos ha disminuido de 92% a menos de la mitad.

No obstante, el capitalismo de imitación conlleva riesgos. En efecto, es poco probable que todo el mundo resulte ileso. Los esfuerzos de Occidente para emular a China se ven obstaculizados porque no tiene la capacidad de igualar las condiciones del crecimiento chino, como la movilización de la mano de obra, y por su reticencia a aplicar políticas como la de un solo hijo. Así pues, el resultado más probable de las incursiones de Occidente en el capitalismo de Estado es la mala asignación de capital, como en el caso de la industria del acero en China, que tiene un enorme exceso de suministros, pero sin el extraordinario desempeño general de la economía nacional.

Desde la otra dirección, el lento desplazamiento de China hacia un tipo de capitalismo más orientado al mercado también puede tener escollos. No se necesita buscar más allá de sus recientes problemas con los llamados productos de administración de la riqueza para encontrar evidencias de que tratar de implantar reformas sin tener las autoridades de reglamentación adecuadas puede causar problemas.

Los productos de administración de la riqueza se comercializaban normalmente como alternativas a las cuentas de depósito personales. Sin embargo, los fondos se invertían después en activos más riesgosos que incluían “préstamos fiduciarios” a empresas inmobiliarias, por ejemplo. El número de préstamos fiduciarios aumentó un 40% en 2012, lo que provocó serias preocupaciones entre las autoridades chinas de que los productos de administración de la riqueza se convirtieran en las siguientes “bombas” financieras porque los bancos tenían incentivos fuertes para tomar decisiones crediticias antieconómicas.

La subsiguiente reglamentación de los productos de administración de la riqueza frenó la creación de créditos y provocó una caída de los mercados de valores en China. No obstante, con el tiempo, las medidas deberán permitir que el sistema bancario paralelo de China siga creciendo a un ritmo más manejable y de manera más sostenida.

Existe el riesgo de que la falta de crecimiento en Occidente haga pensar a sus gobiernos que la transformación económica hacia el modelo chino es urgente. Sin embargo, el modelo económico de Occidente produjo niveles de vida sin precedentes. Este logro no debe ignorarse solo por una crisis, no importa cuán larga sea, y el modelo económico que produjo los estándares de vida actuales no debería desecharse sin un análisis riguroso previo.

En contraste, el rápido crecimiento de China no debería disimular la necesidad de un cambio económico. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, en algún momento entre 2020 y 2025 China llegará al punto que los economistas llaman “Lewis Turning Point” en el que la vasta oferta de mano de obra barata de un país se agota y factores como la movilización laboral tienen una contribución decreciente en el crecimiento. La reducida disponibilidad tanto de recursos como demográfica de los próximos años resultará, sin poder evitarlo debido al modelo económico dirigido por el Estado, en una inadecuada asignación de capital.

Como lo muestra la reciente experiencia de China con los productos de administración de la riqueza, el cambio económico puede evidenciar viejos problemas y crear nuevos. Irónicamente, la transformación de China de una economía centralizada a una orientada por el mercado puede exigir la mayor planificación de todas.

Alexander Friedman is Global Chief Investment Officer for UBS Wealth Management. Traducción de Kena Nequiz.

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