Cara y cruz de Letizia, futura reina

Por Luis Antonio de Villena, escritor (EL PERIODICO, 10/11/03):

Desde el punto de vista de una monarquía (como la española) que se ha pretendido, desde 1975, populista y ´democrática´, el hecho de que el Príncipe de Asturias se case con una chica guapa, periodista, plebeya y divorciada, es aparentemente un gesto de modernidad absoluta. El Príncipe se casa –entiéndase en el mejor sentido– con una cualquiera, con una joven de buen ver, como hay tantas.

Pero es que la monarquía (con la que uno puede muy lícitamente estar en desacuerdo) se fundamenta, en lo profundo, en que el rey, por muy constitucional que sea, ni es democrático ni es uno cualquiera. El rey (que no es elegido democráticamente en ninguna monarquía, que en sí misma es lo contrario de la democracia) es el símbolo del Estado, y todos los muchos privilegios que tiene están en función de ese simbolismo que el monarca encarna. Por eso el único privilegio que no tiene un rey es el de ser un ciudadano normal. Los reyes no son ciudadanos normales (no votan), son el símbolo del Estado.

Así, cuando los reyes (o futuros reyes) se comportan como ciudadanos normales, que ligan, lloran, son infieles y se divierten como cualquiera, el ciudadano común primero se alegra por tanta cotidianeidad, pero pronto empieza a decirse: Si son como todos y hacen lo que todos, ¿por qué tanto protocolo, tanta pompa y circunstancia, tanto privilegio? Y lo que empieza en palmas viene a terminar, con harta facilidad, en pitos. Porque lo común, lo cotidiano, lo que asemeja a todos, daña terriblemente la excepcionalidad del símbolo. El más reciente y triste ejemplo lo tenemos en la fallecida Diana de Gales. Una princesa popular y guapa que usó de todos sus privilegios (genuflexiones, diamantes, títulos) pero que, al mismo tiempo, quiso ser una de tantas. Una mujer que lloraba las infidelidades de su marido, que como venganza lo engañaba a su vez, y que lo iba contando todo por todas partes, convertida –para mal monárquico– en lo que las tremendas revistas del corazón llamaron ´reina de corazones´. ¿Era la pobre y normalísima Diana –pese a los escotes cuajados de brillantes– un buen símbolo de la añosa monarquía británica? Yo creo que no. Fue un pequeño desastre para los monárquicos de allí.

Miren a la reina Isabel II (coronada en 1952); algunos dicen que ni siente ni padece. De su intimidad y de sus sentimientos personales no se sabe nada de nada. Siempre está impasible, simbólica y tuvo que ser Diana –ya enfadada con la familia– la que dijo que la reina sólo quería a sus perros y a sus caballos. Como es natural (pues la reina no es una persona sino un símbolo), su majestad británica no respondió a la cada vez menos princesa. Insisto, uno puede no ser monárquico. Yo no lo soy, pues creo en una representación del Estado rotatoria, democrática, con los menos privilegios posibles, o sea, republicana. Esa es mi opción, al parecer, y hoy por hoy, minoritaria en España.

Pero si mentalmente me pongo en monárquico, sólo encuentro sentido a esa monarquía si apoya sus muchos privilegios únicamente en la excepcionalidad de su simbolismo.

Por cuanto acabo de decir, a priori, el tono populista y de andar por casa que se pretende dar a la elección principesca de Letizia Ortiz como futura reina de España no me parece, ni mucho menos, un acierto monárquico. Primero porque el aludido tono de ´andar por casa´ sólo durará hasta que se celebre la boda, luego la reina será reina y punto. Y eso si todo sale bien, porque si cualquier tropezón conyugal (o alguna mala persona en la prensa del corazón) empieza a desvelar la ´normalidad´ de los reyes, ¿qué queda del simbolismo monárquico, única justificación de una monarquía constitucional? Entonces, el mismo pueblo que aplaudió el populismo del enlace empezará a desengañarse porque la dorada carroza de Cenicienta se ha convertido en una calabaza. Y no conviene olvidar que la tradición monárquica española sigue siendo menos firme que la británica. El pueblo español parece más juancarlista que monárquico, y eso lo saben hasta las ranas, predictoras de los embarazos, tan importantes para la continuidad monárquica, aunque a mí todo ello me parezca un atraso. No lo olviden, entre la batahola del momento: sin puro, alto y limpio simbolismo, las monarquías presentes no son nada.