Carlos I: amor en tiempos de gula

Carlos de Gante era señor de tantos territorios y ostentaba tan luenga lista de títulos que llenarían una página de este periódico. Fue criado en el ambiente caballeresco de la corte borgoña, que le exigía emular a un monarca de cuento de hadas, de princesas, de castillos e intrigas palaciegas. Esta formación medieval había adiestrado al joven Carlos para reinar en persona, viajando sin parar para presentarse ante sus gentes y conocer sus territorios, catar sus bebidas y disfrutar de sus cocinas, pero no para gobernar un imperio global. Al final, tras conseguir imponerse en tantos reinos heredados, principalidades compradas y terrenos ganados por sus súbditos castellanos, logró guiar a Europa a las puertas de la modernidad, pero cargó tal peso de responsabilidades reales sobre sus hombros de carne y hueso que parecía un atribulado y nuevo dios Atlas.

Carlos I amor en tiempos de gulaEmpero, Carlos no lo hacía solo: tenía el apoyo de una consorte magnífica, su prima Isabel de Portugal, que reinaba con una habilidad política extraordinaria en España, ancla de los erarios americanos que alimentaban el imperio. Los dos tuvieron la suerte de que su relación personal fue mucho más que una amalgama de intereses. A través del declive cultural de medio milenio es imposible vislumbrar la amalgama de realidades pragmáticas y motivos psicológicos que indujo el amor entre estos dos primos de sangre ibérica, pero es incuestionable que Cupido lanzó una flecha de oro ardiendo a aquel matrimonio imperial. Un noble portugués cuenta que en su boda «se parecía que los novios comparten un gran sentido de felicidad… y cuando están juntos no tienen ojos para los demás». El emperador, caballero de la orden del Toisón de Oro, se había casado por fin con una princesa, dotada además con un millón de ducados.

Los tópicos caballerescos y la fortuna influirían en el ardor imperial. Pero Isabel también le resultaba una mujer extremadamente hermosa, y aparentemente podemos comprobar su belleza increíble en el retrato del Prado que pintó Tiziano en 1548, justo después de la gran victoria del emperador contra los protestantes en Mühlberg. Sin embargo, Isabel había fallecido en 1539, sosteniendo un crucifijo y dejando a Carlos tan inconsolable que empezó a hablar de retirarse y de hecho se refugió unos días en el monasterio de Sisla. Así que Tiziano tuvo que basar el cuadro de 1548 en dos anteriores hoy perdidos. Su modelo original fue un retrato que había hecho otro pintor cuando todavía vivía Isabel. Tiziano lo aprovechó cuando Carlos le encargó una imagen nueva, en 1543. Para hacerlo todavía más complicado: sabemos que cuatro años más tarde Carlos ordenó a Tiziano cambiar la nariz de su esposa en esa imagen de 1543, enderezando la aguileña para pasar a una recta «de una clásica perfección inverosímil», según un historiador de arte moderno, que es la que vemos traspasada al cuadro del Prado. En este acto de cirugía plástica póstuma percibimos al emperador todavía apesadumbrado, intentando agarrarse a la verdad emocional de su experiencia personal con su amada. Pero la memoria débil le traicionaba y empezó a confundir lo superficial de las apariencias con realidad esencial del carácter poderoso de su norte conyugal; necesitaba que la imagen reflejase sus recuerdos y no la naturaleza física de la esposa.

Si aquel cuento de amor es la característica íntima más atrayente de Carlos, la más entrañable es su afición a la relojería. Los relojes, lujosos artilugios, ricamente decorados e incluso fabricados de oro y plata, eran la orfebrería de la ciencia, la búsqueda por los inciertos Griales renacentistas para medir la tierra y el cielo. El cronista real cuenta que Carlos fue diligente en «aprender cosas de astrología, esferas y de teórica de planetas y cosas de cartas de marear y bolas de cosmografía». Incluso está documentado que él mismo inventó una nueva clase de reloj. Pero esa curiosidad intelectual era la cara de una cruz de ansiedad: desde que murió Isabel transitaba obsesionado con la Muerte, que siempre camina de la mano del Padre Tiempo.

En las secuelas del desastre del sitio de Metz, en 1553, Carlos, cansado y envejecido, padecía las agonías de un ataque de gota y una avanzadilla de la artritis creciente que lo atormentaba. La depresión se adueñó de su ánimo. Un embajador informó de que «se pasaba largas horas llorando como un niño (… ) y su única ocupación era cuidar sus relojes y mantenerlos todos andando al unísono (…) y como no puede dormir por la noche, convoca con frecuencia a sus sirvientes y les ordena que enciendan antorchas y le ayuden a desbaratar algunos relojes y a volver a montarlos de nuevo».

Por un lado vemos a un rey relojero, diestro de la ciencia. Pero es como si quisiera intervenir en el paso del tiempo, si no para pararlo, al menos para poseerlo. Por otro lado vemos a un devoto encargado de la Fe y las almas de sus súbditos, atormentado por la crecida del luteranismo y consciente de su propia mortandad, un hombre herido en lo más profundo.

Acosado por su cuerpo y su cerebro tumultuosos, Carlos abdicó sus señoríos en el invierno de 1555 y se retiró al monasterio de Yuste para vivir sus últimos días rodeado de las palabras y obras naturales del Señor. Expulsó a las mujeres de su comitiva y solo le quedó la gula como único pecado, un limbo visceral de consuelo. Las cartas de su mayordomo están repletas de comentarios sobre ostras frescas traídas en hielo por la posta de Lisboa, aceitunas manzanillas de Sevilla, la cacería de la Vega y hasta una barrica de anchoas saladas, que Carlos insistía en comer aunque estaban podridas. En un exceso sardónico, el mayordomo comentó: «No sé qué más podría hacer para complacer a V. M. a menos que pruebe a hacer para ella un nuevo plato, compuesto de potaje de relojes».

Por fin, en agosto de 1558, Carlos se retiró definitivamente al lecho. Pidió a su tesorero que le trajera el retrato de Isabel (el del Prado) y la contemplaba largo rato. Luego mandó que le mostrasen un Juicio de Tiziano y el día siguiente preguntó por su confesor y recibió extremaunción. Su agonía se prolongó tres semanas. Murió agarrado al mismo crucifijo que Isabel.

Robert Goodwin, historiador.

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