Carlos V ante la tumba de Lutero

A pesar de que los tiempos cambian y nos cambian, los defectos, vicios y pasiones del ser humano parecen ser siempre los mismos. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, esto de abrir tumbas de personas, sobre las que se ha decretado la damnatio memoriae en pleno siglo XXI, varios decenios después de su fallecimiento, no deja de sorprenderme. Por ello, para comprender algo mejor tan insólita cuestión, he recurrido a la maestra de vida que es la Historia, y de todas las historias fúnebres que he recordado, relataré la que me parece más sugestiva.

Se refiere a nuestro Rey-Emperador Carlos V, un monarca que heredó, muy joven, de sus cuatro abuelos, la estructura política más extensa y compleja conocida hasta entonces. Herencia vinculada al proyecto sobrehumano de defender la unidad católica de Europa, amenazada entonces por el luteranismo, que comenzaba a dividir violentamente a los príncipes cristianos de sus dominios imperiales.

El Emperador conoció personalmente a Lutero, a quien había convocado a la Dieta de Worms (1521) con la finalidad de que se retractase allí de sus errores. Para que asistiera le garantizó la más amplia inmunidad. Lutero acudió, pero no quiso rectificar.

Según la crónica de Pedro Mexía, algunos tuvieron entonces «por opinión que no se le guardara la seguridad que se le había dado y que fuera allí preso y quemado». Sin embargo, Carlos V no quiso faltar a su palabra, permitiendo que el monje refractario se marchara libremente y sin demasiadas prisas de aquella ciudad.

La herejía arraigó entonces en Alemania para amargura del Emperador, y la sangre corrió a raudales, a pesar de los esfuerzos de entendimiento que patrocinó para solucionar este gravísimo conflicto, que en realidad no era sólo religioso, sino también político y social. Sin embargo, no hubo solución pacífica.

La guerra contra los príncipes luteranos, agrupados en la Liga de Esmalcalda, fue inevitable. En aquel conflicto bélico se produjo entonces la importante victoria de las tropas imperiales sobre las protestantes en la batalla de Mühlberg (1547), gracias, sobre todo, a la heroica intervención del Tercio de Infantería española de Nápoles.

Las victoriosas tropas imperiales se dirigieron entonces contra la ciudad de Wittenberg, en la que estaba enterrado Lutero, fallecido el año anterior. La tumba elegida para su enterramiento se encontraba en la misma capilla del castillo de esta ciudad, en cuya puerta había fijado, en 1517, sus 95 tesis, y quemado en 1520 la bula papal que le impelía a retractarse.

La situación militar, nada favorable entonces a las armas protestantes, obligó al príncipe elector luterano Juan Federico de Sajonia, capturado en la batalla, a rendir la plaza de Wittenberg. El pacto de rendición entrañaba que la ciudad no fuera entregada al saqueo de las tropas.

Poco después de la entrega de la ciudad, el 23 de mayo, el Cesar Carlos entraba cabalgando en ella. Entonces, visitó el lugar de enterramiento de quien había sido su peor enemigo. Según cierta tradición luterana, ante la misma tumba hubo peticiones de algunos consejeros del Emperador para que los restos del heresiarca fueran entregados a la hoguera, lo que constituía una práctica habitual y perfectamente legal contra los herejes difuntos en aquellos tiempos de intolerancia. Ante semejantes peticiones de quienes le acompañaban, el Emperador respondió con palabras llenas de magnanimidad: Ha encontrado su juez. Yo hago la guerra contra los vivos, no contra los muertos.

En realidad, las narraciones sobre lo acontecido en aquellos instantes, que inspiraron el cuadro de Herman F. Teich titulado «Carlos V ante la tumba de Lutero» (1815), siempre han estado envueltas en lo legendario, más que en lo rigurosamente histórico. En todo caso, lo cierto es que la tumba de Lutero no se profanó y, muchos años después, en 1892, fue abierta, comprobándose que sus restos mortales continuaban descansando allí. La escena pintada por Teich y las palabras atribuidas al Emperador, trasmiten la idea de que, para nuestro monarca, Lutero ya había sido juzgado por Dios, por lo que, a él, a pesar de ser el señor temporal más poderoso de la Tierra, no le quedaba ya justicia alguna que hacer. Actitud del monarca español que encaja perfectamente en su arraigada mentalidad de caballero cristiano, pero también en su condición de político experimentado.

Sin duda el Emperador no quiso ofender a su enemigo muerto, pues si quedaba alguna esperanza de reconciliación, ésta pasaba por no agraviar a los luteranos con semejante atrocidad. Guerras, prisiones y conflictos tal vez pudieran ser allanados, pero la profanación de la tumba de Lutero podía ser un obstáculo insalvable para la unidad de aquellos cristianos, en la que aún confiaba el monarca.

Precisamente, cuando años más tarde, Carlos V abandonó la última esperanza de unidad y reconciliación entre los príncipes cristianos, renunció al cetro imperial, abdicó en su hijo Felipe y se retiró a España, al Monasterio de Yuste, para ponerse en paz consigo mismo, antes de comparecer al juicio de su único Señor.

Entonces sí mostró su arrepentimiento por no haber hecho justicia con Lutero en la dieta de Worms: «Erré, porque yo no era obligado a guardarle la palabra», al ser su delito de herejía, no sólo contra él, sino también contra Dios. En cambio, no se arrepintió de haber impedido la profanación de su tumba.

La enseñanza que esta historia nos propone es la de que abrir las tumbas de los enemigos, recientes o seculares, nunca es bueno para nadie, entre otras razones, porque siempre dificulta las posibilidades de paz y reconciliación.

Además, en el caso que nos ocupa últimamente en España, parece un completo despropósito, porque la reconciliación de los españoles ya se alcanzó, no sin esfuerzo y mutuas concesiones, hace cuarenta años, con la Constitución de 1978, confirmada por los votos de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Por eso, abrir hoy enterramientos en sagrado por motivos políticos, cuando no oportunistas, siempre parecerá más venganza que justicia. Sin contar con que a los muertos no se les debe condenar ni castigar legalmente. Entre otras razones, porque ya no se pueden defender.

Juan Carlos Domínguez Nafría, numerario de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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