Carne y discursos

John Berger es escritor británico (EL PAIS, 15/07/05).

“Todo el mundo estaba aturdido. Podíamos ver una luz parpadeante y pensábamos que iba a haber un incendio. Al principio, no podíamos abrir la puerta del vagón; cuando salimos, pudimos ver a personas gravemente heridas en el túnel”. Éstas son las palabras de Loyita Worley, una pasajera en el metro de la línea circular que se dirigía a Aldgate un poco antes de las nueve de la mañana del jueves 7 de julio.

La gente que se encuentra bajo tierra está, al mismo tiempo, protegida y desamparada. Los túneles son vías de escape y trampas terribles. El polvo asfixia cuando los túneles están bloqueados.

Hacer saltar en pedazos a los que iban a trabajar a primera hora de la mañana en transporte público es atacar, con un sigilo vergonzoso, a los indefensos. Las víctimas sufren más dolor y durante mucho más tiempo que el terrorista suicida. Y ese sufrimiento les da, sin la menor duda, el derecho a juzgar.

Pero otros, los políticos, irrumpen (desde Gleneagles hasta Londres) para hablar en nombre de ellos mientras sirven sus propios intereses, que incluyen burdas simplificaciones, el uso de términos que inducen deliberadamente a confusión y, sobre todo, un intento de justificarse ellos y su pasado, por catastróficos que sean los errores cometidos.

Ni siquiera la inocencia del dolor y la pena que han venido a restañar y consolar parece detenerles; por un momento, vacilan.

“Cerraba todo el tiempo los ojos y pensaba en el exterior. Era aterrador, porque todas las luces estaban apagadas y no oíamos nada del conductor, así que no sabíamos cómo estaba” (Fiona Trueman, en la línea de Piccadilly).

La calma de los londinenses que sufrieron la atrocidad de las explosiones y el horror de tener que esperar noticias de seres queridos que tal vez estaban allí (ese silencio cortante, como una hoja que separa los dos lóbulos del corazón) impresionó al mundo expectante, igual que la calma de la población de Madrid el año anterior. Esa calma, con suerte, podría ayudar a pensar con claridad y, sobre todo, precisión. En España, las circunstancias lo permitieron, y uno de los primeros actos del nuevo Gobierno salido de las elecciones fue retirar las tropas de la guerra en Irak, una guerra a la que la mayoría de los españoles se oponía con vehemencia.

En Londres, a pesar de la evidente incapacidad de esa guerra para aportar nada más que el caos y la ruina al país que asegura estar liberando, el efecto de las atrocidades sufridas por la gente que se dirigía modestamente a trabajar ha sido aumentar la intransigencia del primer ministro y el Gobierno, que arrastró a un país que protestaba a una guerra innecesaria.

En la mañana de las explosiones, en unas palabras pronunciadas en Downing Street, Blair declaró: “[los terroristas] intentan utilizar la matanza de inocentes para amedrentarnos, para obligarnos, con el miedo, a dejar de hacer lo que queremos hacer, para intentar impedir que cumplamos nuestra tarea…”.

Quienes afirman que Al Qaeda estaba en activo antes de la invasión de Irak y que, por consiguiente, los combates en Bagdad o Faluya son irrelevantes en relación con los atentados de Londres, emplean argumentos de mala fe. La misma mala fe que les hizo mentir sobre unas armas de destrucción masiva que no existían. Está claro que Bin Laden planea sus atentados contra Occidente desde antes de la guerra iraquí, pero esa guerra, lo que allí ocurre, está proporcionando a Al Qaeda una reserva constante de nuevos reclutas. Según se dice, Eliza Manningham-Buller, responsable del M-15, ha advertido a los demás países del G-8 sobre el peligro de “una nueva generación de fanáticos como consecuencia de la guerra en Irak”. Y es de suponer que sabe de lo que está hablando.

Las atrocidades se planearon para que coincidieran con la reunión del G-8, que este año presidía el primer ministro británico. Lo que ocurrió en la reunión es otra historia, pero parte de lo mismo. En este contexto, lo que conviene estudiar no es el Corán, sino el comportamiento de los países más ricos y las mayores empresas del mundo. Unas empresas que libran sin cesar su propia yihad contra cualquier objetivo que se oponga a la posibilidad de sacar los máximos beneficios.

La guerra de Irak ha sido convenientemente eliminada del orden del día en la reunión de este año. Lo que todos habían acordado como prioritario era alcanzar un acuerdo sobre qué hacer ante el desastroso calentamiento del planeta y la pobreza en África.

Antes de la cumbre, voces de todo el mundo -economistas, cantantes de rock, ecologistas, músicos, dirigentes religiosos- llamaron, en nombre de la conciencia y la solidaridad, a que se tomaran decisiones nuevas y distintas, a que hubiera algún cambio capaz de mejorar las posibilidades futuras del planeta. ¿Y qué sucedió? Una vez que se desbroza la retórica, como si fuéramos traperos, casi nada. Un pequeño baile de estadísticas. Pero, de acuerdo con la tarifa plana de los traperos, nada. ¿Por qué?

El fanatismo nace de cualquier forma de ceguera escogida que acompaña la búsqueda de un dogma único. El dogma del G-8 es que el principio que rija a la humanidad tiene que ser la obtención de beneficios, y todo lo demás, pertenezca al pasado tradicional o al futuro al que se aspira, debe ser sacrificado por ilusorio.

La llamada guerra contra el terrorismo es, en realidad, una guerra entre dos fanatismos.

Agrupar a los dos parece indignante. Uno es teocrático, el otro, positivista y laico. Uno es la fe ferviente de una minoría a la defensiva; el otro es la tesis incuestionable de una élite amorfa y segura de sí misma. Uno se propone matar; el otro saquea, abandona y deja morir. Uno es estricto; el otro laxo. Uno no admite argumentos; el otro “se comunica” e intenta “influir” en todos los rincones del mundo. Uno reivindica el derecho a derramar sangre inocente; el otro, a vender toda el agua de la tierra. ¡Es un escándalo compararlos!

Pero el escándalo de lo ocurrido en Londres, en la línea de Piccadilly, la línea circular y la línea 30 de autobús, fue la desventura de muchos miles de inocentes que luchan para sobrevivir y dar cierto sentido a sus vidas, y que se vieron involuntariamente atrapados en la batalla mundial entre esos dos fanatismos.

El poeta Keats escribió: “Los fanáticos tienen sus sueños, con los que tejen un paraíso para una secta”. Todos los que no pertenecen a ninguna secta preferirían vivir, no en un paraíso, sino juntos, sobre la tierra.