Carta a España

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 10/12/03):

Los acontecimientos se han acelerado. Hoy existe ya un pacto de gobierno entre el PSC, Esquerra e ICV, que pone fin a la situación de incertidumbre vivida en Catalunya desde la noche electoral. Y reconozco que la reacción provocada por este acuerdo en la mayor parte de los medios de comunicación españoles me ha dejado perplejo, al poner de relieve la distinta sensibilidad con que una misma realidad es contemplada en Catalunya y en el resto de España. Pero, como nada puede hacerse respecto a esta distinta predisposición del ánimo, conviene por lo menos dialogar sobre los aspectos objetivos de la cuestión.
La primera objeción que surgió al apuntar la posibilidad de un pacto tripartito de izquierdas fue que éste comportaría una fuerte erosión de la estabilidad política y, en consecuencia, de la económica. Es el mismo argumento usado por Rodrigo Rato, cuando recordó a los empresarios que “el que no són pessetes són punyetes”. Es la misma idea –estabilidad política como garantía de crecimiento económico– defendida por Mariano Rajoy, tras rechazar toda reivindicación de reforma constitucional y estatutaria. Ahora bien, una negativa tan radical a la generalizada demanda de reforma estatutaria existente en Catalunya –que pretende ampliar y consolidar su autonomía política– responde a la voluntad firme y decidida de preservar la estructura de poder vigente hoy en España –una pirámide con vértice en Madrid–, en lugar de propiciar una red con pluralidad de núcleos.

PERO LAS críticas al pacto tripartito han subido de tono cuando éste se ha consumado. Así, se ha escrito que “Maragall está dispuesto a separar fiscalmente a Catalunya de España”. Y esto no es cierto. Sobre todo, si se añade que “el PSC ya ha aceptado exigir una Hacienda propia con un sistema de cupo como el vasco”. Frente a estas afirmaciones –y sin perjuicio de que aspirar a un sistema de cupo no es conceptualmente ningún disparate– lo que Maragall ha defendido durante la campaña ha sido una fórmula tan sensata como pagar según la renta y cobrar según el número de habitantes. Poca separación fiscal es ésta. Como tampoco implica separación la reivindicación de la Agencia Tributaria, es decir, de la gestión de todos los impuestos. ¿A qué viene entonces hablar del “precio” de Maragall?
Lo que sucede es que existe en Catalunya la percepción generalizada de que debe hallarse un nuevo sistema de financiación que equilibre, de forma más ponderada, los intereses de Catalunya y las exigencias de la solidaridad interterritorial. Sin olvidar que ésta se funda en una cohesión social que sólo cobra cuerpo si se mantiene el sentido de pertenencia a una misma realidad histórica compartida –España–. De lo que se desprende que preservar este sentido de pertenencia, recuperando unos modos políticos respetuosos, es hoy una tarea tan crucial como urgente.
También se alerta con énfasis acerca del hecho de que “ERC apoya a Maragall a cambio de que Carod sea un primer ministro con todas las de la ley”. Dos comentarios cabe hacer a esta objeción. En primer lugar, no se entiende qué diferencia hubiese existido si ERC –y Carod como conseller en cap– hubiese accedido al Gobierno de la mano de CiU, previo un pacto a dos entre los nacionalistas. ¿O es que éstos tienen una rara virtud sanatoria de la que carecen el PSC e ICV? Y, si no es así, ¿por qué se equipara a Maragall con Esaú, que vendió su primogenitura por un plato de lentejas? En segundo término, hay que rechazar la imagen que se ha prodigado de los políticos de ERC como unos radicales, inexpertos e irresponsables, sólo aptos para ser colocados como floreros en una combinación sólida controlada por los de siempre. Los políticos de ERC han pactado –con la fuerza que les dan sus votos– para asumir la mayor cuota de poder que les ha sido posible en los ámbitos que más les interesan. Como todos. En un régimen parlamentario, esto es lo que hay. Todo lo demás, palabras.

LO QUE NOS LLEVA a defender la existencia misma del pacto. Todo acuerdo comporta siempre recíprocas concesiones entre las partes, que, sin renuncia de sus principios, atemperan éstos para una circunstancia concreta, en persecución de unos objetivos compartidos a corto y medio plazo. Es evidente que, en este caso, son profundas las distancias que separan algunos de los postulados políticos básicos defendidos por el PSC y ERC. Sin ir más lejos, Esquerra es independentista y el PSC, no. Pero ello no impide que puedan articular sus programas para los próximos cuatro años, potenciando sus coincidencias y aparcando sus diferencias.
Llegados a este punto, leo con cierto cansancio cuanto antecede. Porque sólo se trata de una defensa ante los ataques. Y lo que de verdad me interesa es destacar cuanto de positivo hay en el pacto de izquierdas. Muchas veces he dicho que, de toda esta zarabanda de la política, pocas son las cosas que me interesan. Una de ellas es la ampliación del ámbito del catalanismo político, mediante la plena y efectiva integración en la política catalana de els altres catalans, es decir, de los cientos de miles de catalanes de origen, lengua y cultura castellanos, que hasta la fecha han permanecido un tanto ajenos a aquélla.
Pues bien, el pacto de izquierdas supone un fuerte revulsivo en este ámbito. No sólo por la presencia en el mismo del PSC y de ICV, que han sido los continuadores de la histórica tarea de integración llevada a cabo en su día por el PSUC, sino también por el reiterado mensaje integrador emanado desde las filas de ERC con persistencia, claridad y buen estilo.
Más de una vez he pensado que, el día que algunos representantes de partidos de izquierda puedan decir para sus adentros –en el Palau de la Generalitat– las mismas palabras que el president Tarradellas utilizó a su regreso del exilio –“ja sóc aquí”–, algo muy profundo y muy positivo se habrá producido: la consolidación de la nación catalana como el resultado de la voluntad y del trabajo de todos los hombres y todas las mujeres que la integran, más allá de su origen y de su cultura. Lo que tiene una extraordinaria potencialidad de futuro, al constituir un instrumento de efectiva integración, que garantiza la subsistencia y asegura la continuidad del hecho nacional.
Es en este impulso expansivo y magnífico del catalanismo político –generador de una nación de todos los ciudadanos sin excepción– donde se halla la raíz profunda de su fuerza, que ha incidido e incidirá decisivamente en el destino de la España plural. La única España posible. ¡Que Dios reparta suerte!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *