Carta a José Bono

Por Pilar Rahola, periodista y escritora (EL PERIÓDICO, 07/10/05):

De las dos Españas machadianas, lo peor no es el ruido de esa España añeja, contrarreformista y pata negra que aún hoy llora por la pérdida de las colonias. Las muchas Catalunyas que a lo largo de la historia se las han visto con esa España de Babieca y sotana bajo palio saben bien que no es un paisaje de palabra y complicidad, sino de dogma y mandato.
Lo que hoy llamamos la caverna, cuyos truenos radiofónicos arriban con bendición obispal ni es nuevo ni extraño a una tradición colectiva, cuya vocación de aislamiento tradicionalista y ultraconservador es tan antigua como su propia historia. Siempre hubo la España de las Cecilias Bölh de Faber, odiando a los afrancesados que traían aires de cultura y libertad. Siempre hubo los enemigos de las Cortes de Cádiz. Y, por supuesto, siempre hubo una España con ambición imperial. Esa España, que conforma la estructura más dogmática e intransigente del nacionalismo español, no sólo no tiene interés en hablar con Catalunya, sino que nunca lo tuvo, más cercana al instinto básico de la imposición que a la cultura del pacto.
Por ello, que hoy truenen sus galopantes amenazas, o sus trágicas alarmas, no debe importarnos mucho más de lo que nos ha importado siempre. Como diría el bueno de Ortega, pero a la inversa, hay un problema español que no se resuelve, sólo se conlleva. Sin embargo, el ruido de la otra España, la que conforma una tradición de puente aéreo, la que ha generado en los tiempos difíciles a los Machado y a los Aranguren, la que nos cantó al catalán Raimon desde el fondo de su garganta castellana, la que siempre nos amó más allá de las muchas diferencias, esa España y ese ruido son otro cantar, otra preocupación, otra alarma. Puede que no tengamos nada que decirnos con la España de la COPE, pero tenemos tanto que decirnos con la España de la SER, que su ruido nos hiere hondamente y nos deja huérfanos de palabra. ¿Dónde están los Aranguren de nuestros tiempos?
Ya sé que tenemos a Carlos Carnicero haciendo pedagogía del entendimiento. Ya sé que Zapatero pretende poner sordina al ruido innecesario. Hasta sé que algunos quieren entender, y leen nuestras propuestas sin los lentes cóncavos del prejuicio. Pero si algo clama sonoramente es el pesante silencio de la mayoría de nuestros puentes aéreos intelectuales, y la rotunda deserción de los que creíamos interlocutores. Hay una España de la SER que se ha añadido al trueno y al relámpago, ha alzado el no pasarán y se ha apuntado al tiro al catalán con más puntería que sentido común.

LEJOS DE conformar la palabra compartida, han formado parte del trazo grueso, el insulto y el despropósito. Por supuesto hablo de ellos, esos intelectuales progresistas que han mantenido cerrados los canales de diálogo. Y también hablo de ellos, esos barones del socialismo democrático cuyo patriotismo ultramontano ha surgido, cual Ave fénix, de vayan a saber qué cenizas medievales. Hablo del ¡Santiago y cierra España! que cohabita en algunos pensamientos de la izquierda, como si ser español fuera un intangible por encima de toda dialéctica razonable. Hablo de los Guerra que no han levantado la voz para la equidad, sino para romperla. Hablo de Chaves y de Vázquez, y hasta de ese buenorro gallego que es José Blanco.
Hablo de ti, mi estimado José Bono, hombre al que respeto y quiero más allá de tantas divergencias que nos alejan. Pero que, sin embargo, en este momento crucial del diálogo entre pueblos, estás al otro lado de la trinchera, en la zona opaca donde puede que habiten los rezos y las santas, pero no las palabras. Querido José, ¿todo esto que está ocurriendo realmente es necesario? Peor aún, ¿es razonable? Y aún a peor, ¿tienen algún sentido más allá del sinsentido en que, a veces, deviene el debate sobre España?
Veamos las culpas. Un pueblo con historia, identidad y ambición, establece los parámetros de un debate sereno y sensato, acumula energías para conseguir consensos mayoritarios y, con el aval democrático del Parlament, presenta sus credenciales políticas para el futuro. No lo hace contra España, sino con la vocación ancestral del regeneracionismo catalán, históricamente ansioso de pactar una España posible. Para más convicción, se preocupa de situarse en el marco legal establecido, a pesar de que sería absolutamente lícito querer superarlo. Y con más convicción aún, coge el puente aéreo, envía a sus más altos representantes y, Estatut en mano, pide eso tan catalán: “Hablemos”.

SE TRATABA de hablar. De explicar a las Españas que las Catalunyas tienen algunos problemas insostenibles; que hay que asumir retos nuevos para superarlos; que tenemos un proyecto a favor nuestro, no contra nadie, y que con ese proyecto, no sólo no pierde España, sino que gana. Quizá no gana la España de la contrarreforma, pero sí la que soñó Machado y cantó Ana Belén, la misma que a ti y a mí nos comprometió con los valores de la libertad. Una España que no sólo es posible con este Estatut, sino que, quizá, sólo es posible si entendemos el significado histórico de este debate.
Sin embargo, estimado José, ¿qué ha ocurrido? Antes de que llegaran las palabras a Madrid, nos llegaron a Catalunya los ruidos, los despropósitos, las histerias. Mucho antes de hablar, los altavoces conjugaron el verbo mentir, y lo que era un proyecto de entendimiento fue presentado como un proyecto de confrontación. En esa algarabía de palabrería y demagogia, no sólo la caverna chapoteó con alegre pasión, sino también muchos de vosotros. Ésa es la deserción del diálogo que nos hiere. Ésa es la traición a la inteligencia que nos desconcierta. Puede que una de las dos Españas siempre nos haya helado el corazón, pero ¿la otra? Querido amigo, la otra sólo puede ser cómplice. Porque o es cómplice o no tiene sentido que sea.