Carta a Moreno Bonilla

Señor presidente: mis mejores deseos de salud, suerte y aciertos en la responsabilidad que afronta al rematar la tarea que yo comencé en el año 1982 con tanta ilusión y que parecía que nunca iba a llegar. Hoy tengo la agradable sensación de haber puesto la primera piedra del éxito que usted culmina y que sin duda merece, pero no olvide que muchos militantes de nuestro partido han estado sembrando en seco para llegar hasta aquí, y hoy comparten orgullosos su éxito y estiman que las ilusiones y los esfuerzos prodigados a lo largo de tantos años no han caído en saco roto.

No haga caso a los que le dicen que, aunque presida el Gobierno, ha perdido siete escaños. Son exactamente los mismos escaños que perdió Aznar en Castilla cuando yo me empeñé en defenderlo como candidato frente a Martín Villa en 1987, y fíjese usted lo que vino detrás de aquella «derrota».

Salud, suerte y acierto es lo que le deseo en bien de todos los andaluces y de todos los españoles y de once millones de votos que os contemplan.

La Presidencia de la primera comunidad autónoma de España en población y en extensión territorial se encuentra en vuestras manos, y aunque le pedirán a usted que haga el milagro de los panes y los peces, y que lo haga ya, hágame caso y no pierda nunca su actual compostura, ni camine con esas prisas que son propias de los malos toreros. Arreglar los desperfectos de más de cuarenta años requiere tranquilidad y templanza.

Le espera la labor titánica de ir en busca de todo ese tiempo perdido en Andalucía, en la que se instaló la molicie del subsidio al trabajador y la subvención al empresario como morfina adormecedora de las ambiciones de unos y de las necesidades de otros. Los inversores nacionales y extranjeros están deseando invertir en Andalucía, puede estar usted seguro, pero hace falta que su Gobierno y la oposición generen la confianza de que los capitales que se invierten no van a ser absorbidos por el sumidero de los derroches públicos y por la voracidad fiscal de los gobernantes.

Bromas como los escraches, las ocupaciones de fincas, las reformas agrarias cubiertas de polvo en los anaqueles de donde nunca salieron y que han sido derogadas con pena y sin gloria, son la antítesis del futuro y la causa del atraso de la Andalucía interior. De esa Andalucía donde el desempleo estadístico se encuentra en flagrante contradicción con la necesidad de mano de obra de importación, pues son trabajadores rumanos, marroquíes o africanos quienes recogen nuestras cosechas y a quienes habría que dar las tierras si volviéramos al viejo dogma, tan querido por la izquierda, de «la tierra para el que la trabaja».

Fíjese en Galicia y fíjese, sobre todo, en Madrid. Madrid ha crecido en renta per cápita, en puestos de trabajo y en empleo indefinido más que ninguna otra región de España gracias a la confianza generada por los gobiernos de nuestro partido, que sin atosigamientos fiscales y sin derroches del dinero público han sido un modelo de eficiencia en servicios públicos, en servicios sociales y en generación de riqueza y empleo.

La confianza es el secreto. Andalucía reúne en su territorio tierras que, por su calidad y clima, el resto de España envidia, pero ese campo requiere cultivos intensivos y no los viejos cereales sin más rentabilidad que las ayudas europeas que han venido recibiendo. Hay que ir pensando que nuestras mejores tierras deben atraer a los inversores de la agricultura avanzada e industrial y no ahuyentarlos con demagogias socialistas o bolivarianas del limosneo y la esclavitud del voto caciquil.

La confianza en el gobernante, que es el único secreto que hizo que hasta el desierto floreciera en Dalias y en el Ejido, hará igualmente que el olivar andaluz, una de las pocas cosas en que los españoles somos líderes en el mundo, se decida a olvidar la poética de los troncos retorcidos de Miguel Hernández a favor del olivar intensivo que convierta el aceite de oliva en un producto de alta calidad y alto precio, y no un producto fungible más, sin personalidad y sin brillo. No obstante, al mismo tiempo, la modernidad exige superar el ruralismo excesivo del interior y atraer inversiones tecnológicas de alto valor añadido, como ya se demuestra en Málaga capital y como sin duda va a ocurrir cuando se desarrollen los proyectos que ya están en marcha entre Manilva y el Campo de Gibraltar.

De la mano de tales proyectos, la juventud andaluza verá nuevos horizontes para aplicar los conocimientos adquiridos e irá desapareciendo esa náusea existencial del que ni estudia ni trabaja, sino que se conforma con la búsqueda de una limosna disfrazada de renta social básica.

En fin, señor Moreno Bonilla, para usted el futuro empieza al asumir la presidencia del más grande gobierno regional de España y al frente del cual le deseo un recorrido tan largo y tan exitoso al menos como el que tuvo el autor de aquella frase.

Antonio Hernández Mancha fue Presidente de Alianza Popular.

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