Carta abierta a Irene Montero

Estimada Irene: vista la campaña de verano de tu Ministerio, llamado de Igualdad, siento que debo dirigirme a ti. Lo siento como obligación moral, intelectual y estética. Quiero ser sincero contigo, abandonar los habituales cauces de la crítica política y comunicarte personalmente no solo que te equivocas, sino que tu crudo intervencionismo es de una naturaleza nueva y alarmante.

Si no me constara que crees en lo que defiendes –así me lo pareció cuando coincidimos como portavoces parlamentarios– sería más sarcástico y sin duda más arisco. En aras del interés público debo advertirte de los contravalores que trasluce tu campaña y de lo invasivo de tus pretensiones. Mira, reconozco tus buenas intenciones… siempre que reconozcas tú algo: tu formación política jamás admite buena fe en los representantes de media España. Para vosotros, a la oposición solo le mueven intereses bastardos, por definición.

Carta abierta a Irene MonteroNo es baladí este punto. Atañe a ciertos rasgos definitorios de eso que ahora llaman izquierda y que tan poca relación guarda con el ideario y el imaginario que esa voz sugería solo veinte años atrás. Uno de esos rasgos es la imposibilidad de entendimiento. El juicio de intenciones inapelable y previo sobre cualquiera que discrepe de vuestras políticas impide cualquier acercamiento, transacción o acuerdo. Que vuestra 'izquierda' sea depositaria en exclusiva de las buenas intenciones tiene más efectos. Uno capital es que, aunque fracaséis, aunque vuestras políticas no funcionen, aunque sean perniciosas, siempre estaréis blindados. Incluso rodeados de un halo romántico. Si lo tienen revolucionarios carniceros de Hispanoamérica, ciertos criminales de la Guerra Civil, chequistas, genocidas, ¿por qué no lo ibais a merecéis vosotros, que no habéis matado a nadie? Bueno, excluyamos a algunos componentes del bloque sanchista.

Me refiero a tu formación política: habéis llamado a guillotinar Borbones, organizado escraches con mucho peligro, pero no os habéis manchado de sangre. A veces homenajeáis o ensalzáis a auténticos sacamantecas, pero no habéis decapitado reyes, no habéis apretado el gatillo, no habéis colocado bombas. Si los jefes últimos de grupos parapoliciales del Estado dedicados al asesinato callejero, como Castro o Chávez, os ponen tontorrones, vosotros no solo pasaréis a la historia por vuestras buenas intenciones fallidas, sino como pacifistas. Mientras tanto, los que hayan criticado tu viaje a Estados Unidos son oficialmente violentos. Ya sabes.

Bien, una vez reconocido generosamente todo lo reconocible, y centrándonos en tu campaña estival sobre el consentimiento sexual, insisto: es un error, es una intromisión y, en el mejor de los casos, es inútil. Puedo oírte, no me obligues a repetirme. Sí, ya sé, lo que pretendes es erradicar la violencia sexual, los abusos, las presiones y aun las incomodidades a las que puede verse sometida una joven que sale de fiesta. Que sí, mujer, buenas intenciones. Y ahora, dime. ¿Quién te ha dado el derecho a dirigirte a los ciudadanos –¡desde el Estado!– para hablar de su vida sexual? Veo un tuit institucional, de tu Ministerio. Reza así: «Te explicamos qué es el consentimiento (y cómo va a revolucionar tu vida sexual), verso a verso». Aparte de la broma de colocar en ese contexto la palabra «revolución» (gato por liebre, bien está) lo que más me molesta de la frase es el apócrifo: el eco de Serrat permite a los que no han abierto un libro de poemas en su vida citar a don Antonio. Esa bajura estética es difícil remontarla y contamina la parte ética, si la hubiera. ¿Crees que exagero? Es que soy muy sensible.

Por ti, lo afrontaré como problema político: existe una esfera individual íntima, sagrada, a la que el Estado no debe ni acercarse. Para proteger una parte de esa esfera, la libertad sexual, hay unos cuantos delitos tipificados y muchas otras cosas de utilidad: protocolos policiales, teléfonos ad hoc las veinticuatro horas, formación para jueces y funcionarios, etc. También sería conveniente que la víctima no se viera obligada a referir cincuenta veces su traumática experiencia y, en general, desarrollar cuantas prácticas preserven la sensibilidad de quien la tiene rasgada y maltrecha.

La eficacia de estas políticas, no solo lícitas sino altamente recomendables, puede juzgarse con objetividad valorando las estadísticas sobre delitos sexuales antes y después de su instauración. Y desde esa perspectiva no os va muy bien. Las violaciones en España no hacen más que incrementarse desde que gobernáis. 544 violaciones denunciadas hasta marzo de este año. Muchas más que el año pasado, que a la vez son más que en 2020, que a la vez son más que en 2019, cuando empezó el sanchismo, que fueron las mismas que en 2018. Menos hubo en 2017 y menos aún en 2016. De hecho, ese año se denunció aproximadamente la mitad de agresiones sexuales con penetración que las presentadas proyectando el primer trimestre de 2022. Si observamos los delitos sexuales en general, también ascienden año tras año, con la lógica excepción de 2020 (Covid).

En conclusión, tus políticas no funcionan. Puedes argüir, y lo harás, que cada vez se denuncia más. Te respondo: oigo esa justificación desde hace unos treinta y cinco años, y vosotros no la tomasteis en consideración cuando la esgrimieron gobiernos de otro signo. Déjame ser claro, Irene: menos meterse en las bragas del personal, menos intervencionismo sexual, menos penetración ideológica, menos propaganda y más respeto a la libertad que estáis obligados a proteger con políticas capaces de exhibir mejoras mesurables.

Un cordial saludo.

Juan Carlos Girauta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.