Carta abierta a Kofi Annan

Querido Kofi, con desagrado y desmayo he recibido, junto con una inmensa mayoría de españoles, la noticia de tu participación en la llamada «Conferencia por la Paz» para el País Vasco. Si hubiera sabido a tiempo que ibas a participar en la tal conferencia —tiempo cuidadosamente reducido al mínimo por los organizadores, precisamente para evitar que alguien como yo pudiera hacerte desistir del intento—, habría podido recordarte las poderosas razones que hacían indeseable tu presencia y dañino el mensaje que con la misma envías. Como presumo tu buena voluntad —y en no pocas ocasiones me he visto en la tesitura de defenderla cuando trabajé contigo en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York—, imagino que tu desplazamiento a San Sebastián se debe a las torcidas, escasas o puramente desviadas informaciones que te han proporcionado los organizadores del evento, y por ello te pongo estas líneas para contarte algunas cosas que olvidas o ignoras y que naturalmente tus anfitriones han tenido buen cuidado en ocultar. Anfitriones que incluyen a todas las formaciones políticas que durante decenios han apoyado, alentado, comprendido y financiado el terrorismo nacionalista de ETA. De hecho, deberías haber preguntado antes de aceptar la invitación por el origen de los fondos que con tanta prodigalidad han servido para financiar tu presencia y la de otros personajes de la escena internacional en el País Vasco. Estoy seguro de que no se te habrá escapado la decisión de Tony Blair, con un pretexto fútil, de no prestarse a la maniobra. Es una pena que no hayas seguido su ejemplo.

Vienes naturalmente atraído por la posibilidad de unir tu nombre y tu reputación a la paz que los organizadores del evento dicen propiciar. Pero la paz que la inmensa mayoría de los españoles anhelan se basa en una sola y simple proposición: que ETA anuncie su desaparición, entregue las armas, pida perdón públicamente por el sufrimiento causado y haga frente a las responsabilidades penales en las que sus miembros han incurrido a lo largo de cuatro décadas de actividad criminal. Tú sabes muy bien que en la lucha contra el terrorismo, tal como la predica y mantiene Naciones Unidas, no caben otros procedimientos que no sean los acordes con el respeto al Estado de Derecho y a sus normas. El sistema constitucional y legal español no podría escapar de esa exigencia sin alterar gravemente el funcionamiento de nuestras instituciones democráticas.

En realidad, los que seguramente con engaños te han atraído a ese dudoso evento no quieren reconocer que la paz que reclaman solo encierra el deseo de que los españoles se olviden de sus fechorías, porque guerra, lo que se dice guerra, aquí no ha habido. Lo único que ha existido es la vesania criminal de unos cuantos, los verdugos, y la mansedumbre admirable y poco reconocida de la inmensa mayoría, de las víctimas y de todo el pueblo español, mayoritariamente convencido de que la venganza no era el camino para acabar con la barbarie. Lamento comprobar que vas a compartir mesa y mantel con los amigos y cómplices de los primeros.

A lo mejor te ha convencido la presencia entre los convocantes de gentes de Irlanda y de Sudáfrica y el consiguiente deseo de buscar para el terrorismo vasco las mismas o parecidas soluciones que se alcanzaron en esos países. Es un grave error de perspectiva en el que, dada tu larga experiencia en asuntos internacionales, no deberías haber caído. No hay ni ha habido en el País Vasco un problema de enfrentamientos religiosos y sociales derivados de una ocupación colonial, como en Irlanda, ni tampoco una historia de discriminación racial o de ningún otro tipo, como era el caso de Sudáfrica. De hecho los vascos, como el resto de los españoles, gozan del más amplio régimen de libertades que nunca conocieron a lo largo de nuestra vida en común, y los vascos en particular conocen el más profundo reconocimiento de sus peculiaridades jamás consagrado en la práctica y en la ley en la historia española. Lo que quieren los que con las armas han asesinado a inocentes durante cuarenta años, y sus amigos que ahora convocan la «Conferencia de Paz», es alcanzar un acuerdo «político» que decida la secesión del País Vasco de España. Estoy convencido de que tú no te encuentras entre los partidarios de tal propuesta. Porque somos muchos, y seguramente tú estás entre ellos, los que creemos que a los terroristas no hay que premiarles nunca, ni cuando matan ni cuando dejan de hacerlo. Que bajo el argumento de la «paz» acordáramos la partición del país, para que los terroristas y sus cómplices construyan la patria «socialista e independiente» que con tanto tesón como poco éxito proclaman, es algo a lo que seguramente no desearías ver asociado tu nombre. ¿Nadie te ha hecho llegar estas consideraciones, a ti, habitualmente bien rodeado de amigos y consejeros, antes de emprender tu viaje a España?

Siempre fuiste muy cauto en las decisiones que adoptabas, incluso cuando implicaban un margen de riesgo frente a ciertos miembros de la comunidad internacional. Recuerdo que tuve que insistirte en la conveniencia de que asistieras en Madrid el 10 de marzo de 2005 a la conmemoración del primer aniversario de la matanza de Atocha, ocasión en la que por la fuerza de las cosas te convertirías en afortunado protagonista, por tu presencia y por las palabras que allí pronunciaste. Estuviste contundente en tu condena del terrorismo y pronunciaste palabras firmes y bienvenidas para los sufrientes españoles.

«Mañana —dijiste— conmemoraremos con profunda pena… la muerte de las 192 personas inocentes asesinadas de manera injustificable en Madrid hace un año. Mostraremos nuestra solidaridad con sus familiares y amigos, con las dos mil personas igualmente inocentes que resultaron heridas por la explosión y con el pueblo español, que tanto ha sufrido con el terrorismo en los últimos años y que sin embargo ha permanecido fiel a sus convicciones democráticas… Nuestras palabras de simpatía con las víctimas en todo el mundo solo pueden traer un alivio pasajero. Saben que nadie que no haya sido tan directamente afectado puede compartir su pena. Deberíamos respetarlas. Debemos escucharlas. Debemos hacer todo lo que podamos para ayudarles. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para evitar que otros conozcan la misma suerte. Sobre todo, no debemos olvidarlas».

Habrás podido comprobar que en San Sebastián se registraron grandes ausencias. La primera, la de las víctimas. ¿Tuviste tiempo o ganas de preguntar por qué no estaban los representantes de aquellos de los que con tanta solicitud hablaste en 2005? Estaban también ausentes los representantes de dos partidos nacionales. Uno de ellos, el Partido Popular, que muy previsiblemente obtendrá la mayoría de los españoles en las elecciones del próximo 20 de noviembre y cuyos puntos de vista difieren radicalmente de los organizadores de la «Conferencia de Paz» y sus amigos. Otro, la Unión para el Progreso y la Democracia, que nació a la vida política como escisión del PSOE precisamente por oponerse a las políticas socialistas de apaciguamiento con los terroristas seguidas por el Gobierno Zapatero. ¿No se te ocurrió que en tales circunstancias era mejor abstenerse y no participar en una concelebración que cuenta con un rechazo masivo entre los españoles y el de la fuerza política que ya mayoritariamente los representa? ¿O es que a lo mejor consultaste con el Gobierno español y sus agentes te dijeron que no estaría mal que asistieras?

Te han confundido, Kofi, y bien que lo lamento. Ni tu nombre, ni tus pasadas responsabilidades ni el prestigio de Naciones Unidas tenían nada que ganar en la compañía de Currin, Adams y otros compañeros y compañeras de viaje. La próxima vez que pases por aquí, llámame antes. Te contaré algunas cosas que debes saber.

Con un apenado abrazo…

Por Javier Rupérez. Fue subsecretario general de Naciones Unidas y director ejecutivo del Comité Antiterrorista del Consejo de Seguridad, 2004- 2007.

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