Carta de Néstor, rey de Pilos, a Rosa Díez

Querida Rosa:

Permíteme que me presente. No me conoces pero tal vez mi nombre te suene. Aunque han pasado nada menos que 28 siglos, Homero me hizo famoso en la Ilíada. Si tienes una edición por casa me encontrarás ya desde el Canto I cuando intervengo para intentar zanjar la disputa entre Agamenón y Aquiles: «He aquí que se levanta el armonioso Néstor, excelente agoreta de los pilios. Y de su lengua fluía la palabra, dulce como la miel».

No puedo quejarme de cómo me trató el sublime ciego de Quíos. Algunos eruditos me presentan como un vanidoso megalómano, contando siempre batallitas. La verdad es que cuando uno ha navegado con los argonautas, luchado contra los centauros, participado en la caza del jabalí de Calidón y entrado en los establos de Augías con el ejército de Hércules, tiene mucho para recordar.

Pero no te preocupes, que no me voy a remontar tan lejos. Los dioses me dieron el don de la longevidad y por eso lo he visto y vivido casi todo desde mi amurallado reino en la bahía de Pilos. Digo «vivido», no «bebido», je, je, je… Pongo la venda antes que la herida porque a lo mejor te ha llegado también mi fama de borrachín. No te la creas. Todo fue culpa de la arqueología. Sí, de esas excavaciones que un inglés hizo entre los restos de mi palacio. Una cosa es que la estancia más grande resultara ser una bodega capaz de albergar 5.000 litros de vino, y otra que yo me los hubiera bebido todos.

Carta de Néstor, rey de Pilos, a Rosa DíezLas noches son dulces en esta zona del sur del Peloponeso, y en aquellos tiempos en que por cualquier agravio se desenvainaba la espada, un rey tenía que tener contentos a sus vecinos e invitados. Pero también se encontraron cientos de tablillas en micénico y por Zeus que nadie me asocia a la cultura.

Bueno, corto el rollo. Si visitas Grecia, avísame y me ocuparé de que te atiendan con todos los honores. Vayamos al motivo de mi carta. Resulta que el otro día el capullo de Poseidón se puso estupendo y le dio por empujar, desde las costas españolas hasta aquí, a una canoa ballenera que a duras penas logró refugiarse tras el espigón de la bahía. Medio mareado un arponero que, dicho sea de paso, me pareció bastante ingenuo, me contó los últimos acontecimientos de su patria y cuando me explicó lo que pasaba entre ese chico, el tal Albert Rivera, y tú, dijo una cosa que me recordó mucho el argumento que utilicé aquel día en el campamento aqueo.

Concretamente me contó que vuestros adversarios comunes se frotan las manos ante vuestras desavenencias y dan palmas con las orejas ante la perspectiva de que vayáis desunidos al combate. Esa era también la nefasta consecuencia que iba a tener el encono entre el firme rey Agamenón y el impulsivo caudillo Aquiles, dos personajes de sangre aún más caliente que la vuestra. Como aquello clamaba al cielo, yo elevé mi voz con total franqueza:

– «¡Oh Dioses, una inmensa desgracia pesa sobre la tierra aquea! He aquí que Príamo, sus hijos y los demás troyanos se regocijarán cuando se enteren de vuestras querellas».

Lee Rajoy donde pone Príamo e incluye a Pedro Sánchez entre los «demás troyanos» del bipartidismo. La historia siempre se repite: mientras la unión hace la fuerza, la división de los afines sólo ayuda al adversario común. Por eso mis palabras de entonces tienen pleno vigor ahora:

– «¡Oh vosotros que estáis por encima de los dánaos en el ágora y el combate, dejaos persuadir! Con hombres más valientes que vosotros viví en otro tiempo y jamás me creyeron inferior… Escuchaban y seguían mis consejos. Hacedme caso también vosotros pues será mejor».

Para que no se te escape nada, aclaro que lo de los «dánaos» no era sino una manera halagadora de referirme a los propios griegos, hijos de Dánao, hermano gemelo de Egipto, según la mitología que yo ya manejaba. A lo mejor te parece un poco rebuscado -también llamáis donostiarras a los de San Sebastián-, pero palabra de agoreta que funcionaba.

Claro que mi principal fuente de autoridad era mi edad. O, para ser exactos, mi experiencia. Aún no se decía eso de «más sabe el diablo por viejo…», pero yo había sido testigo de al menos tantas frustraciones y decepciones como las que me dicen que lleváis acumuladas los representantes de la tercera España desde los tiempos de aquel Adolfo Suárez al que, por cierto, recibieron el otro día con gran júbilo y no menor pompa en el Olimpo.

Lo de menos es que Agamenón y Aquiles estuvieran peleados por una bella esclava y que vosotros discrepéis sobre alianzas electorales. No hizo falta que el arponero me diera muchos detalles. De sobra sé que son los celos o, mejor dicho, los recelos los que horadan el corazón humano.

Agamenón y Aquiles tenían métodos distintos pero era mucho más lo que les unía que lo que les separaba, y entre ellos existía una jerarquía que excluía disputar el liderazgo. Por lo que me dicen, Rosa, tú eres mandona y sabia como Agamenón y Albert tiene la audacia de Aquiles el Pélida -hijo de Peleo- a quien por algo llamaban «el de los pies ligeros». Por eso también sirve para vosotros el dictamen que emití para ellos:

– «No debe Agamenón, aunque parece el más fuerte, raptar a la virgen que se entregó al Pélida…, pero tú tampoco, Pélida, debes resistir al rey porque no eres igual al portador del cetro que Zeus ha glorificado. Si eres el más bravo y te parió madre divina, él es más poderoso y manda en la mayoría».

Y me quedé tan ancho, viendo como Agamenón me miraba con el mismo escepticismo con que tú debes estar leyendo esta carta. De hecho, su primera reacción fue cerrarse en banda al pacto porque no se fiaba de Aquiles como tú, Rosa, no terminas de fiarte de Albert. Por eso me mandó educadamente a tomar por saco y se quedó con la esclava. Y no veas el rebote que se agarró Aquiles al ver desoídas sus ofertas de concordia.

Parecería que como componedor o, como decís ahora, como broker había fracasado porque Aquiles se retiró al principado de su nave anclada en el extremo derecho de la flota griega y Agamenón se empeñó en seguir haciendo la guerra por su cuenta. Pero el tiempo demostró que era yo quien estaba en lo cierto. Troya era mucho Troya y tenía a la mayor parte de los Dioses del Ibex de su lado. Los griegos sufrieron tantas derrotas y tan dolorosos reveses que estuvieron a punto de volver a Ítaca con el rabo entre las piernas.

He seguido vuestras peripecias de estos días en la tele y me temo que la situación se parece bastante. Cuando te vi hace un par de semanas entrar en La Moncloa y asentir a una coalición absurda, mucho más heterogénea e inconsecuente que la que te uniría con Albert, pensé que era como si Agamenón hubiera traspasado la muralla para visitar a Príamo y urdir una estrategia para mantener a raya a Aquiles.

Lo peor en la guerra es equivocarte de adversario. Es cierto que el PP, y en menor medida el PSOE, también están contra el separatismo, pero, según me ha contado el arponero, ha sido su usurpación de los derechos de participación política de los ciudadanos -el rapto de la bella Helena- y su negativa a devolverlos lo que en definitiva ha alimentado la infección que padecéis. Tú no has llegado hasta aquí, tras superar mil azares a bordo de las naves de UPyD, para conformarte y transigir. Porque si tratas de combatir el mal diluyéndote en su caldo de cultivo te ocurrirá lo mismo que, por lo que me dicen, le pasó al CDS cuando en un congreso celebrado en un lugar llamado Torremolinos acordó convertirse en el perchero del felipismo gobernante.

Me ha parecido bastante bien en líneas generales el documento que aprobasteis en el Consejo Político al que convocaste a tus capitanes. No tratáis de un reparto de honores sino de una suma de empeños. Cuando algún émulo de Homero escriba vuestra epopeya, apenas si encriptará en un par de versos lo que Sosa Wagner dijo, lo que contestaron Gorriarán o Irene Lozano y lo que se escribió sobre vosotros con buena voluntad o saña. En cambio, no ahorrará cuantos hexámetros sean precisos para describir el encuentro que celebrarás pasado mañana con Albert, si al final resulta tan fructífero como el que induje a Agamenón a mantener con Aquiles tras la muerte de Patroclo.

De esa reunión depende que en vuestro país pueda haber una esperanza de cambio frente a la oligarquía de la polis, distinta a la oclocracia de Podemos. Perdona, pero así se ha llamado toda la vida al populismo. En cualquier otra situación vuestro acuerdo sería conveniente. Tal y como están las cosas en Europa es imprescindible. Hemos salvado el match ball de Escocia pese al ace de Murray en el último juego -como no envejezco veo mucho deporte por la tele- pero lo de Cataluña, bromitas como la de este fin de semana al margen, va de mal en peor. Ahí tienes a Marc Gasol o Xavi. Qué chicos tan atolondrados. ¡Derecho a decidir! Claro, ahora se entiende lo que pasó con vuestras selecciones de baloncesto y fútbol: los franceses y los chilenos lo tenían todo decidido antes de empezar.

Dejo de darte la lata. Espero que vuestra conversación se parezca lo más posible a la que escuché cuando Aquiles compareció ante Agamenón:

– «Olvidemos el pasado, aunque nos sea doloroso, y sometamos nuestra alma a la necesidad que nos aflige».

– «Puesto que te he ofendido porque Zeus ofuscó mi espíritu, deseo ahora apaciguarte… Ve al combate y enardece a las tropas».

– «No pensemos más que en combatir puesto que hay que llevar a cabo una ardua empresa. Es preciso que se vea a Aquiles en las primeras filas, rompiendo con su lanza de bronce las falanges troyanas».

No entraré en detalles de lo que sucedió luego, pero te animaré diciendo que vuestra alianza política irrumpiría en escena, igual que ocurrió con aquella coalición militar, «como yunta de bueyes mugidores que en redonda era trillasen la cebada, desgranándose bajo sus pezuñas las espigas». Y que lo que quedó al final fue aquel caballo de madera que, tal y como ocurriría con el potente grupo parlamentario que juntos conseguiríais introducir en la ciudad, cambió para siempre el curso de la Historia. Pero eso ya está en otro libro.

Hoy sólo te deseo que la fatal Até, la diosa que separaba a los hombres, no tenga pasado mañana asiento en vuestra mesa.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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