Carta desde California

California es, desde hace mucho tiempo, la vanguardia de Estados Unidos. Y hoy sigue siendo así. Sepultada en un mar de deuda tras años de parálisis política, refleja, amplificada, la situación del país en general. La Oficina de Analistas Legislativos de California (un órgano independiente que asesora a la Asamblea estatal) prevé unos déficits de 20.000 millones de dólares durante otros cinco años. Casi el 90% de los californianos considera que su Gobierno no funciona. La insatisfacción de la ciudadanía es mayor que nunca.

Aunque la influencia creciente del Tea Party ha contribuido a que hubiera un gran giro hacia la derecha en las últimas elecciones de Estados Unidos, California tuvo su momento tea party hace siete años, cuando Arnold Schwarzenegger derrotó al entonces gobernador Gray Davis en unas elecciones extraordinarias. Hoy, la popularidad del gobernador Schwarzenegger es tan baja como era la de Davis entonces. Es decir, los californianos han acabado por comprender que el verdadero reto al que se enfrentan no es el de sustituir a unos dirigentes políticos sino el de arreglar un sistema que ha dejado de funcionar.

Como si fuera un preludio al próximo gran giro en la política estadounidense, que llegará dentro de un tiempo, cuando las pasiones y la furia actual por derrocar a quien está en el poder se hayan apagado, los californianos emprendieron un camino claramente distinto en las elecciones. El candidato demócrata a gobernador, Jerry Brown, que ya estuvo durante dos mandatos al frente del Estado, resultó elegido por un amplio margen, y el intento de las grandes compañías petrolíferas de revocar la histórica ley de California sobre el cambio climático sufrió una contundente derrota a manos de los electores, tanto de derechas como de izquierdas.

Mientras los sectores políticos partidistas del resto del país se despellejaban unos a otros en vísperas de las elecciones, en California conseguimos convocar al gobernador republicano, Arnold Schwarzenegger, y al gobernador demócrata al que había derrotado, Gray Davis, junto con una colección de destacados ciudadanos de la región, desde el secretario de Estado de Reagan, George Shultz, hasta la dirigente sindical más poderosa del Estado, en la primera reunión del Comité de Ideas a Largo Plazo para California. El anfitrión del encuentro fue Eric Schmidt, consejero delegado de una de las empresas más innovadoras de Estados Unidos, Google, en su sede próxima a San Francisco. El grupo, formado por 15 miembros, incluyó también, entre otros, a dos ex presidentes de la Asamblea estatal, Terry Semel, que dirigió Warner Brothers y Yahoo!, Laura Tyson, que presidió el Consejo Económico Nacional durante la presidencia de Clinton, y Eli Broad, multimillonario y mecenas de las artes.

Como dijo uno de los participantes en la reunión, utilizando una metáfora informática, mientras el resto de Estados Unidos está en pleno colapso, California, al menos, está preparándose para “reiniciarse”.

La descomunal tarea de resolver los problemas de California y hacer que Estados Unidos vuelva al buen camino no surge de la nada. En otros lugares del mundo actual, sobre todo en China, unos líderes resueltos y unidos están construyendo con la vista puesta en el futuro como hizo California hace 50 años, cuando convirtió la Universidad de California en un sistema universitario de categoría mundial, vinculado a un plan educativo para todo el Estado, y construyó grandes redes de carreteras y canales para que llevaran el agua desde el norte húmedo hasta el árido sur.

Con unas reservas inmensas, la atención puesta en la educación y unas infraestructuras eficientes desde el punto de vista energético, incluido el trazado de una red de ferrocarriles para los trenes más rápidos del mundo, que enlazarán al 80% de la población, China está tomando ya la delantera incluso en energía solar y otras tecnologías limpias que, en otro tiempo, eran patrimonio de California.

Como a mis colegas del Comité de Ideas a Largo Plazo, me preocupa mucho en qué situación estarán California y Estados Unidos de aquí a 20 años si no encontramos la forma de que las sociedades democráticas salgan del estancamiento actual, que nos está llevando de una era de promesas a una trayectoria de desaparición. Si California, en su papel de líder, puede mostrar el camino de regreso al buen gobierno, será un ejemplo decisivo para el resto del país.

Cualquier estudiante universitario, empresario, propietario de vivienda, inmigrante recién llegado o jubilado en California tiene la desoladora sensación de que el futuro, ese futuro al que nuestro Estado siempre se adelantaba, está dejándonos atrás.

Sabemos en qué situación está hoy California. Sus ciudadanos, que antes aspiraban a construir una sociedad equiparable a su magnífico paisaje, se han resignado a tener montañas de deudas, empleos inestables, escuelas de pésima categoría, más dinero público para las prisiones que para la enseñanza superior y unas infraestructuras anticuadas, medio desmoronadas, que son una vergüenza al lado de las de países emergentes como China. La raíz de estos fallos está en un sistema de gobierno en descomposición que, año tras año, no genera prácticamente nada más que bloqueos sectarios y déficit cada vez mayores.

Y los californianos saben en qué situación quieren estar en 2025. Quieren un gobierno con solidez fiscal, que pueda afrontar los altibajos de los ciclos económicos y promover empleos bien remunerados, asociados a los sectores de vanguardia de California, desde la biotecnología hasta las energías limpias, pasando por la tecnología de la información. Quieren sostener la próspera agricultura californiana, reforzar la competitividad mundial de su sector del espectáculo y ampliar el comercio con México y Asia. Para garantizar la movilidad social, quieren escuelas excelentes, una enseñanza superior que sea asequible y esté al alcance de todos los californianos, capaz de proporcionar los profesionales innovadores y cualificados que se necesitan para construir las industrias del futuro. Quieren unas ciudades habitables, que respeten el medio ambiente, que utilicen la energía y el agua con inteligencia. Un tren de alta velocidad que haga el recorrido entre Los Ángeles y San Francisco con la misma rapidez y la misma comodidad con las que los japoneses van de Tokio a Kioto facilitaría la circulación de personas y el comercio entre las principales regiones del Estado.

A pesar de las buenas intenciones y los esfuerzos concertados de los dirigentes políticos en los últimos años, los californianos no han logrado pasar de su situación actual a la que quieren tener porque el propio sistema es disfuncional. El cambio solo será posible si California adopta un sistema de gobierno moderno que tenga la capacidad de actuar con decisión, refleje la complejidad y diversidad de su población y su economía y esté más adaptado a los retos y las oportunidades del siglo XXI que el que heredamos de la época de los ranchos y los magnates del ferrocarril.

Sobre todo, en lugar del agotador e irresponsable rencor que paraliza la política actual, ese nuevo sistema debe estar imbuido del espíritu independiente del pragmatismo y la perspectiva de largo alcance que tuvieron los grandes constructores del Estado en los años cincuenta y sesenta: el gobernador republicano Earl Warren, que después fue magistrado del Tribunal Supremo, y el demócrata Pat Brown, padre del gobernador electo actual, que en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial sentaron las bases de la prosperidad y la calidad de vida que disfrutó California durante muchos años.

Con ese objetivo, el Comité de Ideas a Largo Plazo para California, el grupo independiente que yo patrocino, pretende ofrecer una estrategia integral para reparar y renovar la forma de gobernar.

Las reformas que estamos estudiando incluyen modificar los límites de los mandatos legislativos y el sistema de iniciativas populares, del que abusan los grupos de intereses especiales y que permite a los electores aprobar un gasto sin tener una fuente de financiación. Estamos pensando en un “fondo para tiempos difíciles” que acabe con la volatilidad presupuestaria y un nuevo sistema tributario, propio del siglo XXI, que se apoye menos en el impuesto sobre la renta y más en un “impuesto sobre los ingresos netos de la empresa”. También se está examinando la posibilidad de descentralizar los poderes y las responsabilidades fiscales del Estado a las comunidades locales, para que el gobierno esté más cerca de la gente y sea más receptivo a sus inquietudes. Una prioridad fundamental es incorporar a la gobernanza la perspectiva a largo plazo, a través de un Consejo Estratégico de California que se centraría en la creación de puestos de trabajo de alta remuneración vinculados a los sectores de vanguardia del Estado, la calidad de la educación y la construcción de infraestructuras inteligentes basadas en energías limpias. Para ello es necesario establecer un fondo que se reponga continuamente para garantizar que la enseñanza superior, en especial en la Universidad de California, siga siendo asequible y estando al alcance de todos los californianos.

No hay duda de que California puede volver a ser la república del futuro que fue en otro tiempo. En mi opinión, es el lugar del que el mundo debe estar pendiente. Donde vaya ella, irá Estados Unidos.

Nicolas Berggruen, fundador y presidente de Berggruen Holdings. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia