Carta desde Santo Domingo

Santo Domingo. En esta ciudad espaciosa,  en el sudoeste de la isla de La Española, la única isla en el mundo ocupada por dos países (Haití y República Dominicana), parece estar presente toda la historia del Caribe, cinco siglos de invasiones – coloniales (españoles, franceses, británicos) y neocoloniales (norteamericanos)-y una serie de recurrentes pero intermitentes revueltas nacionalistas y socialistas. Esta fue la primera ciudad fundada por los españoles cuando conquistaron las Américas, hoy Zona Colonial marcada por sus elegantes villas e iglesias, volviendo la vista atrás hasta 1490, y con su universidad fundada en 1538. Entre las numerosas aves de presa que llegaron hasta aquí vale la pena recordar a sir Francis Drake, el intruso británico tan admirado por Margaret Thatcher, que en 1586 incendió la mayor parte de la ciudad y convirtió la catedral católica, la más antigua de América, en un establo para sus caballos, y al dictador Rafael Trujillo, instalado por Estados Unidos en 1930 como dictador absoluto hasta su asesinato en 1961, un epígono grotesco de lo peor de las tiranías europeas y que, entre otras cosas, dio su propio nombre a una ciudad.

Fue la muerte de Trujillo en 1961, hace poco recordada por la novela de Mario Vargas Llosa La fiesta del Chivo,la que marcó la fase más dramática e internacionalmente conocida de la moderna historia dominicana: las elecciones de 1962, que llevaron al poder al líder izquierdista moderado Juan Bosch, fueron anuladas por un golpe en 1963. Pero en abril de 1965 una alianza de partidos y movimientos radicales, junto con oficiales nacionalistas del ejército, tomó el poder proclamando el retorno del constitucionalismo;días después, en un acto que indicaba el temor a otro movimiento agitador en el Caribe, tras el de Cuba, el presidente Johnson ordenó a los marines ocupar el país, enviando 40.000 soldados en lo que iba a ser la mayor invasión por Estados Unidos de un país latinoamericano.

Los constitucionalistas, liderados por su nuevo presidente, el coronel Francisco Caamaño Deñó, aguantaron varios meses hasta que en enero de 1966 Caamaño y sus compañeros fueron enviados al exilio desde donde Strabajaron, en vano, por atraer a su causa a la oposición dominicana. Nadie más les podía ayudar. Cuba era incapaz de hacer nada; Francia, mandada por De Gaulle, protestó enérgicamente contra la invasión estadounidense, mientras que la Unión Soviética aceptó implícitamente la acción de EE. UU. usándola, por analogía y en referencia a su “patio trasero”, como justificación para su propia intervención en el Este europeo, por ejemplo en Budapest (1956) y Praga (1968), y posteriormente en Afganistán (1979).

Completada la ocupación por EE. UU. se instaló en el poder como presidente Juan Balaguer, el nuevo líder neotrujillista, tras las elecciones de junio de 1966. Se mantuvo en el cargo durante casi dos décadas en las que las fuerzas nacionalistas y socialistas fueron anuladas; durante esos años cientos de miembros de la oposición fueron asesinados en los distritos más pobres de Santo Domingo mientras Caamaño, exiliado y cada vez más frustrado en su papel de agregado militar en Londres y más enfrentado a Bosch y a las fracciones de la izquierda revolucionaria dominicana, abogaba con fuerza por una alianza con Cuba.

Tras veinte meses en Gran Bretaña – periodo en el cual yo mismo le invité, como presidente, a hablar en el Club Laborista de la Universidad de Oxford-,Caamaño desapareció, vía Holanda, hacia Praga y luego en avión hasta Cuba. El presidente constitucionalista llegó a La Habana en noviembre de 1967; seis años después, en febrero de 1973, y a pesar de los esfuerzos de los líderes cubanos para persuadirle de que no era oportuno que volviera, lideró un pequeño grupo de guerrilleros revolucionarios de retorno a su país. En menos de dos semanas fue capturado y, como el Che Guevara antes que él, muerto. La charla que dio a nuestros estudiantes en Oxford, el 4 de marzo de 1966, fue la última vez que apareció en público.

La República Dominicana de hoy, con una población de 9 millones de personas, está, sin embargo, muy lejos de aquella revolucionaria de los años 60. El “Doctor Leonel”, como es popularmente conocido el presidente, que perdió las elecciones en el 2000 pero fue reelegido en el 2004 y el 2008, tiene ahora 55 años y es un político popular y comprometido, más parecido al modelo hispano-brasileño-chileno que al de Chávez o Morales. Las últimas dos décadas han visto avances sustanciales en dos áreas: el turismo – en un país que disfruta de una de las costas más bonitas del Caribe, si no del mundo-y la industria de la exportación. En los últimos años la economía ha crecido en un porcentaje del 7%. La gran cantidad de población que tiene emigrada, especialmente a España y a Estados Unidos, aporta grandes remesas de divisas.

Pese a este panorama, la crisis económica mundial también se deja sentir en la República Dominicana. Las exportaciones han bajado, las remesas son inciertas y la perspectiva de una normalización entre Cuba y Estados Unidos supone una gran amenaza para la industria turística que es la que ayuda a soportar los 5.800 millones de dólares de déficit comercial. Al mismo tiempo, el liderazgo de Leonel Fernández, actualmente en su tercer mandato, ha sufrido algunas dificultades. El presidente es criticado por nombrar demasiados ministros y consejeros con responsabilidades sin especificar. Cada vez surgen más preguntas sobre los acuerdos que el presidente ha hecho con hombres de negocios para asegurarse su última reelección, preguntas que ha tenido que responder en unas intervenciones no programadas en televisión. Hay rumores, bastante precisos, sobre la participación de importantes políticos, militares y oficiales de policía, así como de miembros de la familia del presidente, en casos de contrabando. Diplomáticos occidentales insinúan que algunas de las cifras del gasto público son muy cuestionables.

Estas incertidumbres se reflejan en un continuo debate sobre el lugar de la República Dominicana en el mundo. El presidente ha recalcado reiteradamente que el país está en el “patio trasero” de EE. UU. y necesita evitar confrontaciones innecesarias con el poderoso enemigo del norte. Esta precaución se ve quizá reforzada por algo a lo que mucha gente en Santo Domingo alude: el sentimiento de un aislamiento geográfico de su país. Aunque Haití es su vecino, las relaciones entre los dos estados, y los dos pueblos, están bajo tensión. Cuba está geográficamente cercana por el Oeste – Guantánamo está a una hora de vuelo, más cerca de Santo Domingo que de La Habana-pero muy lejos por razones políticas. Casi lo mismo sucede al este con la isla, controlada por Estados Unidos, de Puerto Rico.

Los dominicanos a menudo expresan el sentimiento de que, al tiempo que su país fue olvidado por el mundo tras la atención en los años de Trujillo y los sucesos de 1965, ahora está fuera de los sistemas políticos y económicos regionales, sin ser aceptado ni como parte de Latinoamérica ni de Centroamérica ni, en muchos aspectos, del Caribe. Es una paradoja que este país, pieza central de la colonización española de las Américas y escenario de una de las más dramáticas confrontaciones de la guerra fría, haya sido tan olvidado de la comunidad internacional. Quizá ahora es el momento de corregir esta situación.

Fred Halliday, profesor investigador de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA) en el Institut de Barcelona d´Estudis Internacionals.