Cartas y manifiestos iliberales

Diferentes líderes políticos firmaron en la capital de Bolivia una suerte de manifiesto germinal, iniciando una concertación internacional de claro espíritu iliberal y populista. El lamentable texto, que posee la misma altura ética, política y literaria, fue rubricado por dos influyentes políticos españoles: José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente de España y ferviente partidario del régimen bolivariano liderado por Nicolás Maduro, y Pablo Iglesias, vicepresidente del actual Gobierno de España.

La naturaleza, el espíritu y los objetivos del texto se traslucen con la fuerza de todo lo grosero en el último párrafo: «Reunidos en La Paz con motivo de la toma de posesión de Luis Arce como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, país que se ha convertido en referencia internacional de la respuesta ciudadana al golpismo, los firmantes de esta Declaración, gobernantes, ex presidentes y líderes progresistas en nuestros respectivos países de Iberoamérica y Europa, afirmamos nuestro compromiso histórico de trabajar conjuntamente por la defensa de la democracia, la paz ,los derechos humanos y la justicia social frente a la amenaza que representa el golpismo de la ultraderecha».

No se fijen ustedes en las comas o en la carencia de puntos; no se fijen en la sintaxis, en el orden de las palabras, ni siquiera en la falta de gusto literario. Cierto que uno escribe como lo que es; y, en este caso, el desorden, el caos, el infantilismo del texto nos describe con exactitud radiográfica la ideología de los abajo firmantes. Tampoco se detengan en el autobombo de algunas frases como la que escriben sin sonrojarse –«confirmamos nuestro compromiso histórico»– ni en la necesidad perentoria de definirse ellos mismos «progresistas», elogio que en realidad casi siempre supone una clara declaración implícita de lo contrario: nostálgicos regresistas, enlazados a quimeras pretéritas y fracasadas.

No hará falta que les aconseje, cuando lean que el «compromiso histórico de lucha es contra el golpismo de la ultraderecha», que se pregunten la razón de no extender su justa medieval a las dictaduras de extrema izquierda o a las de origen religioso. Automáticamente les asaltaran sin remedio algunas preguntas: ¿No les parecen igualmente repugnantes? ¿les deben algo a determinadas dictaduras? ¿la omisión significa que las justifican y las apoyan?

Deténganse, por favor, en una clamorosa omisión que delimita su «histórico» compromiso. Lucharán, escriben, en combate sin igual en la historia de la humanidad, por los derechos humanos, la justicia social, y la paz. Pero advertirán que en esa breve lista de objetivos celestiales no mencionan la libertad. No me extraña, porque en ese acto germinal están creando la internacional iliberal. La libertad que nos convierte en ciudadanos no es imprescindible para ellos, la entienden como un trampantojo para encubrir el dominio de los poderosos. En realidad, el voluntario olvido del principio de libertad individual expone impúdicamente el conflicto que supone para ellos armonizar la justicia social (que podríamos traducir por igualdad) y la libertad individual. La libertad fue y sigue siendo la diferencia sustancial y excluyente entre ellos y los socialdemócratas. Porque para estos no hay libertad sin una igualdad suficiente y no hay igualdad digna sin libertad individual. El fracaso de los que se preguntaban cínicamente para que servía la libertad se realizó ante nuestros ojos en gran parte de la Europa Oriental: en la RDA tuvieron que construir un muro, no tanto para impedir que se beneficiaran del milagro comunista los alemanes occidentales y el resto de la humanidad, sino para que no huyeran los desgraciados e involuntarios beneficiarios.

El grupo firmante de la declaración de La Paz, formado por laclausianos, peronistas indigenistas identitarios y populistas de diversa laya, se comporta en realidad como lo han hecho los comunistas desde su origen. Siempre han buscado y han encontrado personajes que confundan, que hagan dudar a los grupos sociales a los que se dirigen; rostros que les permitan afirmar que no es una acción o una organización o un plan comunista. Sus intenciones últimas, de la misma forma, siempre han estado escondidas en rimbombantes declaraciones, que en el pasado eran la paz mundial, la emancipación de los pueblos, el internacionalismo proletario, trampantojo que encubrió desde el principio la vocación imperial de la URRS, llegando cuando fue necesario a pactar con Hitler. Hoy sus oscuros objetivos ideológicos se encubren en un amplio recetario identitario, mezclado con un conflicto social, que desborda los límites institucionales de los conflictos de clase, que fueron transformados en hechos constitucionales por las democracias social-liberales, y que permitieron impulsar un largo periodo de nuestra historia, caracterizado por la paz social, la igualdad de oportunidades, la libertad individual y el progreso.

Parece que al manifiesto de La Paz se le ha concedido poca importancia, pero solo con los firmantes de esa desbarajustada carta se define una zona geográfica muy amplia y un grupo de países convertidos en una base económica muy poderosa para influir y consolidar sus respectivos gobiernos o extenderse por donde puedan. Su capacidad de influencia se basa en la pobreza de los países en los que han triunfado, su poder en la arbitrariedad, su peligro en la ignorancia y su éxito dependerá de nuestra ceguera.

Unas semanas antes otros personajes, en el otro extremo ideológico, hicieron pública la Carta de Madrid. Capitaneados por dirigentes de Vox, tampoco les podríamos encuadrar en ninguna de las internacionales ideológicas que han dado estabilidad, progreso, justicia y libertad desde el final de la II Guerra Mundial. Cierto que aventajan a los bolivarianos en la limpieza sintáctica y en la contención política. Pero quienes la suscriben son jinetes que cabalgan desesperadamente hacia el pasado, huyendo de un futuro que no comprenden y que les atemoriza. Así, los que han logrado pisar la moqueta mullida del poder de sus respectivas naciones se han parapetado en democracias sin democracia, con líderes autoritarios y con propuestas políticas nacionalistas e iliberales.

El largo periodo de progreso y libertad iniciado con el final de la II Guerra Mundial nos hizo olvidar las tragedias del siglo pasado y hasta creímos que los viejos fantasmas ideológicos habían sido derrotados para siempre. No supimos entender que nada es derrotado para siempre en la historia, como nada ha sido conquistado definitivamente.

De otra forma, adaptadas a nuestro tiempo, las ideologías nacionalistas, comunistas y populistas, han vuelto a enseñar su tenebroso rostro y volvemos, como entonces, a disminuir ciegamente su peligrosidad. Vuelve el combate, en esta ocasión entre la democracia representativa y la basada en la voluntad popular expresada directamente, entre la democracia social-liberal y los iliberales, entre el nacionalismo y el cosmopolitismo, entre la ley y la arbitrariedad, entre la laicidad y el fundamentalismo religioso. Estos serán, más o menos atemperados, con fuerza diferente en unos Estados y en otros, los ejes políticos del futuro próximo. Los que llamamos iliberales, de izquierdas o de derechas, han ganado terreno ante nuestra incapacidad de ver claramente lo que no entendemos.

La política española sufre parecidos rigores extremistas a los de algunos países vecinos y amigos, aunque, debe decirse, con mayor intensidad y con consecuencias más graves para nuestra vida pública. Esta triste realidad es consecuencia de una gran debilidad institucional, tal vez con la excepción de la monarquía representada por Felipe VI, y también de la elevación al Gobierno de partidos que impugnan la Constitución del 78 cuando no la mismísima soberanía nacional.

De esta forma se ha ido polarizando la política española. La estrategia de acoso a las instituciones democráticas promocionada por Pablo Iglesias (una de las rutilantes firmas del manifiesto de La Paz), ha sido contestada por Vox (firmante de la Carta de Madrid), beneficiándose ambos: los de Podemos rentabilizan su posición en el Gobierno para llevar a cabo sus campañas de propaganda anti-sistema, olvidándose de la responsabilidad de gestionar que impone la presencia en cualquier gobierno; los de Abascal aumentando su saco de votos con un discurso apocalíptico.

Esta realidad no nos debe llevar a ese pesimismo tan conocido a lo largo de historia y que tanto daño ha hecho a la vida nacional. No son pocos los que ven, en esta crisis de muchas caras, la evidencia de la sempiterna incapacidad española para la gestión razonable del espacio público. Sin embargo, estos últimos 40 años de libertad y progreso, de mirar al mundo sin complejos, de descentralización política, son la mejor enmienda que podemos realizar a tantos pesimistas profesionales. Como siempre, las soluciones, las rectificaciones, muy necesarias, dependen de nuestra capacidad de llevar a cabo sencillamente lo que podemos hacer. Los españoles no somos esclavos de un trágico e inevitable destino, si ejercemos nuestra responsabilidad ciudadana, que pasa fundamentalmente por la crítica severa, no nos podrán arrebatar el futuro ni cartas ni manifiestos.

Nicolás Redondo Terreros fue secretario general del PSE.

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