Casa desolada

Con su tiempo religioso, que creen infalible y eterno, el Partido Nacionalista Vasco ha alcanzado la transferencia de la competencia de prisiones para su Gobierno. Gloria in excelsis Deo. El lema del PNV es «Dios y Ley vieja» (JEL), en euskera se autodenominan Jeltzales y necesitaron algo más que su fe para lograr su actual poder omnímodo en el País Vasco.

La competencia penitenciaria les llega con 40 años de retraso sobre lo que dice el Estatuto de Autonomía desde 1979, y sobre la constitución del primer Gobierno vasco en 1980. Euskadi nació averiada. Aquel año hubo 93 asesinatos de ETA, de los cuales 81 en el País Vasco.

El reguero de sangre terrorista, en la nacionalización forzosa que empezaron en 1968 y duró hasta 2011, les impidió lograr antes esa capacidad. Iniciaron la sangría so pretexto de ir contra la dictadura del general Franco y con gran adicción siguieron matando en alarde antiespañol durante décadas. No les interesaba la Transición. Atacaron al pueblo y a la democracia con ensañamiento. Hasta que ETA, vencida, hace diez años cesó en sus crímenes. Nunca ETA pidió perdón, ni su partido Herri Batasuna –luego Euskal Herritarrok, hoy EH Bildu– ni su gran beneficiario: el PNV. Nunca quisieron seducir, disfrutaban forzando la realidad con sus amenazas, disparos y consecuencias. El dolor ajeno daba un aura de autenticidad a sus ideas.

Es poderoso poner en libertad a criminales. El poder originario es matar, supremo para quienes lo ejercen y sus beneficiarios, aunque funesto para sus víctimas. El tercer poder de esa serie es la impunidad, hacerse invisibles y eludir las penas del delito. Eso pasa con la autoría desconocida de más de 300 asesinatos de ETA, más de un tercio de todos los que cometieron en España, merced a su ley del silencio.

Sobre el mal uso futuro de esa competencia en el País Vasco, cabe recordar un episodio nacionalista de su época del terrorismo. En el año 2000, Iñigo Urkullu, diputado entonces del PNV en el Parlamento vasco, fue nombrado presidente de su Comisión de Derechos Humanos. A continuación, Urkullu designó vicepresidente a Josu Ternera, jefe de ETA, que por azar judicial estaba en libertad y era parlamentario de EH hasta que volvió a huir. Fue como nombrar al director de Auschwitz conferenciante sobre los asesinatos, sus modos y finalidades en el País Vasco.

Por los mismos motivos que entonces, Urkullu volverá a fallar ahora que su Gobierno tiene las prisiones en sus manos. Su programa para excarcelar a los últimos terroristas lo llaman Hitzeman, Dar la palabra. Llevan años preparándolo con un rosario de eufemismos dignos de Orwell. Los presos de ETA abrirán sus cárceles con unas palabras mágicas, la declaración de que «su compromiso con la paz y la convivencia conlleva un razonamiento opuesto a cualquier vulneración de derechos humanos en el pasado, en el presente o en el futuro»; y con «un reconocimiento autocrítico del daño causado a las víctimas». Después tendrán trabajo, vivienda y servicios con ayudas públicas, para reinsertarse en la sociedad como «colectivo en riesgo de exclusión».

El resultado final es infame. En el País Vasco vivirán los asesinos pensionados, pero no los asesinados ni sus familias que se marcharon ni los amenazados y sus familias que no volvieron. Conduce a la resocialización de los asesinatos mediante la liberación anticipada de los asesinos, a quienes EH Bildu homenajea en público extendiendo así el impacto de los crímenes originales. Su jactancia culmina la humillación del pueblo.

En el lenguaje de los nacionalistas, reconciliación entre vascos significa convivencia entre ellos mismos. Cuando la alcanzan entre sus partidos celebran solemnes Te Deum, acciones de gracias como cuando escenificaron la disolución de ETA en 2018 con los asesinos conectados en videoconferencia. Sucede desde 2015 en Navarra, donde la apetencia nacionalista por ese territorio y su hacienda foral les llevó a gobernar juntos, tan felices PNV y EH Bildu de esa expansión que aún prolongan aliados allí con el partido socialista. Y ocurre desde 2018 con el Gobierno de Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, que creyó inventar la historia y su futuro al mismo tiempo, con esos mismos socios y sus cómplices catalanes, aunque el partido socialista quedase así fuera del sistema.

A veces los nacionalistas vascos, cuando sus crímenes les salpicaron, se pidieron perdón entre ellos. De los demás se desentendieron, y a las víctimas que no eran vascas ni las consideran, ¿para qué? Sobre lo que sucedió con la sociedad vasca durante las décadas del terrorismo prefieren no acordarse y no saber. La memoria tiene olvidos interesados. En cuanto al saber que consiste en ver, los vascos siguen entrenados en mirar hacia otro lado.

La historia prometida del nacionalismo vasco ha fallado y no se cumplirá. Todavía creen ir bien con su dulce desmemoria y su hegemonía política, indudable sobre los restos de los que allí fueron partidos constitucionalistas y hoy están convertidos a la fe nacionalista. Aunque esa identificación histérica, propia de una sociedad donde rogaron que les perdonaran la vida, no durará siempre.

Desde la fundación de ETA en 1959 como escisión del PNV, el mesianismo nacionalista vasco ha funcionado en la estela de su terrorismo. Su experiencia primordial de los mitos de raza y lengua vascas lleva mucho tiempo desfalleciendo, y su redención no llega. Su población se encuentra estancada desde hace 40 años, en torno a 2.100.000 habitantes. Sus gobernantes no quisieron verlo, ocupados como estaban en su mística de la hegemonía, y mientras tanto el País Vasco se convirtió en un sarcófago con una de las peores trazas demográficas de Europa.

Las causas del réquiem vasco sucedieron en el largo desierto de la violencia que duró dos generaciones. Durante los primeros 20 años perdieron unas 200.000 personas que se fueron por las amenazas e imposiciones de la nacionalización. Desde 1976 hasta más allá del 2000 la natalidad vasca fue la más baja de España. Desde entonces, la media de edad en el País Vasco ha aumentado de 29 a casi 50 años en 2021. Es la población más envejecida, con el mayor incremento (15 años) de edad media. Y siguen emigrando sus propios habitantes, sobre todo jóvenes con buena capacitación, porque su ascensor social está trucado en favor de nacionalistas vascohablantes.

Su decadencia se aceleró en los últimos 20 años. Vizcaya es la provincia de España que más población nativa ha perdido (–49,4%) de 20 a 39 años de edad entre 2001 y 2020. Este año, ya el 28,5% de los bebés nacidos en el País Vasco procedían de madres extranjeras. Los nacionalistas propagaron la narcosis de sus derechos históricos e inacabables y el resto lo hizo el hedonismo de una sociedad autoconvencida de su supremacía económica. Su pirámide de población está invertida y más del 40% de las pensiones vascas son pagadas ya por el resto de los españoles.

La identidad vasca plena sólo funciona para unos pocos, y tiene creciente dificultad para transmitirse. La emoción del euskera necesita su experiencia como lengua madre, y son escasos quienes acceden a ella. Con la pandemia las autoridades educativas han comprobado que, al no asistir los alumnos a clases presenciales, la lengua vasca se les degrada, tanto en comprensión oral y escrita como en su expresión y memoria, porque la mayoría no la practica en su casa. Si no es bajo presión, el euskera no fluye.

El espejo del País Vasco quizás está en un pequeño país del este de Europa, de agudo nacionalismo, cuya población no se sostiene como tampoco su lengua original, única en la zona. Su futuro será parecido, crecientemente autoritario, de gente enfadada porque no les funcionan sus mitos esenciales, no entienden los motivos de esa dislocación y temen ir menguando hacia su desaparición.

Las conductas del nacionalismo vasco están cargadas de impiedad, deshonor e indiferencia. Su ingeniería social es defectuosa. Querían una sociedad a su imagen y semejanza y han conseguido un reloj de piedra. Deshacer un pueblo en 40 años no está al alcance de cualquiera. La verdad no perdonará. Egiak ez du barkatuko.

Fernando Múgica es abogado.

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