Casado casa quiere

En homenaje y agradecimiento eternos a Teseo, los atenienses decidieron conservar el barco con el que este héroe de leyenda retornó feliz tras liquidar, con la inestimable ayuda de Ariadna, al célebre Minotauro de Creta. Por mor de su histórica epopeya, sus compatriotas quedaron liberados del yugo tiránico de aquel cruel monstruo antropomórfico con cabeza de toro. Cada nueve años había que ofrendarle, como tributo a la entonces potencia dominadora del mar Egeo, siete parejas de muchachos y muchachas que quedaban a su merced en el laberinto construido por Dédalo.

Para preservar aquella mitológica nao de siete remos, los atenienses iban retirando las cuadernas que se pudrían y reemplazaban éstas por otras más resistentes. Esas labores de restauración dieron pie a una seria porfía entre quienes sostenían que la nave ya había dejado de ser la de Teseo al no preservar el maderamen original y aquellos otros que argüían que sí lo era al subsistir su primigenia forma. Al cabo del tiempo, aquella controversia hallaría puerto de amarre en la Filosofía bautizándose como la paradoja del barco de Teseo, el debate sobre la identidad continua.

Casado casa quierePero también puede recalar en la dársena política ilustrando procesos de sucesión como el de Mariano Rajoy por Pablo Casado al mando del PP. Si la marcha del primero ha propiciado discusiones sobre si su nao era la misma o no tenía nada que ver con la que le cedió Aznar, su sucesor Casado ha resuelto reemplazar el casco del navío fiado a un grupo de calafates de su confianza que ponga rumbo a La Moncloa con la esperanza de que los españoles le premien como los atenienses a Teseo. Si consuma la proeza, será entonces la ocasión de deliberar sobre la paradoja del barco de Casado, porque, de enredarse ahora en esa cuestión filosofal, arriesgaría su naufragio en la misma bocana de salida.

Yendo por la vida bajo la máxima quijotesca de que, “en las cortesías antes se ha de pecar por carta de más que de menos”, Casado se ha rodeado de una guardia pretoriana reclutada entre sus adictos con concesiones en puestos nucleares a la ex secretaria general, María Dolores de Cospedal, pero evitando -eso sí- que ésta le determinara su número dos, como se barajó. A este fin ha designado a una persona de su corte y hechuras, como es el murciano Teodoro García Egea.

Erigiéndose en ama de llaves de la candidatura de Casado, Cospedal atesora parcelas clave de poder, como la portavocía del Congreso, con la ex ministra Dolors Montserrat, o áreas donde se guisan las listas electorales, con Vicente Tirado (vicesecretario de Política Autonómica y Local) y Juan Ignacio Zoido (presidente del comité electoral). Empero, para esquivar el trágico desenlace de la Rebeca de Hitchcock, Casado ha evitado que Cospedal asuma el papel de la señora Danvers y se apodere de la mansión de Manderley, dictando el designio al mismísimo Lord de Winter y condenando al ostracismo a los que no son de los suyos.

Sirviendo la venganza en plato frío, Cospedal no rehuye ajustar cuentas con su enemiga íntima, Soraya Sáenz de Santamaría, y singularmente con Javier Arenas, con quien empezó su carrera política y al que culpa tanto de sus cuitas como secretaria general como de haberse entrometido en su camino de las primarias. “En política -pondera el escritor mexicano Héctor Aguilar Camín en La guerra de Galio-, casi todos los amigos son falsos, pero todos los enemigos son verdaderos”.

Si Santamaría no podía aspirar -ni tenía sentido alguno- a traducir ese 43% de apoyo que obtuvo en el mismo porcentaje en los órganos de dirección, tampoco lo tiene borrar del mapa, si se auspiciaba de veras una integración tan pregonada como negada en la práctica, a los pilares de la candidatura de la elegida por los afiliados y luego preterida por los compromisarios en favor de Casado. Mucho menos después de que Santamaría ofreciera a su contrincante la secretaría general en los prolegómenos de la votación final que dilucidó la Presidencia del PP.

Con un acuerdo de última hora para reacomodar a algunos sorayistas renombrados en los grupos parlamentarios y evitar situaciones humillantes, como desterrarles al gallinero o detrás de una columna -como primer paso a buscar un hueco a la propia Soraya y a su guardia de corps: Báñez, Ayllón y Serna-, Casado ha soslayado la tentación del Vae victis! (¡Ay de los vencidos!). Jaleado por los suyos, podía haber replicado esa vieja alocución del caudillo galo Brenno cuando puso cerco a Roma y, al acusarle los asediados de haber usado pesas falsas para comprobar si habían cumplido con la cantidad requerida para poner fin al confinamiento, “el arrogante galo” -en expresión de Tito Livio- puso su espada sobre la balanza del tributo de oro y profirió aquellas palabras tan insoportables a oídos de los romanos.

Por oído ajeno, Casado atiende el consejo que el secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert McNamara, le dio al presidente Johnson nada más llegar a la Casa Blanca tras el asesinato de Kennedy. Cuando le inquirió su opinión sobre si debía sustituir al director del FBI, John Edgar Hoover, ésta fue su recomendación: “Presidente, es mejor tener al indio dentro de la tienda meando hacia fuera, que fuera meando hacia dentro”.

Éste es un riesgo que Casado podía haber asumido convencido de que el bando de Santamaría se diluirá en días y que más pronto que tarde se pasaría con armas y bagaje. Mucho más cuando hay que perfilar listas electorales en cascada para los comicios andaluces, municipales, autonómicos, europeos y, en cualquier momento, generales, dado el alto grado de precariedad en que desenvuelve su acción de gobierno Pedro Sánchez, como constató amargamente el viernes al ser aplastado por el techo de gasto presupuestario.

Es lo que el cachazudo Jesús Posada, ex presidente de las Cortes, llama «no apearse del tío vivo»: un día puedes estar montado en la moto, otro en el coche de bomberos y mañana en la ambulancia de esa atracción ferial, pero lo importante es no caerse del carrusel. Obrase aquello que padeció en primera persona quien fuera presidente de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, en víspera de ser destronado por un otrora todopoderoso Alfonso Guerra, quien lo tiró del caballo como si se tratara de un espectáculo de rodeo. En aquella encrucijada, en la que Borbolla vivía sin vivir en él, se conjuró con 20 de los suyos para diseñar una estrategia de defensa y el conciliábulo devino en puro lamento sin que nadie atisbara una salida más allá del numantinismo.

Viendo lo que se les venía encima, uno de los alcaldes presentes cortó en seco aquella salmodia y le habló bien a las claras al agonizante presidente. “Mira, Pepote, todos te queremos mucho. Tú lo sabes. Te han hecho una faena que no se merece quien lo ha dado todo por el partido, pero entenderás que queremos seguir siendo alcaldes cuando dejes de ser presidente…”. Resignado, a Borbolla no le quedó otra que lamerse las heridas en solitario. Había quedado claro que aquéllos a los que él mismo había designado no le iban a guardar luto ni los contados días que aún faltaban para que su cese se publicara en el BOE. No querían jugar con las cosas de comer. Ahí se encerraba la filosofía existencial de aquella camarilla que vivía del presupuesto.

Casado quiere casa propia sin pagarle cuota de alquiler a nadie y gobernarla a su manera, si bien cometió un error al manifestar que no admitiría corrientes internas, cuando nadie había aludido a ello. Poniendo el parche antes de que salga el grano de la disensión intestina y tratando de trazar un cordón sanitario en derredor de los vencidos en el último cónclave, no ha tenido la cautela que subraya George Lakoff en su manoseado manual electoral No pienses en un elefante. El taumaturgo rememora la histórica pifia que tan cara le costó a Nixon cuando, buscando reivindicarse ante la Historia, aseveró que él no era un chorizo refrendando las sospechas en sentido contrario de buena parte de la opinión pública. Distraídamente, Casado alzó un banderín de enganche opositor ante cualquier traspié venidero, cuando su prioridad es cerrar las heridas abiertas y organizar la oposición al PSOE.

Una vez asumido su inesperado Papado, haciendo bueno aquello de que quien entra como Papa sale como cardenal tras la fumata blanca, lo peor que le podría ocurrir a Casado es hacer las cosas a medias para a todos contentar sin satisfacer a nadie. Sobre el peligro de los (falsos) buenos comienzos ya coligió Gracián en su Oráculo manual y arte de la prudencia: “En casa de la Fortuna, si se entra por la puerta del placer, se sale por la del pesar, y al contrario”. En este sentido, si el amor vive en las palabras y muere en las acciones, los buenos propósitos de Casado deben traducirse en acciones que eviten que el PP se sume en una crisis de dimensiones gramscianas en la que lo viejo no acabe de morir y lo nuevo no termine de nacer.

En esa incertidumbre sin granar se debate un partido de poder que, inmerso en un apreciable retroceso electoral, se ha venido descomponiendo a ojos vista a causa de unos dirigentes que se repartían entre quienes se tentaban la ropa y los que se tentaban las navajas del ajuste de cuentas. Para evitar males mayores, en la sedes, parecía colgar un cartel análogo al que figuraba en algunos bares durante la crisis: “Queda terminantemente prohibido preguntar ¿cómo está la cosa?”.

Si las cometas alcanzan mayor altura cuando vuelan contra el viento, quien no se ha encontrado precisamente con una Presidencia regalada -polémica sobre sus másteres universitarios incluida y no sofocada del todo hasta que la juez no le dé el carpetazo que se resiste a dar- ha de enfrentarse a cualquier adversidad del destino con esa ambición de la que ha hecho gala. En este sentido, no le faltaba razón a Raymond Aron cuando fundamentaba que la acción política “es pura nada cuando no es un esfuerzo inagotable para obrar con claridad y no verse traicionado por las consecuencias de las iniciativas adoptadas”. Fue lo que guió a Teseo a exterminar al Minotauro de Creta.

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