Casado, ese desobediente

Hace ahora un año, el presidente del PP no cejaba de comentar en privado su satisfacción por la evolución del proyecto, después de una etapa larga dedicada a cohesionar el partido internamente, es decir, a rodearse de leales en las provincias: «Ahora ya se me escucha cuando hablo y antes no pasaba». A todas luces fue una previsión triunfalista porque 2021, el año señalado para que cristalizara exteriormente La Alternativa, se ha comportado de un modo errático: el PP ha pasado a ser el partido más votado en las encuestas, pero el liderazgo de su jefe no ha explosionado con la misma intensidad. Arrastraba el ruido de la ruptura definitiva con Vox, en febrero vino el batacazo de las catalanas y el 4-M madrileño lo cambió todo, de repente y para bien, pero la batalla campal entre Miguel Ángel Rodríguez y Teodoro García Egea ha zarandeado como nunca antes la figura del presidente popular; atónito ante un desafío que ni remotamente podía esperar.

Siempre resulta aventurado ubicarse en cabeza ajena, pero parece evidente que al titular del centroderecha le cuesta encajar lo que le está pasando; virando de la frustración a la confianza en sus propios cálculos; preservando la habilidad de abstraerse a los constantes tirones que reciben las solapas de su chaqueta. Cogió un partido bajo mínimos, expulsado del poder por una vergonzante moción de censura, con años de desgaste por los casos de corrupción, sin liderazgo efectivo ante la marcha de Rajoy y convertido en una losa ministerial de intereses cruzados, y tras vencer en unas primarias impolutas hoy aspira a triunfos próximos a la mayoría absoluta en Castilla y León y en Andalucía, tras los éxitos de Madrid y Galicia. Esa es su tesis. Pero, ¿por qué entonces no tiene correlación con lo que se dice de él en periódicos, radios y corrillos? Por qué -pensará- obtiene tantos halagos en privado (esos ‘bien Pablo, bien’), como réplicas en público, hasta de los mismos interlocutores: unanimidad a favor de Ayuso, críticas a los pactos para renovar las instituciones, reproches a su ruptura pendenciera con Vox, presión para que acepte la contrarreforma laboral del Gobierno, el cayetanazo, demandas de nuevos referentes en los puestos clave del partido, el contrapeso de los barones regionales y la mochila cargante del pasado, tanto de los marianistas en disolución como del padre Aznar, omnipresente.

Siempre se le puede echar la culpa a los fallos de comunicación, un déficit crónico del PP, o a la inercia asilvestrada de la derecha para no dejarse alinear. Bien, pero en el caso de Casado hay más. Ha llegado al cargo cuando los paradigmas políticos y mediáticos poco tienen que ver con la década anterior. Ejercer de líder de la oposición ya no es tan confortable como antes, la posición de poder resulta más precaria, cualquier presidente autonómico cuenta con más recursos y potencia. Casado debiera entender que, en su caso, ser jefe de la oposición no es más que ser un opositor, sí, alguien que oposita para ganar en las urnas, pero mientras llega se queda en el joven prometedor que sigue preparando sus exámenes. Su distancia de estatus respecto a la presidencia del Gobierno viene a ser la misma que la que separa al todavía estudiante del futuro magistrado o abogado del Estado. Una inmensidad. Casado es un opositor que sigue esperando y hasta que no se acerquen o aumenten sus expectativas, aquí todo el mundo quiere tomarle la lección, pedirle que cante el tema: «A ver si lo dice bien», como en el popurrí de ‘Los Enteraos’ de Cádiz. Pero de momento no pasa de ser el discurso de alguien, a veces preparado, a veces dubitativo, al que no le ha llegado la ocasión. Una presión excesiva, quizá, para la que le conviene, como advertía el gran Pla, «no confundir el humo con el asado». Lo difícil, en efecto, es tener claro dónde exactamente está el asado porque del humo no te puedes fiar.

Se mantuvo firme frente al empuje ayusista para no parecer débil o indeciso, con alto coste reputacional. Con respecto a Vox escogió el camino difícil. Mientras que Sánchez decidió neutralizar a Podemos a fuerza de podemizar el PSOE, el PP ha optado por separar su camino de la otra fuerza de derecha, alejarse de Abascal, asumiendo riesgos de nuevo. Y habrá que ver si en 2022 se consolidan los objetivos no fraguados en el ejercicio anterior. Lo que parece indiscutible es que si el Partido Popular gana el 13-F en Castilla y León, gana en mayo/junio en Andalucía y obtiene un gran resultado en las municipales de mayo del 23, de pronto dejará de ser considerado un joven opositor y, como siempre, irrumpirán bandadas de ‘agradaores’.

Los patricios de la corte, acostumbrados a impartir doctrina a todo el que les pasa por delante, suelen facilitarle ciertos consejos que consideran imprescindibles. Pero... («quieres creer que le di tres nombres que no debería cambiar, gente muy válida de verdad, me dijo que tenía razón y sin embargo los tres están hoy en la calle»). En efecto, el presidente del PP suele escuchar mucho, asentir con la cabeza y después pasar página; lo que genera un asombro enorme en aquellos que llevan décadas gestionando las sobremesas de Madrid. A esta cancela no ha llamado a preguntar, pero por no hacer de menos los usos del lugar, le recordaremos lo del general Montgomery: «Ningún líder, por grande que sea, dura mucho tiempo si no consigue victorias». O sea, si Casado gana y forma gobierno, ahí se entierran las dudas sobre su fortaleza.

Pero eso, antes tiene que ganar.

Julián Quirós

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