Casado o la ultraderecha contada por la izquierda

Las acusaciones de “ultraderecha” a Pablo Casado y su equipo no parten solo de la izquierda y de los nacionalistas, sino también del fuego amigo. El motivo no es únicamente estratégico, sino que la renovación ideológica del PP puede ser una nota discordante en el paradigma que, cristalizado en los últimos diez años, ha restringido las libertades.

El desarrollo del régimen del 78 ha tendido descaradamente en el último decenio a un consenso político y social fundado en la legitimidad expansiva de los nacionalismos y el sustrato socialdemócrata. Al día de hoy, parece que nada podía escapar de ese mantra; es decir, de la descentralización constante y veloz, así como de la presencia creciente del Estado en la vida pública y privada. Sobre este paradigma se ha producido el maridaje entre la clase política y la cultural para crear una verdad, algo típico de la posmodernidad, como señaló Daniel Bell, que ha permitido un dominio del lenguaje y la interpretación de la vida social.

Las consecuencias de dicha hegemonía han sido que los nacionalistas y los izquierdistas han carecido de límites discursivos y reivindicativos. Así, los primeros han ido exigiendo competencias para llegar a la independencia de iure o de facto, y los segundos han impuesto a muchos la falsa idea de que el sentido de la democracia es el reparto de la riqueza. Esa impudicia política ha llevado incluso a que los izquierdistas homenajeen sin rubor a dictadores comunistas. Ambos carriles han sido considerados “progresistas”, concepto del que se han apropiado, presentando su programa finalista como el único posible y deseable.

Ese consenso autonomista e izquierdista necesitaba construir un enemigo, porque, como escribió Julien Freund, “una política sin enemigo es contraria al concepto de lo político”. La labor de un Estado, escribió dicho filósofo, es que quede claro quién es el enemigo del régimen, que siempre es exterior, mientras que en el interior, en la vida política propia y democrática, solo hay rivales.

Sin embargo, en el caso español ese papel atribuido al Estado está en los detentadores del consenso obligatorio por mor de las autonomías y del sustrato socialdemócrata. De esta manera, los enemigos de la democracia no son los golpistas o los adoradores de dictaduras, sino aquellos que critican la vía impuesta por las izquierdas y los independentistas.

Mientras la derecha española compartió ese paradigma del Estado de las Autonomías en continua descentralización para contento de los separatistas, y se hizo socialdemócrata para no desentonar, fue tolerada como amigo político. Esto fue percibido enseguida por la tecnocracia del PP: era preferible desprenderse de todas aquellas ideas que no pasaran el filtro del consenso izquierdista y nacionalista. Por eso, como se sabe, en 2008 se relegaron el liberalismo y el conservadurismo en el PP, y la batalla de las ideas se convirtió en un cuento de viejas al calor de la hoguera.

En estos diez años, el paradigma ha girado tanto a la izquierda y en pro de los intereses de la oligarquía nacionalista, que cualquier principio político y económico que desentone con la verdad se convierte en argumento del enemigo. Por eso, las fuerzas mediáticas del progresismo y sus terminales políticas, y viceversa, han calificado inmediatamente a Casado, su equipo y programa como “ultraderecha”. Para esos izquierdistas no es la lucha la que engendra la política, sino al revés: la política es la que obliga al conflicto; es decir, que han convertido el schmittiano contraste amigo-enemigo en el motor de su identidad y existencia.

La descalificación muestra cuán hondo ha calado la técnica de Münzenberg, aquel agente estalinista que encargó a periodistas e intelectuales occidentales que llamaran fascista a todo aquel que no simpatizara con el comunismo. Y ahí siguen, clamando contra la propuesta de soluciones liberales y conservadoras a los problemas que las izquierdas y los nacionalistas han creado, alimentando un miedo infundado, el boxeo con el fantasma, como dijo Alfonso Guerra respecto a la actitud de Pedro Sánchez con el dictador Franco, porque lo necesitan. Incluso alguna analista expresó su temor a que Casado adoptara el método de “la crispación” y el PP volviera “a las andadas” .

Sin embargo, el liberalismo conservador de ese PP que quiere nacer tras el XIX Congreso es bastante moderado. Resulta ridículo desde un punto de vista politológico y filosófico que sean consideradas propuestas de la “ultraderecha” la defensa de las libertades individuales como fundamento de la democracia, la familia sin adjetivos atendiendo a la variedad de la vida real, la rebaja fiscal, la defensa de la vida, la libertad educativa devolviendo la responsabilidad a los progenitores, y la unidad de España. Esto último resulta sintomático.

Quizá la propuesta de Casado y su equipo sea tildada de “ultraderecha” porque los dictadores del paradigma entienden que solo hay libertades colectivas, que el objetivo de la democracia es más Estado para combatir las desigualdades, que no hay familias, sino colectivos de género o sociales, o que la misión de la escuela es crear un tipo único de ciudadanos, como han sostenido autoritarios y totalitarios en los últimos doscientos años.

Otro tanto ocurre con la unidad de España, garantía en Cataluña, por ejemplo, de que se van a mantener las libertades individuales de aquellos que no comulgan con aquel nacionalismo medieval, gregario y obligatorio. Hablar de unidad, por contra, dice la izquierda, es crear un conflicto, ponerse en una trinchera, polarizar, o fabricar independentistas. No obstante, esa orteguiana “conllevancia” con la mal llamada “cuestión catalana” es la que ha legitimado el dogma separatista de que no hay individuos, sino naciones con derechos, y que finalmente ha conducido al golpismo.

Pero no nos engañemos. Hay algo más: automatismo. Si Sáenz de Santamaría hubiera ganado el IX Congreso, esas mismas izquierdas, e incluso Ciudadanos, habrían dicho que había vencido “el partido de la corrupción”. La solución sorayista era más fácil para estos grupos ya que no tenían más que continuar con el discurso desplegado estos últimos años y seguir el cerco político. Sin embargo, la victoria de Casado obliga a trabajar más a los socialistas de todos los partidos, parafraseando a Hayek, porque da la batalla de las ideas, moderadas pero distintas, y toma la iniciativa política, donde está la clave del éxito.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid, y coautor del libro ‘Contra la socialdemocracia. Una defensa de la libertad’ (Deusto, 2017).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *