Casado, ¿un pato cojo?

Aquel marido traicionado se presentó hecho un basilisco a las puertas de la sala de cine. Empuñando un revólver, el burlado quiso irrumpir por las bravas para pillar in fraganti a su infiel consorte y vengar la afrenta por su propia mano. En su primera acometida, la aturdida taquillera logró frenarlo en seco: ¡No podía colarse sin pagar! Ganó unos minutos valiosos para que el acomodador interrumpiera la proyección y alertara del peligro que corrían los furtivos amantes, indicándoles una puerta falsa para su salida de emergencia. Para amparar su anonimato, la sala se mantendría a oscuras. Al momento, entre sombras y murmullos, una pareja puso pies en polvorosa. Lo llamativo fue que a esas dos siluetas fugitivas siguieron otras dos y luego otras dos, y así hasta una docena. Fue tal la desbandada que el cine estaba casi desierto antes de que emergiera el colérico cónyuge.

El incidente aconteció en Berlín y le dio el artículo escrito a Julio Camba, corresponsal entonces. Para suscitar la desternillante risa de sus lectores, la grácil pluma del maestro gallego no hubo de emperejilar aquel lance calderoniano del teutón con cornamenta. Bastaba imaginar el semblante de los escasos espectadores que no quisieron perderse el desenlace de aquel inesperado programa doble, bien por ser gustosos de emociones fuertes, bien porque un alemán no malgasta su dinero así como así.

Casado, un pato cojoResucitando la pintoresca escena, con la salida en fila de a dos de la veintena de adúlteros escabulléndose en tropel al ignorar la identidad del marido resuelto a desquitarse pistola en ristre, no se precisa excesiva imaginación para figurarse el pánico que se desataría si la juez que ha elevado al Tribunal Supremo el máster de Pablo Casado al colegir que hay indicios de delito en el aforado, extendiera sus pesquisas a otros políticos con vicisitudes académicas análogas a las del presidente del PP.

La juez Carmen Rodríguez-Medel no sólo hallaría los adúlteros universitarios que perseguía -señaladamente Casado, pues Cristina Cifuentes es un cadáver político a todos los efectos-, sino que se toparía con un enjambre de todas las cuerdas políticas pugnando por esfumarse sigilosos entre las sombras. En España, no importa tanto la formación como el título, algo muy arraigado en este pueblo de hidalgos. Por mor de ello, el adulterio académico es moneda común que se deja correr mientras nadie se aperciba del fraude.

Es la circunstancia judicializada de Pablo Casado, pero también la de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz. Ésta concluyó sus estudios de Derecho en coche oficial, tras 10 años de demora y hastiada de que el ex presidente andaluz, José Rodríguez de la Borbolla, le sermoneara: “¡Chiquilla, termina la carrera de una vez…!” En definitiva, políticos de carreras atascadas que se embalan subidos en el coche oficial o en el pescante de los mismos. A la par, Casado y Díaz se adornaron con másteres de imposible asistencia.

Siendo promesas ciertas del PP y PSOE, hegemónicos en sus mayorías absolutas en Madrid y Andalucía, el diputado autonómico y la concejal sevillana, respectivamente, se beneficiaron de un implícito del hoy por ti, mañana por mí. Sin pedir nada a cambio, si se quiere, pero con la certeza de que mañana, si lo necesitaban sus benefactores, ello les devolverían el favor prestado. A ese estado de cosas coadyuva una universidad endogámica que acopia muchos de los males de la política, cuando no los multiplica con chiringuitos como los que facilita este tipo de martingalas.

Hay ocasiones en las que las cosas hablan por sí mismas. Por eso, aunque haya electores transigentes con estas conductas punibles en función de si el afectado es de los suyos o de los contrarios; y no sólo el electorado, sino también algunos medios de comunicación, la preimputación de Casado, a la espera de lo que elucide el Tribunal Supremo, lo coloca en una situación jurídicamente complicada y letal desde el punto de vista político. Todo ello en un momento crítico en el que el PP busca recobrar sus constantes vitales tras el infarto que supuso la moción de censura de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy y en la antesala de un horizonte electoral preñado de citas embarazosas.

Al aguardo de que, atendiendo a la máxima cervantina, la verdad ande sobre la mentira como el aceite sobre el agua, Casado exterioriza las limitaciones de un pato cojo, como se denomina en EEUU al presidente que encara el último periodo de su mandato, Con toda probabilidad, a cada paso que dé -y los está dando muy certeros en el reencuentro con el desasistido votante del PP-, le van a recordar el dichoso máster. Ello le va a dificultar la vida como lo haría si albergara una piedra en su riñón. De momento, Ciudadanos, con el nuevo curso, retomará su ofensiva contra la derogación de los privilegios de que gozan los aforados. Es una forma de hablar de Casado, sin aparentar que Rivera emprende una ofensiva ad hominem contra un rival directo que no quiere que resucite de sus cenizas con la fortaleza del Ave Fénix.

El máster, como la roca que arrastraba Sísifo, ya lastra incluso la tarea opositora de Casado en asuntos de regeneración que tocan al ámbito personal y familiar de Pedro Sánchez, tras la merced otorgada a su mujer, Begoña Gómez, fichada por el Instituto de Empresa (IE), para dirigir un nuevo centro justo al poco de llegar a La Moncloa. No ha sido por lo que vale, como justifica el PSOE, aunque no sea cuestión de regatearle méritos; de ser así, el IE ya la tendría en su nómina hace años sin aguardar a que se alojara en La Moncloa, contraviniendo una incompatibilidad común en los países democráticos.

Tocado del ala y queriendo evitar que el PSOE haga sangre con su máster, Casado no se ha atrevido a verbalizar siquiera aquello de que la mujer de César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo. Rehuyendo la polémica, se ha limitado a susurrar: “No voy a meterme en temas personales. Voy a demostrar el respeto que ellos no han demostrado conmigo”. Hasta que el Tribunal Supremo no lo libere de esa gravosa hipoteca, su ingente tarea de oposición puede tener la misma eficacia que si escribiera en la arena de la playa.

Mucho más, si repitiendo el error que Cifuentes cuando, arrebatada por su ímpetu, aseveró en la Asamblea de Madrid que había realizado sus pruebas del máster ante el tribunal examinador que no llevó a cabo, mintiendo a la Cámara; de igual manera, Casado se complicaría la vida si no aparece finalmente el ordenador que dijo conservar con los trabajos que exhibió en rueda de prensa. Vuelve a reaparecer la sombra chinesca del viejo ordenador del tesorero Bárcenas destruido a martillazos para que aquella supuesta caja negra de la financiación irregular del PP diera nuevos quebraderos de cabeza. Si se sustanciara ese fantasma, entrañaría un retorno al futuro.

Cualquiera percibe la encrucijada del PP, incluso sus más allegados, aunque nadie lo explicite más allá del comentario deslizado por el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, a quien Casado dio garantías al respecto antes de su elección y ha vuelto a dárselas tras la remisión del sumario al Tribunal Supremo, expresando éste su deseo de que, en efecto, «lo que es nada se quede en nada».

Sería traumático para un partido que trata de cicatrizar las heridas del último congreso que otra resolución judicial lo descabezara. Nadie puede llevarse a engaño sobre el riesgo que contraía con la elección de un Casado con la judicialización abierta en canal de su máster en la Universidad Rey Juan Carlos.

La espada de la Justicia pende, pues, sobre su cabeza cual espadón de Damocles y, por ende, sobre el PP. Visto con retrospectiva, el PP se retrotrae a julio de 1990, cuando el caso Naseiro hizo saltar de su puesto al jefe del denominado clan de Valladolid, Arturo Moreno, y puso en solfa a un recién aterrizado José María Aznar, el gran referente político de Casado, pese a haber servido a las órdenes de un Rajoy que hubiera preferido otro desenlace del último congreso del PP. Fue a raíz de aquel contratiempo inicial cuando el sagaz Pío Cabanillas Gallas le facilitó a Aznar el nombre de Rajoy y. Como número tres, del partido, pudo rehacer una carrera a la que Fraga le había puesto la proa en Galicia, pese a haber despuntado de manera brillante quien ha sido el último presidente del Gobierno del PP.

Rajoy y Casado han comprobado y comprueban en sus carnes aquello que proclamara Napoleón de que el hombre más poderoso de Francia era el Juez de Instrucción, por encima incluso del mismísimo emperador. Algunos ven la misma malquerencia en los togados de la malhadada pieza de Gürtel que dejó a Rajoy a merced de los acontecimientos y en la juez que ha pasado de asesorar al ministro Catalá a sacarle las vísceras al currículo del candidato de éste a la Presidencia del Partido Popular, tentada tal vez de ganar fama y notoriedad en consonancia con la presa que acorrala.

Ahí reside la naturaleza de la cojera de quién, desde una confusa masa de datos judiciales, destapa su desnudez, pero no su derrota con un coraje digno de encomio. Las horcas caudinas del Tribunal Supremo dictarán su suerte.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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