Cascos azules: ¡adelante!

Por Niall Ferguson, profesor de Historia ´Laurence A. Tisch´ de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 18/01/07):

Memorándum al presidente. De: Robert M. Gates, secretario de Defensa. Asunto: Iraq.

“Estoy profundamente preocupado por lo que respecta a Iraq. La tarea que me habéis encomendado se está tornando imposible.

Nuestras fuerzas son realmente muy escasas… Francamente, no alcanzo a discernir la clase de poder político capaz de afrontar una eventual catástrofe en el país, sea del carácter que sea; y, desde luego, no puedo siquiera imaginarme la posibilidad que podamos enviar muchas tropas de refuerzo bajo ninguna circunstancia…

Apenas un solo periódico deja de mostrar una postura hostil a nuestra permanencia en ese país…, cualquier gobierno alternativo que pudiera constituirse allí no tendría más que ordenar una evacuación inmediata para granjearse una notable popularidad.

Además, y debo confesarlo desde lo más hondo de mi corazón, no sé qué ganamos en todo esto… Seguimos estancados en la obtención de petróleo y, en líneas generales, aprecio que estoy quedándome sin opciones posibles.

Considero que deberíamos proceder del siguiente modo: a menos que nos rueguen que nos quedemos – en tales condiciones que podamos asegurarnos el control eficaz de la situación-, debemos irnos antes de finales de este año.

Lo digo con toda claridad y lo repito: si no se inclinan a pedirnos que nos quedemos, colaborando por supuesto con nosotros en todos los sentidos, por mi parte me largaría sin más.

Es muy posible, sin embargo, que ante este ultimátum nos supliquen que nos quedemos. En tal caso, me pregunto si no estaríamos obligados a quedarnos. Claro que en la actualidad estamos pagando millones de libras cada año por el privilegio de continuar sobre un desagradable volcán del que, previsiblemente, no vamos a poder obtener nada de valor”.

No, no se trata de la filtración de un memorándum del sucesor de Donald Rumsfeld a George W. Bush. De hecho, se trata del texto de un memorándum de Winston Churchill a David Lloyd George, fechado el 1 de septiembre de 1922, cuando Churchill era secretario de Estado para las Colonias y el gobierno de Lloyd George daba sus últimas boqueadas. Naturalmente, el factor clave en este caso es que hemos (y al hablar así me refiero a los británicos) estado antes en el mismo lugar… Pese a haber derrotado a la insurgencia iraquí dos años antes, a Churchill se le ponían los pelos de punta ante la mera perspectiva de tener que “vivir sentados sobre un desagradable volcán” por tiempo indefinido. A juzgar por los sondeos de opinión más recientes, una mayoría abultada de los estadounidenses experimenta un sentimiento similar con relación a Iraq.

Bush, sin embargo, permanece imperturbable. A finales del 2005 dijo a los líderes republicanos: “No me retiraré aunque Laura y Barney sean los únicos que me apoyen”. Su actitud recuerda el informe del general francés Ferdinand Foch cuando trataba de detener el avance alemán en la Primera Guerra Mundial: “Me presionan por la derecha, cedo en el centro, situación inmejorable: ataco”. Sólo que, en este caso, Foch se alzó con la victoria.

El discurso televisado de Bush del pasado 10 de enero tuvo más ribetes de soliloquio que de un llamamiento a las armas digno de crédito. Apenas hay alguien que comparta su punto de vista en el sentido de que la guerra de Iraq constituye “la decisiva batalla ideológica de nuestro tiempo”. De hecho, Laura y Barney deben incluso a veces albergar sus dudas sobre la cuestión de que “el modo más realista de proteger al pueblo estadounidense (…) es promover la libertad en una turbulenta región”. ¿”Realista”? A juicio de la mayoría de los estadounidenses – y de iraquíes-, lo que Estados Unidos ha promovido en mayor medida desde la invasión del 2003 ha sido el caos y la anarquía.

Sin embargo, si cabe hablar de una realidad aún peor que el autoengaño de Bush, hay que referirse al cinismo e hipocresía de sus oponentes políticos, que no paran de pavonearse entrando y saliendo de las dependencias del comité del Congreso, que controlan en estos momentos. La decisión del presidente de enviar 21.500 soldados más a Iraq constituye muy posiblemente “el mayor error en materia de política exterior en la historia de nuestro país”, en palabras del senador Russell D. Feingold. El líder de la nueva mayoría en el Senado, Harry Reid, ha acusado a Bush de “optar por una escalada en esta guerra civil”. Por su parte, Barack Obama, nueva estrella en el firmamento político y posible aspirante a la presidencia, ha acusado a Bush de “consentir y aun alentar una guerra civil”.

La verdad es que tampoco acabo de saber muy bien cómo se alienta una guerra civil. Lo que sí sé es que si Estados Unidos reduce su presencia militar en Iraq o sale por el foro pura y simplemente (como anhelan muchos demócratas), el resultado será una guerra civil hecha y derecha que desde luego ya no será menester alentar en modo alguno. Pese a todos sus defectos y errores, Bush acierta en una cuestión: “Retirarse ahora acarrearía la caída del gobierno iraquí, desgarraría el país y derivaría en matanzas de proporciones inimaginables”. Así es (dejando aparte lo de inimaginables);en cualquier caso, dicho sea de paso que muy pocos parecen deseosos de arrostrar tal perspectiva.

El objetivo del último plan de Bush estriba – acertadamente- en tratar de estabilizar Bagdad, ciudad que por sí sola representa buena parte del nivel de violencia que aflige actualmente a Iraq. Los nuevos soldados estadounidenses no sólo “trabajarán junto a las unidades iraquíes”, sino que “se insertarán en sus formaciones”, ayudándolas a “desbrozar de elementos hostiles y garantizar la seguridad de los distritos urbanos” de la capital. Al propio tiempo, Estados Unidos potenciará la correspondiente instrucción de los cuerpos y fuerzas iraquíes y dedicará mayores esfuerzos a la reconstrucción económica.

Como los británicos a principios de los años veinte, Bush, sin embargo, se encuentra en la incómoda situación de tener que apuntalar un gobierno iraquí aquejado de debilidad crónica. No tiene ningún empacho en advertir constantemente que el primer ministro Nuri al Maliki perderá “el apoyo del pueblo estadounidense” si no alcanza determinadas marcas o puntos de referencia (una de los cuales consiste en haberse responsabilizado de la seguridad para el mes de noviembre). Sin embargo, ¿qué hará en concreto Bush en el caso de que al Maliki (como parece casi seguro) no cumpla? ¿Largarse sin más?

Los defectos y lagunas del plan de Bush son evidentes, pero no son los que los demócratas prefieren mencionar. El más evidente (valientemente expresado por el senador John McCain habida cuenta de sus aspiraciones a la presidencia) es que 21.500 soldados adicionales no son suficientes. En 1920, cuando los británicos aplastaron una revuelta, sus soldados guardaban una proporción de uno por cada 23 iraquíes. Aun teniendo en cuenta el actual aumento previsto, la proporción será de un soldado estadounidense por cada 174 iraquíes.

No obstante, aunque el presidente pudiera enviar a Iraq 215.000 soldados adicionales, dudo que fueran suficientes para detener la guerra civil. ¿Por qué? Porque las fuerzas ocupantes estadounidenses, tras invadir el país de forma que sumieron a Bagdad en la anarquía, carecen ahora de legitimidad para ser tenidas por pacificadoras. Al contrario, si las nuevas tropas marchan en dirección a Sadr City con órdenes de pulverizar a las milicias Mahdi de Moqtada al Sadr, toparán con toda la población unida contra ellas.

El objetivo presidencial a medio plazo, consistente en transferir la responsabilidad de la ley y el orden a las fuerzas de seguridad iraquíes, adolece también de fallos fundamentales. Porque la realidad es que, abandonadas a sus propios medios, esas fuerzas en el mejor de los casos se demostrarán ineficaces y, en el peor de los casos, resultarán ser participantes activos en la guerra civil.

Por estas razones, sólo acierto a distinguir una alternativa digna de crédito a la estrategia de Bush aunque por ciertos motivos los demócratas no quieren hablar de ella. En este momento, no es menester que las fuerzas estadounidenses transfieran la responsabilidad de la seguridad de Iraq a los iraquíes, sino a una nueva fuerza aportada por las Naciones Unidas.

Indudablemente, el desafío en cuestión puede ser de proporciones desalentadoras para el nuevo secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki Mun. Con unos 74.000 soldados ya comprometidos en 18 misiones distintas en todo el planeta, las Naciones Unidas distan de poder hacerse cargo del principal foco problemático del mundo. Y desde luego, a mucha gente casi le daría un ataque la mera idea de que las Naciones Unidas echara un cable a la empresa estadounidense que desde un principio rechazó. De hecho, al propio Bush se le atragantaría el hueso.

Pero entonces, ¿cuál es la alternativa? Tarde o temprano, los críticos del presidente deben caer en la cuenta de que no es él ni sus consejeros quienes pagarán el elevado precio de sus fallos y errores sino el pueblo de Iraq. Es posible que su país sea, como dijo Churchill, un “desagradable volcán”. Sin embargo, ¿quién sale ganando si se deja que el volcán entre en erupción? Después de todos los chascos y desengaños de los años noventa, nunca me imaginé a mí mismo escribiendo estas palabras, pero helas aquí: licencien a los boinas verdes. Es hora de llamar a los cascos azules.