Cataluña

La buena noticia es que algo más de la mitad de los catalanes ha dicho «no» a separarse de España. La mala, que casi la mitad ha dicho que quiere separarse. Y la pregunta es: ¿cómo convencer a esa casi mitad de que es mejor para todos seguir juntos? Difícil tarea. Hace 35 años, sólo el 20 por ciento de los catalanes querían la independencia. Hoy son el 48 por ciento. Es verdad que la perspectiva de salir no sólo de España, sino también de Europa, ha hecho que los que pensaban que se trataba sólo de una astuta jugada para lograr un mayor grado de soberanía o de financiación, al enfrentarse a la realidad del aislamiento, ha decantado la balanza contra el independentismo. Pero esa otra realidad de la desafección a España sigue también ahí. Y no se trata de vencer a los catalanes, sino de convencerles de que juntos nos irá mejor que separados. O de recuperar al menos ese 28 por ciento que se han hecho independentistas en estos 35 años que corresponden, paradójicamente, a los de mayor desarrollo español.

CataluñaEs verdad que se ha debido en buena parte a una labor sistemática de presentar a España como enemiga, explotadora e incluso genocida de las esencias catalanas, al mismo tiempo que se hacía de la independencia la cura de todos los problemas, con una Cataluña convertida en otra Holanda o Dinamarca, un pequeño país entre los más avanzados de Europa en paz, libertad y amistad con sus vecinos, cuando la realidad es muy distinta, ya que la primera quiebra la tendría dentro de su propia ciudadanía, partida por la mitad, sin que pudiera esperar comprensión por parte de sus vecinos, empezando por España, aunque a los demás tampoco les haría la menor gracia que se estableciese un precedente de separatismo. No es la mejor forma de iniciar la andadura de una nación-Estado moderna.

Pero el problema de fondo continúa: ese 48 por ciento que, aún así, no quieren ser españoles. ¿Cómo incorporarles al proyecto español? Digamos de entrada lo que no debemos hacer: intentar comprarlos con privilegios de cualquier tipo, que sin satisfacer a los independentistas, sólo fomentarían sus demandas –como viene ocurriendo–, mientras crecería el descontento en el resto de las comunidades. La única forma de hacer España atractiva para los catalanes es replantearla seriamente como un país plural, como son hoy la mayoría de las naciones desarrolladas, con un subsuelo histórico, social, empresarial y humano común, que se manifiesta en diversas formas. Para decirlo en una frase: que lo catalán es una de las varias formas de ser español, como lo son el prusiano y el bávaro de ser alemán, sin que lo uno esté reñido con lo otro, sino al revés, se complementan.

¿Cómo llevar eso, tan bonito de palabra, a la siempre ruda práctica? Pues con una «segunda Transición» que España necesita urgentemente, para liberarla de las taras que ha ido acumulando a lo largo de la primera, hasta el punto de poner en peligro el sistema que nos hemos dado. A saber: acabando de cuajo con la corrupción institucional y sumergida, reformando la ley electoral y el estatuto de los partidos, logrando una justicia plenamente independiente, agilizando una administración elefántica y sentando como norma general que a la política no se va a enriquecerse. Sin que haya fórmulas milagrosas para ello, como el federalismo o la reforma de la Constitución. Ya tenemos un tipo de federalismo, el Estado de las Autonomías, y hemos visto a dónde nos ha conducido: al derroche y la pillería. Tampoco una reforma de la Constitución ayudaría si no se respeta, como viene ocurriendo. Ni siquiera la «conllevancia» orteguiana nos sirve, al haber sobrepasado ese estadio. Sólo una mejora a fondo de la calidad de nuestra democracia puede hacer a España atractiva para los catalanes.

En los años Setenta del siglo pasado, cuando nuestro país buscaba afanosamente un nuevo modelo de Estado, publiqué en estas mismas páginas de ABC un artículo titulado «Catalanizar España» en el que decía: «España no tiene que ir fuera para buscar virtudes cívicas, las tiene dentro de ella misma, en Cataluña. Y no me refiero sólo a la laboriosidad, el sentido organizador y de empresa e iniciativa. Me refiero a algo más valioso y raro: a la mezcla de tradición y modernidad que hace a los países a la vez estables y dinámicos; al espíritu de cooperación, sin el que una nación no pasa de reino de taifa; a la obediencia a la ley, sin la que no hay otra alternativa que la dictadura o la anarquía; al respeto a la intimidad ajena, algo prácticamente desconocido en el resto de España, y que tal vez sea la cualidad más preciosa del espíritu catalán. Todo eso lo necesita España, hoy más que nunca, pues es con esos mimbres con los que se teje la auténtica democracia. Sin ellos, de poco sirven Constituciones, partidos, urnas».

Por desgracia, Cataluña ha perdido a lo largo de las últimas décadas buena parte de esas cualidades, barridas por el huracán nacionalista, que tantas desgracias ha causado a pueblos y naciones. Precisamente, cuando el mundo en general, y Europa en particular, tiende a fundir pueblos y naciones en una tarea común. Casi me atrevería a decir que la Cataluña actual muestra los rasgos españoles más negativos: la egolatría, el divisionismo, el desprecio a la ley y a los demás. Las últimas elecciones han demostrado que aún queda allí un fondo de sentido común, de seny, que la hizo retroceder al borde del abismo. Aprovechémoslo. Pero para eso tenemos que ofrecerles una España sugestiva, donde el espíritu catalán pueda desarrollarse plenamente. ¿Lo lograremos o preferiremos seguir en la orgía cainita?

José María Carrascal, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *