Cataluña: cariño, humor, imaginación

El discurso justificativo del secesionismo catalán asume tres principios argumentales: que es posible una secesión simple y cordial que no amenaza el futuro del Estado español, que es un proceso justo y que no hay acción política violenta. Creo que existen buenos argumentos para justificar que los tres son falsos, pero aquí quiero fijarme tan solo en un aspecto parcial del tercer supuesto: el de la no violencia.

Digo parcial porque no hablo ahora ni de la presunta violencia que ponderan nuestros tribunales ni de la violencia estructural que pueda estar sufriendo en su empresa o escuela un no secesionista catalán. Estos hechos podrían no ser definitorios del secesionismo y algún secesionista podría condenarlos. Mi reflexión mira a otra forma violencia más intrínseca. Una violencia que afecta directamente a la condición personal y de la que, sin embargo, se habla poco. Y para ello tengo que empezar por hablar de mí.

El asunto es que la eventual secesión de Cataluña es una de las cosas importantes que me han pasado en la vida. Es un verdadero acontecimiento biográfico que lleva meses tiñendo mis afectos y poniendo en cuestión mi imagen social. Esta afirmación podría parecer exagerada o anecdótica, una expresión de neurosis política, pero lo que quiero compartir es que tal vez no sea así y que prestarle más atención merezca la pena.

Para empezar tenemos que este desasosiego mío no es cabreo o frustración, aunque los acompañe a veces; es dolor, sufrimiento verdadero. ¿Cómo explicarnos este dolor? Para explicar mi estado emocional se han habilitado ya dos teorías por parte del secesionismo frente a ninguna por parte quienes lo confrontamos. La primera de estas dos teorías dice que muchos españoles rechazamos la secesión catalana porque se nos acaba un chollo. La segunda dice que la rechazamos porque, fuera de Cataluña, vivimos sumidos en una manipulación mediático-educativa que nos predispone simultáneamente contra Cataluña y contra la secesión de Cataluña.

Ahora bien, ni en mi Zaragoza natal ni en el Madrid que habito he conocido jamás a nadie que aspirase a vivir aprovechándose de Cataluña ni a mantener chollo alguno con ninguna parte del Estado español. Añadiré, por el contrario, que conozco miles de personas a quienes tal cosa, de haber sucedido, les parecería muy mal. La gente común española que yo conozco le da una gran importancia a evitar y reparar situaciones de atropello o privilegio que hayan podido darse en nuestra historia con cualquier tipo de recurso: económico, humano o cultural.

En cuanto a la teoría de manipulación, reconozco que no disponemos de muchos indicadores objetivos. Sería bueno saber cuánto dinero han percibido los medios de comunicación por posicionarse en el debate o qué opiniones dificultan más un currículo docente en institutos o universidades. Pero lo que sí puedo afirmar es que me esfuerzo como el que más para no ser engañado y que dispongo para ello de tantos medios como le son posibles a un particular. Filósofo y psicólogo, profesor de teoría educativa y director muchos años de un instituto de secundaria, me considero aceptablemente bien prevenido contra cualquier añagaza mediática de TVE o TV3 o cualquier libro de texto.

Hay que buscar, pues, una explicación más seria que la de suponer que a los de Zaragoza nos atontan más que a los de Lérida. Y aquí viene mi propuesta. Como estudioso de la educación humana llevo años trabajando el problema del bullying escolar. Sobre todo el de ese bullying emergente -el de tantos suicidios y depresiones- en el que no se toca físicamente a la víctima. Centrado en la imagen social del agredido ni siquiera hay propiamente, en este acoso, intimidación o amenaza física y el agresor puede mostrar al mundo sus manos limpias de golpes. Y sucede, desde hace tiempo, que el tratamiento de la imagen del español y de España por parte de la lógica secesionista me suena casi igual.

Concretando la analogía, creo que la esencia emocional del secesionismo puede formularse así: a mí, nacido o residente en Cataluña me humilla y ofende el hecho de formar parte de un cuerpo político específico y común contigo, vecino de Zaragoza. Me humilla y me ofende hasta el punto de que romper este cuerpo político común ilumina mis días y da sentido a toda mi praxis política. Cosas como la justicia social o el calentamiento global son secundarias comparadas con este anhelo político que puedo legitimar ante el mundo mostrando simplemente cómo eres.

Desde esta perspectiva hay que considerar la posibilidad de que el programa secesionista no solo sea intrínsecamente violento sino el ejemplo más notable de las nuevas violencias emergentes -psicológicas, económicas y mediáticas- entre grupos humanos del siglo XXI. Guerras de imagen y privilegios -como una doble nacionalidad- mucho más complejas que el terrorismo pero igualmente capaces, por ejemplo, de imponer unilateralmente fronteras internacionales, sin golpes ni gritos.

En la crónica mediática reciente me quedo con dos instantes de gran valor humano: el desfallecimiento de nuestro ministro de Asuntos Exteriores en una televisión y la declaración de un guardia civil que nunca había visto tanto odio en la mirada de la gente. No son anécdotas, son síntomas de una sociedad -la española- abrumada por la insidia. Y si esto es así es fundamental que las víctimas, y también los agresores, se reconozcan como tales.

Este reconocimiento es capital también para el secesionismo porque la soñada República Catalana que nacería como nación europea rica y entre las ricas pero inocente entre las inocentes, como un indígena amazónico -las sombras de Europa se las queda Madrid-, es un espejismo colectivo. Lleva en la frente la marca de la infamia moral. Y si la inteligencia progresa en Europa como debe -y desenmascarar toda forma de violencia política es uno de los vectores de desarrollo más firmes de Occidente- esa república puede pasar a la historia como paradigma del refinado egoísmo y la mezquindad de la peor versión de Europa.

En toda comunidad política moderna, en toda re-pública, se asume un vínculo fundamental entre los ciudadanos más importante que el arraigo en la tierra, en la sangre o en la lengua. Se trata del arraigo en la propia praxis cívica, es decir, en la condición humana como fundamento definitivo de una polis. Platón lo llama pudor y los romanos pietas. Es la hombría de bien republicana, la cualidad moral básica hecha acción política.

Pues bien, el secesionismo atenta directamente contra esta pietas republicana y por ello me anula a mí también y a mi dolor. De ahí que no haya ni rastro de compasión o empatía hacia mí en la actitud secesionista. Lo que soy, ante todo, es un conciudadano irremisiblemente fallido de un Estado irremisiblemente fallido. Sorprendentemente, la esencia del nacionalismo secesionista y la de una república verdadera son así esencialmente incompatibles.

Ahora bien, la psicología enseña que la persistencia y ceguera en el acoso no suele surgir de la nada. Es probable que en la masa de ciudadanos que se movilizan por la secesión – y que se sienten al margen de toda violencia- se haya experimentado también alguna violencia. Cuánto tenga de real o de imaginaria esta violencia y cuáles sean sus fuentes es un tema extraordinariamente serio que debemos contemplar todos con enorme respeto, afecto y cuidado porque perseverar en nuestro amor por Cataluña es aquí lo que determina todo.

En la unidad de la re-pública española se juega hoy la dignidad de nuestra condición ciudadana y la de Europa. Para ello es necesario un gran esfuerzo de inteligencia moral. Necesario pero no bastante. Harán falta, además de mucho tiempo, cariño, imaginación y sentido del humor. La figura de Joaquin Xirau, entre los grandes exiliados de la España en conflicto, puede iluminar muy bien este camino. ¿Y si la hacemos volver de su exilio?

Ignacio Quintanilla Navarro es filósofo y educador.

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