Cataluña: de la tragedia a la farsa

La tragedia se ha convertido en farsa. Camarillas independentistas disputan el mando de sus búnkeres irrelevantes de Barcelona y Bruselas. Algunos se han trasladado a un exilio alejado de la realidad. En este país de las 1.000 maravillas, la independencia es simbólica y la república catalana sólo existe en un mundo virtual en el que Puigdemont dará la bienvenida a un rey mago que vendrá a humillarse y pedir misericordia. Otros reinventan una historia en la cual Trapero y Forcadell intentaban distanciarse del butifarrendum. La hada madrina de Anna Gabriel ha agitado su varita mágica para trasformar a esa Cenicienta en una princesita improbablemente suiza. La tentación de desdeñar todas esas payasadas y travesuras es casi irresistible.

Pero en política el descuido no es aconsejable. En EEUU casi todos los intelectuales nos reíamos de Donald Trump cuando se presentó como candidato a la Presidencia. El Huffington Post llegó a excluir las noticias de la campaña Trump de sus páginas serias, relegándolas a la sección de entretenimiento, al lado de las aventurillas de estrellas de telenovelas. Y Trump llegó a la casa a pesar del desprecio de quienes no lo tomamos en serio. En Italia, un payaso por vocación, Silvio Berlusconi, ha cedido el paso al mando de la vida política a un payaso profesional, Beppe Grillo, cuyos gritos parecen más altos que las carcajadas de los políticos de verdad. En Inglaterra, Jeremy Corbyn, a quien los columnistas ridiculizaban cuando se le eligió por un accidente racionalmente inexplicable como líder del Partido Laborista, ya juega el papel de gran hombre de Estado y tiene serias opciones de suceder a May. La ridiculez de hoy puede ser la realidad de mañana.

Cataluña de la tragedia a la farsaEn el caso catalán, el peligro sigue presente porque en el cuento de hadas donde habita el independentismo una minoría de votantes constituye una base legítima para disolver una democracia, socavar la Constitución, prescindir de las leyes y tiranizar a la mayoría. Mientras nos reímos de Puigdemont, él se mofa de los demás. Ojo: el último en reírse es el que ríe más fuerte.

Entre muchos aspectos incomprensibles del soberanismo sobresale la paradoja de que el catalanismo siempre se ha vanagloriado de su propia sofisticación y europeísmo, en contraste con el supuesto encerramiento en sí mismo del resto de España. Actualmente, los partidarios de la secesión se comportan como sátrapas orientales dignos de la política de Kazajistán. Cabe contemplar el problema en su contexto europeo y recordar que en el resto de Europa occidental los desafíos separatistas se han resuelto o se están resolviendo por vías legales, dentro de las constituciones vigentes. Así es en el Reino Unido ante los independentistas de Escocia y el País de Gales, y el desafío separatista en Irlanda del Norte. En Francia, los bretones y corsos que optan por declaraciones unilaterales son muy pocos y la respuesta a sus quejas se busca a través del diálogo. En Bélgica el balance entre flamencos y valones es precario, pero se mantiene pacíficamente. En la antigua Checoslovaquia, los checos y eslovacos lograron separarse sin romper la legitimidad del Estado anterior. En Italia el nivel de descontento entre los de la Liga Norte y los demás es alto, pero no vemos ninguna muestra de una quiebra constitucional. Ysi en Alemania el secesionismo bávaro llegara a imponerse, estoy seguro de que se mantendría dentro de la constitucionalidad.

Los únicos casos europeos -y se encuentran bastante al margen de la Unión Europea- donde los secesionistas han seguido los pasos del soberanismo catalán, declarando la independencia sin respetar la Constitución, son Kosovo y algunas comunidades de la franja oriental europea que añoran, por lo visto, el pasado soviético: Transnistria, que abandonó la república moldava de forma unilateral en 1992; y los territorios que han proclamado su independencia de Ucrania para unirse con Rusia. ¿Puede Cataluña ser como Crimea?

Ya sabemos la respuesta de los partidarios de la quiebra. El alzamiento -si se me permite la palabra- catalán es consecuencia legítima de las tiranías de Madrid, que no quiso hacer caso a los reproches de un número elevado de catalanes, descontentos por el rechazo de varias cláusulas de Estatuto y del reparto aparentemente injusto de los Presupuestos del Estado. Es cierto que el Gobierno ha menospreciado los agravios de Cataluña y se ha mostrado indiferente ante la necesidad de una reforma constitucional. Pero de tiranía nada, si no es la que ejercía el Govern, negándoles a los padres el derecho a que sus hijos aprendan la verdad de la Historia española y condenándoles a no tener un dominio del español. En una democracia auténtica, cuesta tiempo satisfacer a todos. La regla primordial del contrato social es que aceptemos los aspectos de la Constitución y de las leyes que no sean de nuestro agrado, y tratemos pacíficamente de cambiar estas normas. Mientras tanto, nos debemos a nuestros conciudadanos.

Un caso modélico es Escocia. El Partido Nacional escocés domina la política en esa parte del Reino Unido, con una mayoría aplastante en el Parlamento y una hegemonía abrumadora entre los representantes escoceses en Westminster. Pero los independentistas reconocen honradamente que tales circunstancias no constituyen una base adecuada para reclamar su futuro soñado. Siguen aguantando e intentando persuadir a una mayoría suficiente que apueste por separarse del Reino. Ni siquiera rechazan la Monarquía, que ha mantenido la paz del país en circunstancias más favorables que las que se encontró Juan Carlos I a la hora de asegurar el porvenir democrático en España.

Si Escocia logra independizarse, será una Monarquía con su majestad británica como jefe del Estado simbólico. Mientras tanto, el Reino Unido está llevando a cabo el mayor cambio constitucional que ha registrado el país desde 1972: el Brexit, lo que supone una gran desventaja para la economía escocesa. Los nacionalistas escoceses están aprovechando la oportunidad para hacer propaganda, pero también se dan cuenta de que mientras formen parte del Reino Unido están obligados a someterse a las decisiones políticas, democráticamente registradas, a nivel estatal.

Cabe contrastar las palabras del himno escocés con las de Els Segadors. Flower of Scotland (Flor de Escocia) es el himno que cantan en partidos internacionales de fútbol y rugby, sobre todo, cuando su selección se enfrenta a la de Inglaterra. Suena la gaita, cortesía de los gaiteros de batallones escoceses del ejército británico. El vulgo se alza cantando como si fueran a despertar a los muertos. Flor de Escocia, como Els Segadors en la versión que hoy se emplea, es una confección moderna, compuesta en los años 60 del siglo pasado, por el gran folclorista Roy Williamson tomando como referencia una canción tradicional.

Como en el caso de Els Segadors, Flor de Escocia apela a eventos históricos bastante lejanos y de poca relevancia a día de hoy: Els Segadors a una guerra civil de 1640; Flor de Escocia a una batalla de 1314, cuando el ejército escocés detuvo a los ingleses. Pero mientras Els Segadors celebra la violencia y honra las hoces ensangrentadas de unos insurgentes despiadados, Flor de Escocia muestra un tono de reconciliación: “Aquellos días son del pasado /Y allí deben quedarse. / Pero podemos surgir de nuevo / Para ser de nuevo aquella nación / Que confrontó al rey soberbio / Y le mandó a casa para pensarlo bien”.

Siguiendo el ejemplo de lo mejor de la tradición británica, Flor de Escocia es una obra maestra de autocrítica y subestimación, que representa la mayor victoria de la Historia escocesa, como si fuera un rechazo cortés de un intruso que se mandó volver a casa para reflexionar. Incluso hay lectores de The Scotsman, el gran periódico de Escocia, que quieren cambiar la letra por ser excesivamente agresiva. He ahí el espíritu de un nacionalismo digno de un gran pueblo. Vuelvo a plantear la pregunta clave a nuestros amigos catalanes: ¿Queréis ser la Crimea de Occidente? ¿No les vale más ser como los escoceses?

Felipe Fernández Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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