Cataluña: ¿dónde están los líderes?

«El problema de Cataluña es su falta de auténticos líderes. Alguien que, en los momentos decisivos, dé un puñetazo en la mesa y haga lo que hay que hacer. Ese tipo de hombres no se da en Cataluña. En Cataluña, llegado ese momento, lo que el líder de turno dice es «parlem». Algo que sirve para cruzar la calle, pero no para cruzar Rubicones. Y esa, ninguna otra, es la causa de que Cataluña no sea una nación-Estado, ni creo lo sea nunca, pues tal carencia la lleva el pueblo catalán dentro, junto a muchas cualidades, artísticas sobre todo, pero que no suplen la del liderato».

Quien esto me decía –hace más de treinta años– era un famoso y laureado intelectual catalán, ya fallecido, cuyo nombre no voy a dar para que no caigan sobre él la descalificación y el oprobio que el nacionalismo reserva para los que considera traidores, y no son otra cosa que auténticos patriotas, pues el patriotismo verdadero empieza por la autocrítica. Más, cuando este del que hablo había ocupado cargos de responsabilidad en aquella cultura.

Se me quedó grabado en la memoria y, últimamente, el recuerdo me llega con el estrambote de una pregunta: ¿ha llegado el momento de que Cataluña despegue como nación-Estado? O ya personificando: ¿es Artur Mas el líder que mi amigo echaba de menos en los Países Catalanes?

Como la pregunta se las trae, vamos a andarnos con cuidado al responderla. Por lo pronto, el concepto de liderato ha variado mucho en los treinta años transcurridos. Ya no estamos ante el capitán valiente y osado que se la juega cuando tiene que jugársela para alcanzar lo que buscan él y su pueblo. Ese tipo de caudillaje –nada que ver con nuestro último Caudillo, cuya cautela era proverbial y fue su arma principal en las muy distintas batallas que libró en su vida– ya no se estila. El último ejemplar del mismo en España fue Adolfo Suárez, que, si bien cosechó importantes éxitos, acabó como acabó. El liderato está hoy muy repartido, no sólo por la multiplicación de los centros de poder internos y externos, sino también por la fragmentación de la sociedad, que junto con la izquierda y derecha clásicas ofrece numerosos estratos sociales intermedios que dificultan extremadamente el liderato. Hoy pesa tanto un presidente del FMI como un magnate de televisión o un jefe de Gobierno. Aunque una cosa es innegable: los que podríamos llamar capitanes de la industria, las finanzas y el comercio representan uno de los polos decisivos en todo Estado moderno. Son ellos, tanto o más que los políticos, quienes orientan la vida de un país y el bienestar de sus habitantes. Los que dan respuestas a las crisis y aceleran o frenan su marcha. De ahí la importancia de la postura que adopten los grandes empresarios y financieros catalanes ante ese «choque de trenes» que se anuncia entre Cataluña y España.

¿Cuál es su actitud ante tal eventualidad? Acabamos de tener dos episodios elocuentes al respecto. El primero, el encuentro del ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, con el Foro Puente Aéreo, que incluye lo más granado del empresariado catalán, tenido lugar la semana pasada en el curso de una cena celebrada en la sede del Grupo de infraestructuras Abertis en Barcelona. Gallardón iba con una idea muy clara que expuso sin rodeos: los empresarios catalanes deben frenar la deriva secesionista que ha tomado Artur Mas, con objetivos cada vez más próximos a los independentistas de ERC. Algo que el Gobierno Rajoy no debe ni puede consentir, por imperativo constitucional.

La respuesta de los grandes empresarios catalanes fue no tan rotunda, pero no menos clara: tampoco ellos pueden, incluso si quisieran, reconducir la política del Gobierno de la Generalitat, pues, según uno de los asistentes a la cena, «serían aplastados» por el tsunami que barre hoy Cataluña. O sea, que no van a hacer política, por muy crítico que sea el momento para su comunidad.

No muy distinta es la actitud de uno de los personajes más coloridos de la escena catalana contemporánea, Josep Piqué, que desde una izquierda revolucionaria juvenil saltó a dos importantes carteras ministeriales bajo Aznar y ahora es consejero-delegado de la importante empresa OHL. O sea, que ha hecho el recorrido completo. ¿Qué dice este hombre polifacético ante el «choque de trenes»? Oigámosle literalmente: «Necesitamos convencer a la mayoría de la sociedad catalana de que es mucho mejor seguir siendo españoles que esa especie de Arcadia feliz que pasaría por la independencia». ¿Y cómo se la convencería? Pues «con política, con pedagogía. El tiempo no arregla el problema catalán», dice apuntando la estrategia de Rajoy de que «el que aguanta gana».

Como ven, la actitud de la alta clase empresarial catalana y la del catalán que acaba de alcanzar el despacho en la cumbre de una de las torres más altas de Madrid son la misma: todos piden acción al Gobierno español, pero se resisten a pedírsela a los gobernantes catalanes, siendo estos los que nos han llevado a la crítica situación en la que nos encontramos. De igual modo, renuncian al papel de explicar al pueblo catalán la realidad con que se encontraría de seguir el canto de las sirenas independentistas, papel que nadie como ellos podría interpretar. Si no lo hacen por miedo a enfrentarse a una opinión pública catalana exacerbada por el nacionalismo o por estar en su fuero interno de acuerdo con este, no lo sabemos, y puede que ni ellos mismos lo sepan. Pero son lo bastante inteligentes para saber que no se puede pedir a un gobierno que viole la Constitución que ha jurado defender ni dar por buenas unas cifras y unas fechas que el ardor nacionalista ha hinchado hasta el absurdo. En medio de este silencio vergonzante, sólo José Manuel Lara advierte de que, por ese camino, «se solucione como se solucione, Cataluña saldrá mal». Pero es la voz predicando en el desierto, la excepción que confirma la regla.

Al renunciar al liderato que su condición les confiere, los empresarios catalanes dan la razón a mi amigo sobre esa carencia en su comunidad. Si a ello se une que el liderato político está dando muestras de una falta de mesura más propia de países subdesarrollados y de pueblos sin experiencia en el gobierno, tenemos el callejón sin salida en que Cataluña se ha metido. Bismarck definió la política como «el arte de lo posible». Cuando alguien llega con demandas maximalistas, plantea el debate como «sí o sí» o rompe al marco legal establecido, está pidiendo un imposible. Y eso es lo que están haciendo Artur Mas –a fin de cuentas un político, y los políticos se van como llegan– y la intelectualidad catalana, que ha renunciado a su papel de conciencia crítica de su sociedad, aunque no sería la primera vez que los intelectuales lo hacen. Pero lo más grave es que lo hagan también los más cercanos a la realidad, los empresarios, confirmando la segunda parte de la teoría de mi amigo, la que explica que Cataluña no ha logrado, ni logrará, ser una nación-Estado por no tener auténticos líderes. Cabecillas, todo lo más, y ni siquiera de los mejores.

José María Carrascal, periodista.

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