Cataluña: el diablo se entromete

Por más que busco, intentando ser equitativo y esforzándome por comprender las reivindicaciones nacionalistas de los catalanes (tengo primos catalanes, viticultores en Sierra de Almos, cerca de Reus), no encuentro ninguna motivación racional detrás de sus acciones. Los catalanes no están ni oprimidos ni colonizados. La independencia no les aportaría nada, ni prosperidad, ni libertad, que ya tienen. Al contrario, la Cataluña independiente sería expulsada inmediatamente de la Unión Europea y de la eurozona, empobrecida y abocada al caos económico. Esta Cataluña no sería reconocida internacionalmente, salvo quizá por Rusia; los catalanes sin pasaporte ya no podrían viajar y las empresas no podrían exportar. Una solicitud de adhesión a la Unión Europea exigiría años de negociación y es previsible que la mayoría de los países europeos, casi todos federaciones, cerraran la puerta a Cataluña para impedir el contagio autonomista en sus propias provincias. En la práctica, Cataluña ya no sería viable, sino un paria entre las naciones. Sabemos ya que el Gobierno francés no reconocería la soberanía catalana.

¿Ganarían algo los catalanes en orgullo nacional? Algunos, los que viven de la política como de una empresa personal, sin duda. ¿Pero qué ocurriría con las minorías catalanas no independentistas y con los no catalanes que viven en Cataluña, incluidos los inmigrantes y los refugiados? ¿Cuáles serían sus derechos? En ningún momento los independentistas han sido claros respecto a lo que ocurriría con todos aquellos que desean seguir siendo españoles: ¿se convertirían en extranjeros en Cataluña? ¿Es democrático el movimiento independentista? No se sabe, pero puesto que hace caso omiso de la Constitución española, podemos dudarlo, como el Rey de España; la Cataluña independiente, una hipótesis teórica hoy día, podría muy bien no ser un Estado de Derecho. Estas mismas preguntas habrían podido plantearse en Escocia o en Quebec si esas provincias hubieran logrado su separación, pero fracasaron.

Es extraño que los independentistas catalanes no se hayan fijado más atentamente en otro ejemplo de desintegración de una nación, Yugoslavia. Es el único caso, en Europa, de una separación de provincias a partir de una federación, desde luego más reciente que España, y dominada por un centro, Serbia. Sin embargo, hoy está claro que si Yugoslavia hubiera permanecido unida, habría evitado la guerra civil de la que aún no ha salido. Asombrado en aquella época ante tanta violencia, me dirigí, en 1995, a las ciudades más afectadas por los ajustes de cuentas llamados étnicos y religiosos. Recuerdo especialmente una conversación con el imán de Sarajevo, una ciudad en la que judíos, ortodoxos y católicos habían vivido en armonía durante siglos, antes de matarse unos a otros. El imán me recibió entre las ruinas de su mezquita incendiada. «He reflexionado mucho», me dijo, «sobre lo que nos ha ocurrido, y creo haber hallado una explicación». Yo estaba allí, boquiabierto, absorbiendo sus palabras. «Lo que nos ha ocurrido», concluyó el imán, «solo puede ser obra del Diablo». Pues bien, esta explicación irracional se me grabó en la memoria como la más convincente que me hayan dado nunca.

Si volvemos de Sarajevo a Barcelona, desde el momento en que todas las explicaciones económicas, culturales, históricas y sociológicas parecen nulas y no aceptadas, la única explicación que me queda es el Diablo. Para los místicos, este Diablo existe realmente, pero para los no creyentes está en nosotros, enroscado en nuestras neuronas. Dependiendo de las circunstancias, se denomina narcisismo, cólera, envidia, odio hacia el otro o megalomanía. Tiene muchas caras. Todos nosotros llevamos dentro alguno de esos diablillos, pero el ser civilizado se esfuerza por contenerlos en su caja mágica. Cuando dejamos que esos diablillos se apoderen de todo nuestro ser, volvemos a la edad de la Barbarie.

Una vez propuesto este análisis, no pretendo que lleve en línea recta hacia una solución política. Es necesario, más bien, encaminarse hacia un psicoanálisis de grupo, una terapia colectiva que pasa por la palabra. No es imposible, y existen precedentes, como las Comisiones de la Verdad y la Reconciliación que, en Checoslovaquia, en Sudáfrica y en Ruanda, desactivaron los odios y restauraron la capacidad de vivir juntos. ¿Cómo es eso, si los catalanes no son tutsis? Pero todos somos tutsis en potencia, porque los resortes de la naturaleza humana son idénticos en todas las latitudes. Solo la palabra nos libera del odio, y yo no veo en España más salida práctica que una liberación por la palabra, que debe instituirse en Comisiones de Reconciliación.

Guy Sorman

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