Cataluña, el golpe de Estado permanente

François Mitterrand, flamante presidente de la República francesa en 1981, escribía en 1964 su obra, «El golpe de estado permanente», refiriéndose antaño a la ejecutoria política del entonces presidente, el inefable Charles De Gaulle, ejerciendo la reglamentaria oposición parlamentaria y política en profundidad. Más tarde, llegado aquel a la Presidencia, por dos mandatos de siete años, desarrolló un ideario «gaullista» con meros cambios cosméticos, dos ministros comunistas en su Gabinete y cambios de nombres a algunos organismos militares significativos, convirtiéndose en el más adicto de los presidentes socialistas a la V República que ha tenido Francia.

Lo que está sucediendo en la comunidad autónoma de Cataluña, larvado desde hace muchos años («la larga marcha»), se le puede llamar también «golpe de estado permanente», con mucho más sentido probablemente que en la obra de Mitterrand, dado que se ha alcanzado el cenit del golpismo, con la disposición en Madrid, como consecuencia de una moción de censura coyuntural, de un Gobierno central que se mantiene con el apoyo de los votos de todas las formaciones independentistas catalanas, nacionalistas vascas y extrema izquierda próximas a las tesis de los golpistas.

Me animo a analizar esta situación por varias razones, todas ellas descritas en mi artículo publicado en ABC el 30/09/17, víspera del malhadado intento de referéndum en Cataluña, pero también por mi condición de Oficial General del Ejército en situación de retirado, aspecto por el que probablemente, espero, no se producirá quebranto si reitero de nuevo «que a mí me sigue importando Cataluña», y mucho. Además, y como consecuencia de lo anterior, soy partícipe «alícuotamente», de la misión constitucional que el artículo 8º del Preámbulo de la Constitución confiere a las Fuerzas Armadas; la segunda razón de mi análisis son mis antecedentes de analista de los riesgos, amenazas y desafíos que pesan sobre España, en un periodo activo de mi carrera profesional, también por el momento especialmente graves que estimo concurren en nuestro país, con respecto a su cohesión y por ende en la misma Unión Europea, espacio de unidad política a la que debemos tender, y que se ve seriamente comprometido por las últimas decisiones judiciales, y alguna política, que aunque independientes, según Montesquieu, no dejan de sorprender por la magnanimidad y comprensión para con los autores del golpe de estado en Cataluña.

Los que vivimos en directo el intento fallido del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, desde instituciones con cierta capacidad de observación general, y analizamos su resolución fracasada, juzgada, sentenciada y rematada con el cumplimiento de largos años de prisión, ejemplarizantes en cualquier caso, cumplidas en general en establecimientos militares de lo más vetusto, los que había, y alejados, no dejamos de pensar que el Consejo Supremo de Justicia Militar de la época había cumplido con su trabajo, eso sí apreciamos sensibles diferencias con el bien llamado «procés», aunque habría que ponerle el apelativo de «subversivo».

En primer lugar se aprecia lentitud, la lentitud que es enemiga de la ejemplaridad, aunque sea la tónica de la mayoría de los procedimientos judiciales, pero resulta muy perjudicial y facilita la causa de los golpistas, pues dan la impresión de que van ganando en la consecución de sus fines. En segundo lugar, la profundidad en las reformas introducidas en las Fuerzas Armadas, a raíz del 23/02/1981, fueron profundas y consistentes, cuando en el caso catalán ha sido aplicado «un 155» somero y edulcorado, con poco énfasis en suprimir las causas del golpe de estado, adoctrinamiento, propaganda, grupos hostiles, racismo nacionalista, cumplimiento de sentencias, y un largo etcétera; finalmente, la implicación política general, de todas las fuerzas opositoras a los sucesos del 01/10/17, no ha tenido la convocatoria nacional y gubernamental que antaño, la iniciativa civil ha suplantado a la oficial, y aquella no ha tenido la manifestación rotunda debida que, aunque esperanzadora sin duda, no se acercó a la impresionante muestra de reparo nacional a los sucesos del 23 febrero de 1981.

Como aprendíamos en la magnífica y añorada Escuela de Estado Mayor, cuyos antiguos diplomados (3 años de estudios y preparación previa) siguen sin obtener las equivalencias en el marasmo de la Enseñanza Superior Militar actual, la subversión es un proceso que tiene por finalidad la conquista del Estado, y también la del estado de derecho votado por todos los españoles después de muchos años de privaciones políticas. Los procedimientos para conseguirlo pueden ser variados, los que en cada momento se precisen, los más adecuados a los fines propugnados, incluidos los violentos cuando sean necesarios y convenientes a la causa, aprovechando también las facilidades que proporciona el sistema político imperante, como es el caso.

La subversión en Cataluña existe, como existe la guerra en otros lugares, el enemigo, el combate y la muerte, aunque no sea el final para muchos, y se debe de huir de aquellos que no aceptan los hechos consumados, aunque no sean políticamente correctos, como el desafío que supone el golpe catalán, ahora aderezado por la favorable situación política en España.

Ricardo Martínez Isidoro, General de División (R).

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