Cataluña, el pleito de las banderas

Un grupo de manifestantes protesta contra el encarcelamiento de ocho miembros depuestos del parlamento catalán, en la plaza de Sant Jaume, en Barcelona, España, el 3 de noviembre. Credit Quique Garcia/European Pressphoto Agency

La independencia era una emoción. Duraría lo que duran algunas emociones: poco. Pero esa noche, tras haber sido proclamada, parecía que no importaba nada más. En la plaza San Jaume, frente al palacio de la Generalitat, miles de catalanes se encontraban allí para sentirla. Se abrazaban, se besaban, descorchaban botellas de cava, cantaban y brincaban al ritmo de los bajos que retumbaban en los altavoces. “Nuestra independencia por dos horas”, comentó una mujer luego de posar para una selfi con su novio. Habían capturado en su pantalla el sentimiento antes de que se desvaneciera y antes de que el resto de la comunidad internacional dijera que no tenía validez alguna.

Pero, entre las seis de la tarde y las ocho de la noche, ellos se sintieron –además de independientes– felices y orgullosos. Con el corazón henchido de amor patrio cantaron el himno de Cataluña, algunos con el puño en alto, otros con cuatro dedos de la mano estirados, simbolizando las cuatro rayas de su bandera. Gritaron “¡Visca Catalunya!” y “¡Fora, fora, fora, la bandera española!”, la cual se mantuvo inmóvil, en su asta, encima del palacio de la Generalitat. Ya no se sentían españoles –algunos quemaron su documento de identidad–; ya no se sentían súbditos. Cataluña era una república, aunque esa palabra también fuera un veremos.

Tras los anuncios espectaculares, las declaraciones mediáticas, los tuits y cadenas por WhatsApp, esperaban que empezara a materializarse y a concretarse lo que todos calificaban como un “momento histórico”. Pero antes de las nueve de la noche, el presidente Mariano Rajoy anunciaba, en nombre de la unidad, de España y la defensa de la Constitución, que era necesario mantener todo bajo control y dentro del marco de la ley. Sacó el artículo 155 y ordenó la destitución del gobierno de la Generalitat, el cierre de las sedes diplomáticas de Cataluña en otros países, la intervención de los Mossos d’Esquadra y, para acompañar el garrote, lanzó la zanahoria de las elecciones programadas para el 21 de diciembre.

La ilusión efervescente fue remplazada rápidamente por una sensación incómoda y confusa a la que ha sido tan difícil acostumbrarse y ponerle nombre. Esa sensación de que todo es susceptible de empeorar y que somos espectadores de una espiral incontrolable de improvisaciones y reacciones en cadena del govern catalán ante el gobierno español y del gobierno español ante el govern. Esa sensación, que ya cumple más de un mes, quizá empezó a palparse días antes del referéndum del 1 de octubre, se intensificó con la represión de la Guardia Civil en centros de votación y continuó ante la actuación de los políticos y sus decisione —o falta de ellas— en los días posteriores.

En las últimas horas hemos constatado que esa sensación no solo se mantiene, sino que probablemente empeore con la decisión de la justicia española de enviar a prisión, sin fianza, al vicepresidente Oriol Junqueras y otros ocho miembros del destituido gobierno catalán. ¿Fue una reacción o justificación? Ante la huida del president Carles Puigdemont, quien justificó la fuga con el antecedente de los Jordis, enviados a prisión por la misma jueza que, a su vez, justificaba su decisión con el argumento de que se podían fugar. Es difícil saber qué es causa o consecuencia en esta espiral que involucra cada vez más a Europa. Con la orden de captura europea contra Puigdemont y los otros miembros del gobierno catalán que lo acompañan en Bruselas, la UE, o al menos Bélgica, no podrá quedarse al margen.

Y mientras el diámetro de la crisis se expande, en las calles de Barcelona –su eje– aumenta la tensión. “Las calles serán siempre nuestras” ha sido una de las arengas de los independentistas y, ante los procesos legales y el encarcelamiento de sus líderes, puede ser lo único que les quede. En protesta por los arrestos, había trancas a primera hora del viernes y los sindicatos anunciaron un paro el próximo 8 de noviembre.

Pero las calles también son de los otros, de los que salieron masivamente a las avenidas de la capital catalana el domingo después de declararse el artículo 155. Salieron a celebrar pero, sobre todo, a decir que esto sigue. Que los líderes políticos podrán hacer anuncios y firmar decretos y tomar decisiones, que la justicia actúe y que ahora sí vamos a elecciones, pero que aquí no ha habido ningún desenlace. Que esto apenas comienza.

La contramarcha de la otra España también estaba cargada de emociones, todo tipo de emociones. Las más nobles eran las que clamaban por el entendimiento y la unidad, ejemplificadas por parejas mixtas –catalán y español o viceversa– que desfilaban con sus respectivas banderas, pero junticos, de la mano. Algunos cargaban hasta cuatro banderas: la de la Unión Europea, la española, la catalana y la del corazón que reúne a las tres, y los carteles que dicen que “Todos somos Cataluña”. Aplausos, pitos, sonrisas, selfis bajo un cielo azul perfecto.

Pero había también un concurso tácito por demostrar lo españoles que eran: banderas con toros de lidia, vivas a la tortilla de patatas, camisetas de la selección de fútbol. Cantaban la canción de Manolo Escobar: “¡Que viva España!”, o gritaban “Yo soy español, español, español”. Y tenían más formas de decirlo al gritar: “¡Puigdemont a prisión!”, repartir carteles que equiparaban a los independentistas con los nazis, vitorear a la Guardia Civil y la Policía Nacional, y emocionarse y aplaudir cuando pasaban sus helicópteros, agradeciendo su protección, su sobrevuelo vigilante.

Estamos en un país que se dice independiente y otro que dice que no lo es, pero siguen compartiendo el mismo mapa. Dicen que son muy diferentes, pero debajo de las banderas que usan como capas atadas a la espalda, existen las mismas emociones que afloran y se expresan al vaivén de lo que sucede y lo que, especulan, podría suceder en las próximas semanas: ¿vendrá más represión de la Guardia Civil?; ¿se activará “la resistencia” de los llamados comités de defensa del referéndum?; ¿qué otras medidas tomarán el Estado español, las empresas, los turistas?

Esperan la reacción a esos acontecimientos y, sobre todo, a los eventos de una campaña política intensa y polarizada –¿cómo participarán los partidos independentistas?– que solo puede seguir explotando todos esos sentimientos. La disputa en esta crisis y en la próxima elección no es solo por el territorio nacional, sino también por el emocional.

Catalina Lobo-Guerrero es una periodista colombiana y vive en Barcelona.

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