Cataluña en el corazón

Hay un pueblo en el Oriente de España, amable, acostumbrado a vivir con civismo y responsabilidad. Un pueblo que odia la violencia, que ama la cultura, que siempre ha valorado su tradición sin considerarla una identidad que se afirme conflictivamente. Existe una Cataluña cuyos ciudadanos adquirieron una sobria estatura nacional, haciendo de su catalanismo una forma histórica de construir la España liberal e integradora, soñada por el regeneracionismo más abierto a los desafíos del siglo XX. Sabemos de una Cataluña que luchó por un sistema democrático para todos los españoles en los años de la dictadura franquista. Una Cataluña en la que no cabían ni el vetusto nacionalismo centralista ni la dormidera del separatismo con sus ridículas mitologías. Una Cataluña que impulsó la reconciliación participando en la redacción de la Constitución, votándola masivamente en un referéndum y organizando su autonomía con un apoyo abrumador al Estatuto de 1979. Una Cataluña que asumió todos los riesgos y compromisos de aquella adolescencia parlamentaria, cuando la democracia española no había logrado aún asentarse plenamente, y el terrorismo independentista mordía nuestra confianza en la vigencia de España como proyecto histórico.

Esa Cataluña existe. No puede haber desaparecido en tan breve tiempo, por arrollador que haya sido el desguace de los fundamentos de una convivencia ejemplar. Esa Cataluña existe en la nostalgia de sus mejores ciudadanos, que tantas veces se lamentan de lo que no quieren considerar una pérdida definitiva. Para esos sufridores de la impostura nacionalista, la verdadera Cataluña es la que se enorgullece de su lengua bellísima, de su experiencia histórica diversa, de su espléndida cultura, impulsada admirablemente por una comunidad llena de brío. Existe para esos ciudadanos que contemplan, aterrados, cómo Cataluña ha emprendido el camino que siempre rechazó y del que tanto se compadeció al verlo instalado en el País Vasco. Existe para quienes reprueban esa guerra fría que los nacionalistas quieren implantar, alzando un muro que separe a los catalanes en bloques compactos de identidades radicales. Porque el nacionalismo no se limita a enturbiar el ánimo de quienes militan en sus maliciosas ensoñaciones, sino que envenena también el alma de los forzados a elegir otra identidad igualmente parcial, exactamente reduccionista, penosamente diezmada.

Un buen amigo barcelonés, universitario, nada sospechoso de las lamentables épicas del independentismo ni de los estúpidos tinglados del localismo peninsular, que combatió por la libertad en las postrimerías del franquismo e inicios de la Transición desde el entonces influyente PSUC, me definía muy bien en qué situación se encuentran los demócratas de aquella tierra. Son víctimas de una expropiación de bienes culturales y serenidad cívica, de una mutilación de recuerdos y aprendizaje político, de un pillaje del patrimonio acumulado durante siglos. Sufren la retirada de aquella sociedad que nunca consideró posible ni deseable trazar una línea de segregación entre catalanes de mayor o menor pureza, de mejor o peor calidad. Porque el discurso nacionalista, vamos a dejarnos ya de tonterías, no empieza separando Cataluña de España, sino arrebatando la catalanidad a una parte de quienes son catalanes iguales, como se afirmó en la Transición, por vivir y trabajar allí, sin tener en cuenta su origen, ideario político o bolsillo. Ese era el lema del catalanismo integrador de una mayoría de ciudadanos en el momento más grandioso de la reciente historia de España. Esa es la condición de una democracia, garantizada por las leyes, canalizada en las instituciones representativas y, sobre todo, albergada en una inexpugnable conciencia cívica.

Cuando nos preguntamos cómo ha podido degradarse todo esto, volvemos los ojos a la infamia de la crisis económica, tan devastadora en sus síntomas culturales, y en su capacidad de erosionar nuestra oportunidad de vivir juntos, de habitar un espacio de valores compartidos, de sentirnos nación. Hay responsabilidades por doquier, no nos engañemos. La mayor se encuentra en los manejos imperdonables de un nacionalismo que ha utilizado las estructuras autonómicas para viajar al independentismo con inaudita deslealtad y vergonzoso abuso de su poder. Pero también la hay en otros lugares. Por ejemplo, en la agresividad de algunos discursos, más inspirados por la anticatalanidad que por el antiseparatismo, y que siempre se caracterizan por su abismal ignorancia y descarada osadía. Tertulianos incompetentes o liderzuelos provincianos, han dado fuerza al separatismo en la necia condición de separadores que bien definió Ortega. No saben estos individuos con qué entusiasmo se jalean sus indigentes análisis y su tono bronquista en los ambientes del separatismo. Sobre todo, ignoran el daño que hacen a los catalanes sensatos, a los demócratas convencidos, adversarios de todo extremismo del centro o la periferia. En el País Vasco, algunos sabemos mucho de estas groseras simplificaciones.

Para estos catalanes, para todos los españoles que queremos preservar la difícil convivencia presentida hace justamente cuarenta años, existen dos premisas que parecen haberse extraviado en los debates. La primera es que nuestra Constitución establece un marco de garantías legales que solo puede modificarse mediante los procedimientos en ella fijados. Pero esta palmaria realidad no es un argumento político a estas alturas de la confrontación. Hay que convencer de la existencia de un proyecto que merece ser vivido por todos en el seno de una misma nación. Hay que proporcionar la ilusión, las ganas de existir socialmente como españoles. Hay que nacionalizar España y superar la pobre condición casi exclusivamente administrativa de nuestra patria. No ha sido la norma jurídica lo que nos ha faltado, no ha sido un orden legal el que tanta gente ha echado de menos. Ha sido el sentimiento de pertenencia a una misma comunidad, la conciencia de compartir valores y tradiciones semejantes y ser semilla del mismo porvenir. Sobre este vacío se ha alzado un discurso de separación, sobre la pérdida de lo que, en nuestra larga historia juntos, habíamos llamado patriotismo.

La segunda premisa es que, contra la enloquecida convocatoria de un referéndum por la independencia, nuestra respuesta ha de ser la defensa de la democracia, no solo el imperio de la ley. Y esa defensa supone la impugnación del referéndum no solo porque conculca la legalidad, sino también porque destruye los fundamentos de la democracia tal y como ha sido posible, estos años, en Cataluña. Los independentistas argumentan tramposamente que su propuesta permite que el pueblo catalán se exprese con libertad. Lo que hace, por el contrario, es obligar a una mayoría de catalanes a participar en una votación que los divide verticalmente, que destruye sus formas de sociabilidad, sus parentescos ideológicos, sus afinidades políticas, sus lazos culturales y territoriales. Los catalanes no viven a diario en esa bipolaridad despiadada, ni querrían soportarla en el futuro. La lucha contra esa ruptura de la cohesión nos espolea hoy a muchos, catalanes o no, que sentimos con dolor el atropello de la democracia en Cataluña. Y que esa injuria se ejerza, como se ha hecho en los peores tramos de la historia de Occidente, en el nombre del pueblo.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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