Cataluña en la Europa de Macron

El auge de los nacionalismos en la Europa creada hace 60 años para eliminarlos es hoy una amenaza para el Continente. De Alemania a España, pasando por Francia, Reino Unido, Bélgica o Hungría, movimientos populistas identitarios expanden el veneno de nuevas divisiones y fronteras ante el espanto de todo el que ha leído un par de libros de historia. La UE es, sin embargo, el dique de contención contra los predicadores de la exclusión, el odio y la insolidaridad.

El peligro actual se llama Cataluña, pero Europa ha aplicado a los independentistas un escarmiento. En contra de lo que prometieron a sus seguidores —el “encaje jurídico” de la República catalana en Europa—, la UE les ha recordado que está para suprimir líneas fronterizas, no para crear otras. Para unir, no para separar.

Unida en la diversidad, como se define, Europa fomenta la unión de Estados y ciudadanos con culturas y lenguas diferentes, pero no de pueblos con irredentas identidades. Y menos de los que buscan redefinirse sobre el odio al vecino, una práctica inherente al nacionalismo, siempre necesitado de un enemigo.

A quienes anunciaron un nuevo socio de la UE al nordeste de España, los 28 Estados del club les respondieron que en esta Europa no cabe la Cataluña del expresidente Carles Puigdemont. Solo los indignos xenófobos ultraderechistas le han avalado. Como el mezquino Nigel Farage, apóstol del Brexit que exige su pensión vitalicia a Bruselas.

Por eso, los mismos tramposos que se apoyaron en Europa para vender una imposible independencia se han transformado en los mayores difamadores de la UE, ese club de “países decadentes, obsoletos”, en palabras de Puigdemont, que huyó al corazón de Europa pero no le recibe un solo dirigente europeo.

Su exdiputado Lluís Llach, prestigioso cantautor convertido en látigo barato al servicio de la frustrada república, llama “cerdos” a los máximos dirigentes de la UE. La exdiputada Pilar Rahola asegura que “la UE es una mierda”. Y decenas de airados independentistas insultan a Jean-Claude Juncker en Twitter cuando difunde su pésame por la muerte reciente del europeísta Manuel Marín.

Hay algo positivo en esta lamentable historia. Muchos españoles que se habían percatado con retraso de que es incompatible ser nacionalista y de izquierdas han aprendido ahora que tampoco se puede ser nacionalista y europeísta. Nunca es tarde.

El escarmiento a los secesionistas catalanes ha tenido en el Brexit un brutal precedente. La xenofobia y la búsqueda de una soberanía supuestamente perdida han llevado a los británicos a un callejón en el que llevan todas las de perder.

Theresa May es vista por muchos españoles como la versión británica de Artur Mas, el listo estratega catalán que ha llevado a su hegemónico partido a la insignificancia, y a su país, al abismo. Ahora es el desacreditado Puigdemont quien sigue la errática senda británica y, enfurecido con Bruselas, habla de un referéndum para que los catalanes decidan si quieren salirse de la UE. Un salto mortal sin red.

La enfermedad infecta también a Francia y Alemania, donde la medicina más eficaz ha sido una respuesta de europeísmo. En mayo, los partidos apoyaron al candidato más europeísta, Emmanuel Macron, para cerrar el paso al desbocado nacionalismo de Le Pen. El presidente de Francia —donde el nacionalismo corso acaba de reforzarse mientras permanecen en letargo el bretón, el vasco, el catalán o el alsaciano— fue el primero en movilizar a Europa contra el tsunami secesionista catalán. Y no es un jefe de Estado más, sino el mandatario de mayor peso en Europa, el líder que ha convencido a Berlín para que asuma buena parte de su ambicioso plan para el futuro de la UE.

Es en Alemania donde también se libra estos días una batalla contra el nacionalismo populista de la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD). Impedir que se refuerce con una repetición de elecciones anima a la canciller Angela Merkel y al socialista Martin Schulz a encontrar un pacto de gobernabilidad. Una fórmula, de nuevo, la más europeísta posible en Alemania.

Las oleadas de independencias de países han llegado después de caídas de imperios y de guerras. Si la crisis económica y el Brexit hubieran dinamitado el imperio de la UE, el dique antinacionalista habría desaparecido. ¿Cuántos Estados acabaría habiendo en Europa en tal caso? Juncker cree que un centenar “de paisitos”. Más de 70, según Guy Verhofstadt, exprimer ministro belga. Se admiten apuestas.

Carlos Yárnoz

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