Cataluña: Los diez próximos años

Para aliviar la ansiedad, empecemos por el final: con toda probabilidad Cataluña seguirá siendo parte de España dentro de 10 años y disfrutando, como el resto de los españoles, de la etapa de prosperidad cíclica de largo plazo que se avecina. ¿Por qué estar tan seguros? Porque terminará imponiéndose la lógica que ya se ha visto en acción en dos "referéndum" recientes: en 2015, los griegos votaron que No pero en la práctica fue como si hubieran votado que ; en 2016 los británicos votaron un al Brexit pero todo anuncia que terminará siendo un "NO-exit". En Cataluña va a suceder lo mismo tras el de ese gran express-yourself que fue el día 1 de octubre. Lo malo es que en este último caso hay un fatum histórico, un atractor extraño, que puede terminar (¡ojalá no!) en otra Semana Trágica de Barcelona. Aunque sin llegar a extremos de guerra civil: no hay guerras civiles en los países ricos.

Y es que en Cataluña se superponen ahora mismo dos procesos revolucionarios en marcha. Uno de ellos es de carácter independentista y el otro de carácter colectivista o comunista. Comparten un objetivo de corto plazo que es la independencia pero más adelante optarán por caminos diferentes y terminarán enfrentados. Si es que ambos no pierden antes su energía. Es curiosa la cabalística de que coincidan en Cataluña en octubre de 2017 los mismos dos movimientos que confluyeron en Rusia en octubre de 1917. La comparación es demasiado tentadora como para rechazarla.

De ahí que muchas empresas catalanas hayan decidido "votar con los pies". La huelga general del día 3 de octubre terminó de decidirlas a trasladar su sede social fuera de Cataluña (por si la inmediata eventual declaración de independencia no hubiera sido suficiente). Y esa decisión permite pensar que la racionalidad económica, como en Grecia y en Reino Unido, terminará por imponerse a las opciones políticas.

La batalla de la propaganda

Al Presidente del gobierno autonómico de Cataluña le gusta comparar la "democracia de Rajoy" con la Turquía de Erdogan. Esto no es nuevo dentro del catalanismo radical pues ya hace 150 años Prat de la Riba (que "gobernaba de forma autocrática la Lliga regionalista", según Raymond Carr) hizo una comparación semejante: para él la "opresión de Cataluña por el estado español" era igual a la que los turcos ejercían sobre Grecia. Con ese leitmotiv han ganado la batalla de la comunicación al gobierno central. Un enfoque que Francesc Cambó describió como cosa de "poetas exagerando las exageraciones de los historiadores".

Pero ganar la batalla de la propaganda no equivale a ganar la guerra. La II República Española se la ganó por goleada al bando de Franco pero es sabido cómo acabó todo. Igualmente, Israel tiene perdida esa batalla pero, hasta ahora, se ha impuesto militarmente (Biafra le ganó la propaganda a Nigeria pero, tras enormes sufrimientos, no consiguió la independencia; en cambio Bangladesh ganó ambas frente a Pakistán: desde George Harrison y Bob Dylan para abajo no hubo un solo artista que no estuviera de su parte).

Durante los 10 próximos años será prácticamente imposible que el Gobierno central consiga revertir esa situación y lo más probable es que el relato independentista siga saliendo victorioso tanto dentro como fuera. De hecho, ya ha impuesto su lenguaje al resto de España y, así, los medios de comunicación nacionales contraponen "el gobierno de España y el Gobierno de Cataluña" (como si Cataluña ya no formara parte de España); e incorporan a su lenguaje el "derecho a decidir", la "desconexión"; el "prusés"; etc.

El relato económico, el euro y el Ecuador

En el relato económico anti-independentista suele afirmarse que Cataluña fuera de España no sería viable. Eso es pura retórica. Sería viable y además, con el tiempo y las heridas cicatrizadas, volvería a la Unión Europea. Pero después de haber encajado durante diez o quince años unos costes muy elevados que le vendrían por una triple vía: 1) la fuga de capitales y de empresas que trasladarían su sede social a otros lugares de España o del resto de Europa para poder así acceder sin trabas al mercado europeo de 510 millones de almas; 2) la carencia de una moneda propia en el mejor de los casos (o el nacimiento de una moneda catalana en el peor) y 3) un fuerte aumento del desempleo y una gran bajada de los salarios (para compensar la pérdida del acceso directo a su mercado principal).

Al salir de la Unión Europea el eventual nuevo país saldría también de la zona euro. Por ello los grandes bancos (Caixabank y Sabadell) ya han trasladado su sede fuera de Cataluña, para poder seguir conectados al Eurosistema de bancos centrales y para que sus productos financieros puedan conservar el pasaporte europeo (para poder seguir distribuyendo fácilmente sus fondos de inversión en sus oficinas del resto de España y de Europa).

En ese caso, la nueva república tendría dos opciones: seguir utilizando el euro como moneda (con o sin la anuencia de los países de la Eurozona) o crear una moneda propia. Seguir utilizando el euro haría el tránsito menos traumático pero dejaría la política monetaria catalana en manos de un agente extranjero: el Banco Central Europeo. Sería una situación comparable a la del Ecuador que carece de moneda propia y al utilizar el dólar se mete en una paradoja irresoluble: que a un Gobierno nacionalista como el ecuatoriano le dicte la política monetaria la Reserva Federal de EEUU. Con el inconveniente de no poder influir sobre ella en lo más mínimo. Una situación de ese tipo dejaría a Cataluña completamente desarmada en el caso de crisis económica generalizada y también en el caso de una fuga de capitales ya que su oferta monetaria se reduciría drásticamente, provocando cada vez una depresión económica.

De ahí que a la eventual Cataluña independiente le pudiera convenir crear una nueva moneda para lo que un recién creado banco central necesitaría reservas de oro y divisas de las que en el momento de su constitución carecería. En una ruptura negociada podría reclamar una parte de las del Banco de España pero, si la ruptura no hubiera sido amistosa, tendría que partir de cero, algo que solo se podría aliviar de dos maneras: o aceptando préstamos de un consorcio de bancos internacionales a cambio de la titulización de sus ingresos fiscales futuros (algo así como lo que Goldman Sachs hizo con Grecia, ¡otra vez Grecia!, de manera semi-clandestina) o expropiando una parte de los depósitos bancarios de los catalanes. Esa expropiación parcial trataría de ser lo más indolora posible. Por ejemplo, canjeando los depósitos en euros por cantidades iguales de una nueva moneda que sería devaluada un 40% de manera inmediata. Es una forma muy conocida de expropiar que ya utilizó Roosevelt en EEUU en 1934 cuando obligó a canjear el oro de los particulares por dólares para, acto seguido, devaluar el dólar en un 70%. Después vendrían nuevas devaluaciones que reducirían tanto el patrimonio de los catalanes expresado en divisas como el poder adquisitivo de los asalariados frente al exterior.

Los próximos diez años

Todo ello en un contexto de 10 años en que el euro estará muy fuerte frente al dólar por lo que si el nuevo estado hubiera mantenido el euro como moneda, tendría que impulsar rebajas salariales para mantener la competitividad de sus productos fuera de la zona euro.

La independencia unilateral sería un salto en el vacío en el corto y medio corto plazo, aunque dentro de muchos años todo pudiera volver a sonreír. ¿Están los seguidores de los líderes independentistas en Cataluña decididos a sacrificar los 15 años de prosperidad cíclica que se avecinan?

Hace justo cuatro años, con el proceso independentista ya en marcha, fui invitado por la Federación de Municipios Catalanes a dar una conferencia en un anfiteatro de la Universidad Pompeu Fabra. Los 250 asistentes inscritos eran sindicalistas y jefes de recursos humanos próximos al PSC y a ERC. Preguntado por mi opinión sobre lo que estaba ocurriendo, respondí: "el día antes de la independencia iréis todos corriendo a Zaragoza a abrir una cuenta corriente a la que transferir vuestros ahorros". Desde la parte superior alguien gritó: "¡A Zaragoza o a Castellón!" tras de lo que estalló una carcajada general y un gran aplauso. Pues bien, esa fuga de depósitos ya está en marcha y ha forzado la salida de los dos grandes bancos de Cataluña, pues todo el mundo, independentista o no, quiere salvaguardar su ahorro en euros sin someterlo a las vicisitudes de la independencia. Si llegara a nacer ese nuevo estado, sería ya tarde para aplicar el control de cambios y se encontraría una Cataluña descapitalizada.

En fin, dentro de la cautela que impone el hecho de que no se produzcan secesiones y nacimientos de nuevos países con frecuencia y, por tanto, de la escasez de casos en que apoyar el razonamiento, hay, por reducción al absurdo, y por los ejemplos de Grecia y Reino Unido, una conclusión muy clara para los próximos 10 años: Cataluña seguirá dentro de España en 2028 y disfrutando, como el resto del país, de la etapa de prosperidad mundial que la alternancia de ciclos económicos de largo plazo está anunciando ya. Con o sin recesión previa en los EEUU.

Aunque antes haya que salir de un callejón sin salida que evoca esos episodios históricos en que lo sublime y lo ridículo, la épica y la comedia de enredo se dan la mano. Así fue el final de la sublevación carlista catalana, cuando el pretendiente a la corona de España, Conde de Montemolín, desembarcó con el general Ortega en San Carlos de la Rápita en 1860. Cuando el general, a caballo, arengaba a sus tropas, el caballo se desbocó y escapó sin control con el general a cuestas. Un fracaso que, junto con los devaneos de Montemolín con Miss Horsey (Paulina, "la Dalila que acabó con el carlismo", según sus partidarios) dio el descabello a aquél "prusés". Ahora, conteniendo la respiración, todo el mundo observa otro caballo que ya va desbocado, con su general a cuestas.

Juan Ignacio Crespo es asesor de fondos de inversión y autor del libro Cómo acabar de una vez por todas con los mercados.

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