Cataluña nacionalista, un régimen inhabitable

El día 11 de septiembre es, en Cataluña, una jornada feriada. En esta fecha se conmemora la denominada Diada, que corresponde a la principal festividad de esta comunidad autónoma. Desde 1980 constituye un punto señalado en rojo en el calendario laboral. Cierto es que sucesos más o menos recientes han coincidido en el título de 11-S con esta celebración, ya sea la caída de Salvador Allende en Chile, en 1973, ya sean, en especial, los atentados de Nueva York en 2001. En cualquier caso, el 11 de septiembre por excelencia de los catalanes es el de 1714, cuando la ciudad de Barcelona cayó ante las tropas borbónicas en la Guerra de Sucesión. Lo recordaba en 2015 el entonces presidente de la Generalitat, Artur Mas, en su visita al 9/11 Memorial de Nueva York: "En Cataluña también tenemos nuestro 11 de septiembre", que tuvo lugar cuando «hace 300 años padecimos la aniquilación de nuestras libertades, de nuestro derecho, de nuestras instituciones e incluso de nuestra lengua».

Cataluña nacionalista, un régimen inhabitableEl nacionalismo es un deporte de combate y resulta esencialmente mentiroso. La aparente derrota de 1714 se interpreta, en el relato nacional-nacionalista catalán, con una marcada y punzante obsesión por el pasado, como el principio del fin de la nación, el Estado y las libertades democráticas de Cataluña. Desde un punto de vista estrictamente histórico, sin embargo, ni Cataluña es una antigua nación, ni fue un Estado -Cataluña formaba parte de una agrupación política mayor, la Corona de Aragón-, ni un modelo de democracia en el siglo XVII e inicios de la centuria siguiente. Tampoco la Guerra de Sucesión fue una guerra contra Cataluña. En Notas para unas memorias que nunca escribiré (2021), afirma Juan Marsé: "Cataluña es un país que añora un pasado propio que no existió nunca". Añoranza y obsesión que explican un uso y un abuso enfermizos de la historia y la simbología supuestamente histórica. Ya en 1938 aseguraba Gaziel que las obras que sustentaban este relato, a pesar de basarse en hechos reales, no contaban la verdadera historia de Cataluña, sino la historia del sueño de Cataluña. Los nacionalistas otorgan una gran importancia a este elemento, generador de identidad y sustentador de intereses políticos. El relato nacional-nacionalista es, hoy, hegemónico en Cataluña.

En el caso del 11 de septiembre de 1714, la derrota es invocada como base de una futura victoria. La Diada resulta inseparable, en este sentido, de la evolución del nacionalismo catalán. En el calendario de la patria que fue elaborado desde finales del siglo XIX como uno de los elementos definitorios -al mismo tiempo que afirmadores- de la nueva entidad en construcción, la fecha del 11-S adquirió rápidamente un lugar destacado. Aquel lejano día de principios del siglo XVIII, según la versión de los nacionalistas, Felipe V habría terminado con un Estado y una nación y forzado el inicio de una larga época de decadencia. La nación revivió en el siglo XIX, con la Renaixença en lo cultural y con el catalanismo y el nacionalismo en lo político. El Estado propio se convirtió, en cambio, en los siglos XX y XXI, hasta hoy, en una deseada e irrenunciable aspiración. A cada nación, un Estado, apuntaba Enric Prat de la Riba en La nacionalitat catalana (1906), su obra teórica fundamental. La nación abre las puertas del Estado: estamos ante una cuestión política firmemente anclada en la historia.

Antes del siglo XX no existía ninguna nación, en el sentido político contemporáneo, llamada Cataluña. Fueron los nacionalistas los que, a partir de finales de la década de 1890, se lanzaron al proyecto de construir una nación y de nacionalizar a los catalanes, proceso que se hizo contra la nación española. Los seguidores de este nacionalismo emergente fueron los que decidieron convertir el 11 de septiembre, no sin algunas reticencias, en fiesta de la patria recobrada. No se trata, como se ha sostenido a veces por parte de la historiografía de tinte catalanista, de un producto de la voluntad popular, una suerte de plebiscito anímico, a espaldas del poder político, sino de una construcción voluntaria y consciente.

La Diada tiene, en este sentido, una historia que empieza en 1886, cuando varios jóvenes catalanistas radicales, miembros del Centre Català, una entidad presidida por Valentí Almirall, organizaron un funeral en Santa María del Mar dedicado a los que murieron "en defensa de las libertades catalanas destruidas por Felipe V con la toma de Barcelona". Entre ese año y 1901 se perfiló lenta y discontinuamente la conmemoración. A partir de entonces, el ritual iba a repetirse con pocas variaciones -si dejamos a un lado las etapas de dictadura- hasta la actualidad. Cierto es que desde 2012, a raíz del intenso desarrollo de las posiciones soberanistas e independentistas en Cataluña -el famoso procés de marras-, la festividad ha adquirido un fortísimo tono reivindicativo y sectario. Francesc de Carreras afirmaba en 2019 en referencia a la Diada: "Hasta 2012 la celebración fue institucional; desde entonces ha sido parcial y reivindicativa de la independencia. Siempre se ha basado en la mentira". La expulsión de los catalanes no nacionalistas de la Diada, la principal festividad en Cataluña, constituye un buen ejemplo del exclusivismo procesistay del estado de fractura social.

La buena salud del 11-S en los últimos tiempos es evidente, aunque cada vez menos como fiesta de todos los catalanes y cada vez más como festividad de los catalanes nacionalistas, que se arrogan la exclusiva de catalanes y el derecho de hablar en nombre de Cataluña. Desde hace años, partidos y asociaciones no independentistas organizan actos paralelos. Se han hecho, asimismo, Algunas propuestas para trasladar la fiesta a otra fecha. En varias ocasiones a partir de 2007, Ciudadanos ha sugerido sin éxito convertir el día de Sant Jordi en fiesta principal de Cataluña, en detrimento del 11 de septiembre. Parece que en 2021 el 11-S no va a tener el seguimiento de años anteriores, por mucho que se hayan esforzado el (des)Gobierno de la Generalitat, la sectaria TV3, los medios de comunicación bien engrasados, los cansinos ex presos indultados y la patética presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie. Constituye un perfecto reflejo del estado del proceso independentista, que se asemeja a un globo. Ahora está algo deshinchado, pero existe. En algún momento y de alguna manera -que ahora desconocemos- puede volver a rellenarse de energías y odios.

Sostiene Sergio del Molino, en su excelente ensayo Contra la España vacía (2021), que un país sin mitos no existe, pero, en cambio, "un país obsesionado con su mitología es una dictadura inhabitable". Encajan a la perfección estas palabras con el caso de una Cataluña enferma de una historia mítica que nunca existió, inmersa en el victimismo y en la insolidaridad, y con una simbología omnipresente. A todos los viejos mitos, como el de la nación o el del 11 de septiembre, se les han sumado otros recientemente: España nos roba y no nos deja votar, los mal llamados "presos políticos", la intrínseca modernidad y superioridad catalana. El último que han inventado es el de los "miles de represaliados". También las banderas de todo tipo, los lazos amarillos, las performances nacionalistas -incluso continúa la concentración diaria en la barcelonesa Meridiana-, los himnos de segadores y las canciones protestatarias o, entre otros, la lengua sagrada como vector de la patria contribuyen al ahogamiento ciudadano. El constante martilleo de las instituciones, de los políticos que viven del procés, de la escuela adoctrinadora y de los medios al servicio del nacionalismo agrava la situación. Desean que evolucionemos en una sociedad totalmente nacionalizada, por definición invivible y atentatoria contra la libertad y la democracia. Quizá el término dictadura no resulte el más preciso y pueda dar lugar a confusiones. Formulémoslo de otra manera: la Cataluña nacionalista (ahora postprocesista) sigue siendo, a principios de la tercera década del siglo XXI, unos días más y otros un poco menos, un régimen inhabitable.

Jordi Canal es historiador. Acaba de publicar 25 de julio de 1992: La vuelta al mundo de España (Taurus).

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