Cataluña no es la que era

En el descanso de una pieza en Broadway me encontré con uno de los catalanes más ilustres en Nueva York, no diré su nombre, pues persona de buen gusto huye de la popularidad. Baste decir que ha ocupado cargos importantes en esta ciudad, donde se ha quedado al jubilarse, ya que aquí están sus hijos y nietos. Tras los saludos de rigor, saltó de inmediato la situación en Cataluña y nunca le vi tan horrorizado. No era, sin embargo, lo ocurrido en el Govern y Parlament lo que le asustaba, sino un hecho colateral, aunque para él principalísimo: «¡Están dispuestos a aliarse otra vez con la CUP», me dijo alzando la voz por encima de lo que acostumbra. «¿Te das cuenta, José María, de lo que eso significa?». Claro que me doy cuenta, pero yo poco puedo hacer. Son los catalanes quienes tienen que hacerlo. Y no lo hacen. Pero era tal su desespero que no me atreví a decírselo. En efecto, de todos los errores cometidos por el nacionalismo catalán, el mayor ha sido ponerse en manos de los antisistema que, de alcanzar el poder, va a colgar a esa burguesía culta y próspera que convirtió el nacionalismo en secesionismo y el secesionismo en salto al vacío de una «república catalana» que ha dado con sus líderes en la cárcel, el exilio o, lo que es peor, el ridículo, al mostrar al mundo su incapacidad para la política, «arte de lo posible», que ellos convierten en «arte de lo imposible», estrellándose contra la realidad, como ocurrió en las dos repúblicas y, ahora, en plena democracia.

Cataluña no es la que era«Catalanizar España» era el titular del artículo a toda página que publiqué en ABC el 3 de febrero de 1978. En él sostenía que el resto de España debería adoptar las que llamaba «virtudes catalanas»: el respeto a la intimidad ajena, el espíritu de cooperación, el acato de la ley, la laboriosidad, la buena gestión, la templanza, el afán de modernidad junto al apego a la tradición. «Algo, añadía, que España necesita hoy más que nunca para levantar una auténtica democracia». Algo que no encuentro hoy en una Cataluña barrida por el huracán nacionalista, cuando el nacionalismo, junto al populismo, es la mayor amenaza para la paz y convivencia no ya en España, sino en Europa y el mundo. Un nacionalismo, además, de la peor especie, pues aparte de anacrónico, tiene tintes autoritarios y xenófobos, que le ha llevado a estrellarse, aliado a los extremistas de izquierda y derecha, y choca con lo más preciado del espíritu catalán: el «parlem». Las imágenes que nos ha dejado el procés son justo lo contrario. Así le ha ido. No me refiero a la triste condición en que se encuentra su clase política, sino a Cataluña en general, que pierde terreno respecto al resto de España e incluso ha iniciado un declive que, de persistir, la reducirá a parque temático, siempre que los de la CUP no asusten el turismo tras ahuyentar las empresas. Pues otros dos catalanes me han dicho algo tanto o más grave: tras montar una empresa, se encuentran con que sus hijos no quieren continuar al frente, «prefieren ser funcionarios de la Generalitat». O sea, se está perdiendo el espíritu empresarial. Mientras crece en el resto de España, a la fuerza ahorcan. Es el resultado de un lavado de cerebro de cuatro décadas, de la conversión de la convivencia en odio, de la tergiversación total de la Historia a la que han contribuido no ya políticos, sino historiadores, lo que resulta bochornoso. Porque al tiempo que se retrazan fronteras, se da la vuelta a los momentos claves de la Historia de Cataluña.

Dejemos lo de formar parte del Reino de Aragón para concentrarnos en 1714, cuando Felipe V promulga los Decretos de Nueva Planta que unifican fiscal y territorialmente su reino. Los catalanes se sublevan y son derrotados el 11 de septiembre, consagrado como fecha de la Diada, y del «España nos roba». Olvidando que se les abren las puertas al resto de España, donde desarrollar su genio comercial. La otra fecha es 1778, cuando Carlos III autoriza el comercio directo con las Indias. «Cataluña fue la que mejor supo aprovecharlo, poniéndose a la cabeza del desarrollo industrial español», escribe Ferran Soldevila. Los números lo avalan, con una Barcelona que pasa de 35.000 a 110.000 habitantes en el siglo XVIII y continuará a lo largo del XIX y XX, defendida por unos altos aranceles que dificultan la entrada de productos extranjeros. Que el primer ferrocarril en España fuera entre Barcelona y Mataró (1848) lo confirma. Como la primera autopista (Barcelona-La Junquera) y la primera gran fábrica de automóviles (Seat), pues el franquismo siguió siendo generoso con Cataluña, siempre que no volviera a sus devaneos separatistas. Ello trajo una riada de gente de las regiones menos desarrolladas (Andalucía, Extremadura, Galicia) hacia Cataluña, multiplicando su potencial.

Nada de eso se dice en el relato nacionalista, sino todo lo contrario, con evidente desprecio de la verdad. Y nada reconozco en la Cataluña de hoy de la que conocí en mi juventud. La Cataluña que hacía de la necesidad virtud, la abierta a todas las corrientes humanas y de pensamiento, la Cataluña de «Laye», donde nos enterábamos de las novedades culturales más allá de las fronteras, la de los seminarios del SEU en que se discutía de lo divino y humano, la de los experimentos teatrales del TEU, la de la huelga de los tranvías, de la visita de la VI Flota de EE.UU., la del Paralelo de las revistas musicales y la del cine de cortos en la Avenida de la Luz. ¿Cuál es la verdadera Cataluña, ésta o aquélla? Pues poco o nada percibo de las virtudes catalanas que apuntaba en mi artículo de hace 40 años en la Cataluña de nuestros días, obsesionada, posesa, raptada por el vendaval nacionalista. Tal es mi confusión que incluso se me ocurre una idea peregrina: que en vez de «catalanizar España», lo que ha ocurrido es la «españolización de Cataluña», pero de la peor España, la cainita, soberbia, testaruda, pueblerina, que vive de sueños más que de realidades y mira al pasado más que al presente y futuro. Una España que creíamos haber dejado atrás con la Guerra Civil (o guerras, pues España vivió en guerra consigo misma durante todo el siglo XIX y buena parte del XX), y decidimos empezar a ser personas mayores y democráticas. «La historia parece manejada por un geniecillo irónico», sentenció Hegel. Ningún ejemplo mejor que éste. Los catalanes, célebres por el seny, se hallan en plena rauxa, mientras el resto de España ha dado un gran salto adelante. Lo malo es que no hay forma de convencerlos: no atienden a razones, como a los españoles «de pura cepa». Tendrá que ser la realidad la que les enseñe que «lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible», como decía el torero. Se necesitará tiempo, como siempre que mandan los sentimientos. La soledad de la cárcel o del exilio ayuda a recobrar el sentido común. Ojalá los catalanes, excepto aquellos movidos por ambiciones personales, se den cuenta de que no les ha ido tan mal en España. De que lo que a ellos les va es el comercio, la empresa, la producción, no la política, regida por otras normas y necesitada de otras cualidades. Pero eso no lo sabremos hasta que el vendaval nacionalista deje de soplar en Cataluña. De lo que sólo hay indicios.

José María Carrascal, periodista.

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