Cataluña, vuelta al origen

Cataluña tiene la obligación histórica de volver a su esencia y a los valores que la convirtieron en un referente cultural, empresarial y social en la vanguardia europea durante el siglo XIX y gran parte del XX. Este año se celebra el 115º aniversario de la inauguración del Observatorio Fabra en Barcelona. En 1904 el Rey Alfonso XIII recogió a Dolores Puig y Cerdá, marquesa viuda de Alella, en su casa-palacio con un landó descubierto y tirado por caballos para acudir a la inauguración del Observatorio. Camilo Fabra y Fontanills, marqués de Alella, hizo realidad este proyecto científico en 1902, y en la actualidad sigue siendo un referente científico en la astronomía, meteorología y sismología en Europa. Sus hijos Fernando y Román Fabra, éste último, marqués de Masnou, donaron el telescopio e impulsaron el Observatorio fundado por su padre. En su haber cuenta con importantes descubrimientos, entre los que destacan doce planetas y dos cometas. Es el cuarto observatorio en funcionamiento más antiguo del mundo (hoy propiedad de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona).

El marqués de Alella se convirtió en uno de los personajes más destacados de la vida cultural española como presidente de la Sociedad del Gran Teatro del Liceo (adquirió el primer palco del proscenio) y del Liceo Filarmónico Dramático de S. M. La Reina Isabel II (actual Conservatorio del Liceo). Siempre consideró determinante para la formación humana el valor de la belleza de la música. «La Pasión según San Mateo» de Bach o «El Mesías» de Händel nos permiten adentrarnos en la dimensión espiritual e histórica de Occidente. También fue presidente de la Sociedad de Fomento de Cría Caballar de Cataluña y se constituyó un Premio con su nombre en el hipódromo de Barcelona. Además fue autor de la obra «Deberes de buena sociedad» (1883), que se convirtió en el libro de protocolo social más importante de finales del siglo XIX.

Cataluña, vuelta al origen

En el ámbito empresarial el marqués de Alella fue presidente de Sucesores de Fabra y Portabella, que se fusionó con Coats en 1903, y desde su origen se convirtió en una de las multinacionales del sector textil más importantes del mundo (con más de cuatro mil empleados a mediados de siglo). Sus hijos Fernando y Román Fabra siguieron liderando su proyecto empresarial. Fueron pioneros en España en la instauración de las «casas-cuna» (hoy guarderías) en 1909 y con vacaciones retribuidas de quince días en los años veinte; estableció jornadas de trabajo de cincuenta horas cuando lo normal eran sesenta y cinco en 1913, pensiones en los años veinte y un montepío para el enfermo y la viuda en los años treinta, siempre fomentando las actividades deportivas y culturales para los empleados, como el teatro. En definitiva, siguiendo la estela de la Encíclica «Rerum Novarum» del Papa León XIII. También fueron pioneros en lo que hoy se conoce como Buen Gobierno Corporativo, como recoge el libro «Fabra&Coats 1903-2003». En reconocimiento a estas iniciativas el Ayuntamiento de Barcelona les dedicó un paseo, calles y la parada de metro «Fabra i Puig».

Fue socio de referencia en diversos sectores empresariales como el bancario (siguiendo la tradición familiar), seguros y el del ferrocarril. Compatibilizó su actividad empresarial con la política y fue alcalde de Barcelona (como su hijo Fernando años después), diputado a Cortes, senador por Barcelona y senador vitalicio (como varios primos). Su pasión por Barcelona le llevó a legar ciento cinco cuadros de su colección particular a la Ciudad Condal, entre los que se encontraban los pintores más relevantes del momento como Benlliure, Lucas Villamil, Madrazo y Miralles. El legado moral de este prócer es la coronación de una vida ejemplar dedicada al bien común, siempre con lealtad a España y a La Corona. Evaristo Escalera afirmaba de él en un poema de su obra «Los constitucionalistas en ambas cámaras» (1878): «Cataluña tiene en él / un leal representante, / de sus progresos amantes, / a sus tradiciones fiel. / Odiando todo oropel, / juzga que la libertad / practicada con verdad / y sin que al orden ofenda / es la más segura senda / de ir a la prosperidad». Sabia reflexión inveterada para el año 2019.

Es un ejemplo más de los muchos catalanes que impulsaron y lideraron el desarrollo socioeconómico y cultural de España. Entender España y Cataluña como un dilema es el resultado de un desconocimiento de la Antropología y de la Historia; la realidad es que se han complementado y enriquecido mutuamente a lo largo de la historia, al igual que lo han hecho todas las regiones de España en un proyecto común. La Universidad juega un papel esencial de formación en estas disciplinas. Como decía el Papa Benedicto XVI en su Discurso de la Universidad de La Sapienza «…el verdadero e íntimo origen de la Universidad está en el afán de conocimiento, que es propio del hombre. Quiere saber qué es todo lo que le rodea. Quiere la Verdad». La unidad, como concepto quintasiano, conlleva siempre agradecimiento, confianza, generosidad, justicia, respeto a la diversidad, veracidad, y participación conjunta en ideales relevantes. No es una mera suma, es una integración que produce transformación en todos los ámbitos. Lo que de verdad une al hombre es compartir un ideal común, entendido como concepto motriz. El ideal verdadero de la vida del hombre es crear formas relevantes de unidad.

Los auténticos valores en Cataluña se han basado históricamente en la búsqueda permanente del ideal de la excelencia en la empresa, en la educación con el cultivo de la belleza (en sus diferentes manifestaciones como, por ejemplo, la arquitectura, la pintura y la música en Barcelona) y en la vida del espíritu a través del Humanismo y de la Ciencia. El Real Colegio de España en Bolonia ha sido siempre el máximo exponente de estos nobles ideales en el extranjero. Sólo el poder transfigurador de estos valores permitirá a Cataluña superar la actual etapa de decadencia.

Guillermo Velasco Fabra es académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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