Cataluña y el resto de España: dos percepciones

Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PÁIS, 25/10/07):

1. Declaración de principios. Aunque no se crea, la Cataluña de los años sesenta, setenta y primeros de los ochenta fue para mí, y para muchos cientos de miles de españoles, guía en libertades, democracia, cultura modernidad, europeísmo… incluso en el fútbol con el Barça. Cuando, en la lucha contra la dictadura franquista, gritábamos en las calles, en las manifestaciones, en los recitales, en las asambleas de la Facultad, aquello de «libertad, amnistía, Estatuto de autonomía», pensábamos en España, en el País Vasco y en Cataluña. Las razones por las que esa vanguardia que representó Cataluña para muchos antifranquistas se haya diluido, son discutibles y pueden discutirse, pero lo cierto es que ha ocurrido. Y muchos, más de lo que Cataluña cree, lo lamentamos profundamente.

2. Petición. No me cabe la menor duda de que perviven aquellos catalanes que nos conquistaban por su vocación por las libertades, por la democracia, por la igualdad, por la ampliación y la extensión de la cultura universal, por la modernidad progresista, creativa e imaginativa, por su europeísmo… Y no será menos cierto que junto a ellos se habrán formado otras generaciones alejadas del aldeanismo y continuadores de ese pensamiento progresista y contagioso para millones de hombres y mujeres que veíamos en ellos la vanguardia de lo que seríamos y de lo que serían nuestros territorios y España.

A todos ellos les formulo las siguientes preguntas: ¿por qué quienes les admirábamos tanto, les seguíamos, les envidiábamos por todas esas virtudes, hemos dejado de admirarles, de seguirles, de envidiarles? ¿Culpa nuestra? ¿No les gustaría volver a aparecer como la vanguardia cultural, la antorcha de las libertades, de la democracia, de la modernidad? ¿No les gustaría que volviéramos a enamorarnos, a envidiarles, a sentirles próximos, cercanos y admirables? ¿Por qué no abandonan ese sentimiento de agravio y se ponen a tirar de España, abandonando nacionalismos arcaicos y que podamos, desde el resto de España, reconocerlos como los catalanes, con los que tanto nos identificábamos, en la dictadura, los que amábamos y seguimos amando la libertad, la democracia, la igualdad, la modernidad, la imaginación?

3. Percepciones. Después de este verano, es innegable que los ciudadanos catalanes han visto incrementada su percepción de que Cataluña padece un déficit en infraestructuras y servicios. Esa percepción de falta de inversiones estatales, unida a la sensación de que los catalanes pagan más impuestos que el resto de los españoles, provoca un sentimiento de agravio, cuya máxima expresión la formuló Carod-Rovira cuando exclamó: «A Cataluña le iría mejor fuera de España».

Es muy difícil luchar contra las percepciones y es imposible enfrentarse a los sentimientos que generan. Si un colectivo percibe algo y eso le provoca sentimientos, el tiempo acaba convirtiendo en cierto lo que el imaginario colectivo ha ido fraguando con el paso de los años. Ignorar que los catalanes perciben y sienten así es equivocarse. Ellos perciben que el maltrato estatal es real y sienten que los poderes centrales no hacen todo lo que deberían para evitarlo.

Por contra, el resto de los españoles percibimos la realidad de forma bien diferente. Durante 29 años de democracia, millones de españoles han tenido -y tienen- la sensación de que Cataluña arañaba, más de lo que le correspondía, en los Presupuestos Generales del Estado. Es bastante difícil creer lo contrario y más difícil imaginar que durante tantos años hemos sido víctimas de un engaño colectivo sin que los responsables políticos catalanes, los estatales, la prensa, se hayan encargado de difuminar o borrar esa percepción que anidaba -y anida- en el imaginario colectivo del conjunto de los españoles no catalanes. La idea que siempre hemos tenido, porque así nos lo contaban dentro y fuera de Cataluña, es que los catalanes siempre salían ganando, ya fuera en los Presupuestos Generales del Estado, en las financiaciones autonómicas, en la financiación sanitaria, en la dotación de infraestructuras, etcétera.

Dos percepciones y dos sentimientos. ¿Cómo enfrentar ese choque? Desde la visión del no catalán se puede argumentar con lo siguiente: los 29 Presupuestos Generales del Estado aprobados en las Cortes Generales fueron negociados en la mayoría de los años con CiU. Es bastante difícil aceptar que esos presupuestos, que necesitaron el voto de los nacionalistas catalanes para ser aprobados o para legitimar más al Gobierno central de turno, no contemplaran las inversiones necesarias para que Cataluña no perdiera pie en infraestructuras y servicios. Estoy seguro de que cualquier presidente autonómico, con el mismo escenario y con la misma ventaja política, hubiera arrancado de los Gobiernos de España los recursos económicos suficientes para dotar a su territorio de los mejores servicios y de las más modernas infraestructuras.

Pero aceptemos que la verdad en esta comparación es la percepción catalana, es decir, que el Estado, a través de los Gobiernos centrales, ha sido cicatero con Cataluña y que el déficit en inversiones en esa comunidad es real. La conclusión, entonces, es obvia: el pueblo catalán ha estado gobernado durante todos estos años de democracia y autonomía por políticos inútiles e incapaces de defender los intereses de su territorio. ¿Qué hicieron los presidentes catalanes en los años en que pudieron negociar los Presupuestos Generales del Estado, permitiendo que su comunidad retrocediera en el ranking estatal mientras otras avanzaban y la superaban?

Alguien podrá decir que la verdad es otra; que, sobre todo, Pujol aprovechó hasta la saciedad la coyuntura y la ventaja de tener la llave que abría o cerraba la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Si eso fuera lo cierto, la pregunta es: ¿qué uso se dio en Cataluña a esos fondos que, con toda seguridad, obtuvo CiU a cambio de su voto favorable a tantos Presupuestos Generales del Estado? Si no fueron a superar déficits infraestructurales y de servicio, ¿en qué se emplearon?

Puede ser que ambas percepciones y sentimientos sean ciertos; en tal caso, la pregunta final es: ¿y si acaso los catalanes han vivido confundidos, confiando en la capacidad política del liderazgo nacionalista que no supo aprovechar las oportunidades o bien hizo uso de los recursos obtenidos para impulsar la identidad, la esencia, olvidándose de la existencia cotidiana de los ciudadanos catalanes?

Le responde Josep A. Duran i Lleida, presidente del comité de gobierno de Unió y portavoz del grupo parlamentario de CiU (EL PAÍS, 05/11/07), en el artículo Percepciones objetivas sobre Cataluña.