Catalunya en perspectiva

Por Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular (LA VANGUARDIA, 08/10/05):

Siempre me he sentido orgulloso de mi condición gallega. Gracias a ella he vivido mi españolidad desde una óptica privilegiada. Me refiero a la que proporciona esa periferia que hace comprensible lo que muchos defendemos: una España unida en la diversidad; una España entendida como una nación plural, hecha de vivencias colectivas diferentes pero fundidas en lazos de comunidad y cercanía más intensos que nuestras diferencias. Catalunya ha sido siempre para mí un ejemplo. La energía creadora, el espíritu emprendedor y el anhelo europeísta de la sociedad catalana han sido un referente para muchos españoles que, como yo, hemos visto en ella un modelo en el que el dinamismo de sus estructuras y el vigoroso pragmatismo de sus ciudadanos han hecho posible una extraordinaria capacidad para anticiparse al futuro y sus problemas.

Hoy, Catalunya acumula un gran poder político en torno a la Generalitat. Sin embargo, lo que podría ser una oportunidad que contribuyera a desarrollar los activos de la sociedad catalana – y hacerla aún más pujante- se puede perder por culpa de la reforma del Estatut. Especialmente porque parece desconfiar de ellos, los minimiza y reduce a un papel secundario: el tímido reflejo de lo que han representado históricamente dentro de Catalunya. Como señalé durante la conferencia que pronuncié en Barcelona hace unos días en la sede de La Caixa, el proyecto de Estatut remitido a las Cortes Generales diseña una sociedad que intenta maniatar a los ciudadanos catalanes dentro de los esquemas de una clase política que mayoritariamente ha demostrado no compartir del todo los valores y principios que sustentan una sociedad abierta. Bajo la apariencia de una extensión de derechos se pretende imponer un modelo de sociedad fuertemente ideologizado. Un modelo que afecta a la esfera privada, económica y social de los ciudadanos, asfixiando la vitalidad espontánea y la creatividad que han caracterizado a la sociedad civil catalana. Para cualquiera con mentalidad liberal esto ya sería inadmisible. Sin embargo, quienes consideramos a Catalunya parte activa dentro del proyecto nacional que encarna España, vemos además en el Estatut una grave fractura de las bases del consenso político y territorial de 1978. De hecho, la concepción que vertebra su texto diseña una relación de igual a igual entre el Gobierno de España y la Generalitat que pone en entredicho la unidad de la soberanía democrática del pueblo español.

Por otro lado, la presencia del Estado en Catalunya se ve diluida hasta su práctica desaparición, olvidando que hay asuntos que, a la vez que interesan a los catalanes, afectan también a todos los españoles. La igualdad y la solidaridad es algo que interesa a todos, en Catalunya y en el resto de España. Sin ambas no sería posible la prosperidad. De hecho, el coste de la desigualdad empobrece a todos, ya que en el seno de una sociedad avanzada el crecimiento se funda en una unidad de mercado y en mecanismos de cohesión que hacen que la riqueza circule y crezca. Generar prosperidad requiere un flujo de ida y vuelta. Quienes vean en mi oposición al Estatut una crítica a Catalunya se equivocan. Confunden sus deseos con la realidad. Hay quien piensa que su tarea está concluida y que ahora el problema lo tienen otros. Se equivocan también. No sé qué es más irresponsable, si la actitud personalista de elevar a las Cortes un proyecto de Estatut a sabiendas de que es inconstitucional, o la actitud calculada de quienes justificarán en el recorte una frustración que retroalimentará de nuevo el discurso reivindicativo. Sin embargo, quien ha demostrado la más grave irresponsabilidad en todo este proceso es, sin duda, el presidente del Gobierno. Apadrinó esta iniciativa a cambio de apoyos en un congreso federal. La hizo suya después en el balcón de la Generalitat.

Durante el debate del plan Ibarretxe asumió que cualquier texto que viniera de Catalunya tendría su apoyo. Se reunió con Carod, Maragall y Mas a pocas horas de su aprobación, pactando el desenlace que conocemos y, quizá, los recortes de su inconstitucionalidad. Zapatero ha jugado con los sentimientos de los catalanes y ahora pretende acallar el rechazo del resto de los españoles. La manipulación de unos y otros tendrá su coste. Estoy convencido de ello. Como líder de la oposición haré todo lo que esté en mi mano para que la convivencia política entre Catalunya y el resto de España no sufra deterioro alguno. Y lo voy a hacer en Barcelona y en Madrid, sin engaños ni ocultación, hablando con la serenidad y la moderación de quien sabe que la solución a la situación creada descansa en las convicciones y el sentido común. Voy a trabajar para que la España en la que creo siga siéndolo, una España unida, cohesionada, plural y orgullosa de su diversidad. En fin, una España dentro de la que Catalunya se sienta cómoda y segura de su identidad.