Catalunya-España sin literatura

En el debate Catalunya-España, tema de un reciente congreso y cuestión palpitante donde las haya en los medios de comunicación e incluso en las conversaciones privadas, nadie suele apelar a aspectos literarios que en cambio a finales del siglo XIX y hasta bien entrado el XX, fueron utilizados como punto de referencia en la misma controversia. Un síntoma inequívoco, a mi parecer, de que la cultura humanística está en caída libre. La Literatura, antes considerada en cualquiera de las naciones europeas un elemento de cohesión nacional e incluso un referente de la idiosincrasia de los pueblos, ha dejado de ser representativa. Basta recordar que Carlyle aseguraba que preferiría que Inglaterra se quedara sin su imperio colonial antes que sin Shakespeare o que Valera, en un famoso artículo aparecido el fatídico agosto de 1898, llegara a escribir que la inmortalidad de Cervantes compensaba a los españoles de los desastres de Santiago y Cavite. De parecido modo opinaban Unamuno o Galdós para quien los “más excelentes dominios sobre los que jamás se pondrá el sol” no eran otros que los protagonistas de El Quijote.

Así las cosas, en el viejo debate Catalunya-España –me refiero al que se inicia a partir del momento en que el nacionalismo catalán se convierte en un movimiento político con aparato ideológico y con capacidad para movilizar una base social y eso ocurre entre finales de la década de los ochenta del siglo XIX y principios del XX– El Quijote será utilizado como elemento de litigio tanto por los catalanes como por los españoles. Precisamente por aquellos años, Cervantes se alza definitivamente con el indiscutible primer puesto entre los clásicos nacionales de la literatura castellana, a la vez que El Quijote se consolida como uno de los más importantes iconos, sino el más importante, de la nación española para la recuperación de sus señas de identidad. Y eso suscita el rechazo de los nacionalistas catalanes que, en palabras de Cacho Viu, para manifestarse y consolidarse necesitan hacerlo de espaldas a España, rehusando, en primer lugar, la lengua española y extrapolando luego ese rechazo, que empezó por ser lingüístico y cultural, a otros ámbitos.

Todo eso explica, a mi juicio, que en los textos claves del nacionalismo catalán, desde Almirall a Prat de la Riba encontremos alusiones a El Quijote, en ambos casos no precisamente entusiastas, más bien todo lo contrario. También dos frases, una de Folch y Torres: “Quédense los castellanos con su Quijote y buen provecho les haga”, y otra de un innominado periodista de Madrid: “Más vale un Quijote que todas las manufacturas de algodón de esos catalanes” puedan servirnos de ejemplo para observar hasta qué punto en el debate Catalunya-España de hace más de un siglo está presente el libro de Cervantes.

Hoy tales exabruptos serían impensables porque probablemente ni separatistas ni separadores han leído El Quijote y eso que de su lectura podrían sacar réditos para aplicarlos a sus posturas, igual que entonces. Incluso se podrían encontrar en el libro elementos para una tercera vía, como los encontraron Pijoan, Miquel dels Sants Oliver y Gaziel, cuyas interpretaciones de El Quijote, por supuesto en clave catalana, propiciaron una mirada mucho menos sesgada.

Pijoan polemizando con Unamuno contrapuso a don Antonio Moreno, el buen burgués catalán, con don Quijote, eso es, el seny, el buen sentido, frente a la desmesura, los intereses colectivos frente al individualismo. Para Pijoan el ruralismo y la cerrazón deben de dejar paso a la industrialización y la apertura, que pretende también contagiar a España, intentando catalanizarla.

Miquel dels Sants Oliver reivindica la participación de Catalunya en la celebración del Centenario quijotesco en 1905 y considera que sólo por el hecho de que Barcelona sea la única ciudad por la que pasa don Quijote y a la que tantos elogios dedica los catalanes deben reconocimiento al libro y de manera especial a su autor, paradigma de tolerancia.

Gaziel, en un hermoso texto de 1930 incluido en Tot s’ha perdut, publicado recientemente por la Biblioteca del Catalanisme de RBA, se refiere al descubrimiento por parte de don Quijote de la costa mediterránea. A su juicio ese es un aspecto significativo de la capacidad de Cervantes para reconocer la diferencia entre las tierras castellanas y las catalanas que la frase: “el mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro” resume divinamente. Antes de llegar a nuestra playa –hoy el Moll de la Fusta– ni don Quijote ni Sancho habían percibido nada de todo eso, según lectura de Gaziel, lo que le lleva a concluir que en la época de Cervantes palpitaba “el profundo sentido de las Españas, de esa rica y fecunda variedad peninsular, que sin haber dejado de ser nunca un hecho indestructible, jamás logró resolverse en una armonía, superior y completa”. Desde entonces y hasta ahora mismo, para desgracia de todos o de casi todos.

Carme Riera, escritora.

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