Catalunya y el fracaso

El catalán es un pueblo de éxito en lo económico y en lo cultural. No, sin embargo, en lo político. Al menos, así se desprende de la literatura -la histórica pero también del ensayismo sobre el país- y de la propia percepción de catalanes ilustrados con los que es posible -y son muchos- mantener largas y aleccionadoras conversaciones sobre el pasado, el presente y el ahora claroscuro futuro del Principado. La Catalunya intelectual que milita en las tesis del secesionismo es profundamente existencialista, lo que la aproxima a sociedades -como la vasca- que se interrogan constantemente sobre su origen y su destino, sobre su propia entidad. España también fue existencialista. Los historiadores hablaron de su realidad como “un enigma histórico” y otros pensadores apostaron por su “inteligibilidad”. En buena medida, qué somos los españoles y hacia dónde nos dirigimos como comunidad política tiene que ver con la “cuestión catalana” como el eslabón perdido de nuestra identidad colectiva. Ahora, la España que comienza más allá del Ebro ha dejado de responder a esos apriorismos noventayochistas y se configura como una sociedad más desinhibida y relativista.

Catalunya ha estado en el lado perdedor -insisto, desde el punto de vista político- en demasiados episodios históricos. La Corona de Aragón se vio superada por el carácter hermético y unificador de la de Castilla; la dinastía borbónica fue acogida favorablemente por los vascos, pero con hostilidad con una parte importante de los catalanes (de ahí el hito de 1714), las guerras carlistas -civiles al fin y al cabo- dejaron la huella de la derrota en zonas catalanas olvidadas, en su idiosincrasia e influjo sobre la conciencia colectiva del país; Juan Prim y Prats (Reus, 1814) fue el gran catalán de la Revolución Gloriosa que pudo haber sido y no fue un grande también en la España del siglo XIX por su alevoso asesinato en 1870; la I República española (1873-74), de inspiración federal, tuvo marchamo catalán con Estanislao Figueras Moragas y Francesc Pi i Margall y acabó en un cantonalismo sainetesco. No hay que recordar -están ahora muy presentes- los fracasos segregacionistas de 1931 y 1934, y antes, la Restauración sin Generalitat, y el desarrollo del devenir de Catalunya -en lo político e institucional- durante el franquismo.

El mayor y mejor de los éxitos de Catalunya fue el regreso en 1977 de Tarradellas y de las instituciones de su autogobierno aun antes de elaborada la Constitución vigente y la poderosísima conformación de un país consistente y articulado en todos los terrenos hasta que llegó la gran crisis del 2007. Esta recesión brutal en combinación con errores de origen en el Estado de la autonomías, otros sobrevenidos y la incansable maquinación nacionalista -“ahora paciencia, luego independencia”- alimentada por ese baile constante con el fracaso político, ha desembocado en la situación actual. La variable que fuera de Catalunya no se ha tenido en cuenta es que existe una determinación de algunos grupos dirigentes -entre ellos los convergentes pospujolistas, además de los republicanos- de que este proceso soberanista no sea un fiasco, que no pueda interpretarse como un farol. Y si se hunde, como parece, habrá otro.

Ha de tenerse en cuenta por el Estado, por toda la sociedad española, que esa dirigencia catalana ha hecho suya la advertencia de Charles Dickens según la cual “cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender”. Donde la sentencia del inglés dice hombre, póngase sociedad o pueblo y aplíquese a Catalunya -o a parte de ella- y se llegará a la conclusión de que quizás el Estado ha llegado tarde, se ha sobreseído en los plazos, ha manejado mal la variable temporal, ha dilatado -fiado en que la historia abona la ciclotimia política catalana- una visión diferente de la cuestión. Esos impulsores de la independencia y, ahora también del desafío a la Constitución y al Estado, creen haber aprendido de los fracasos y están dispuestos a no repetirlos. No conseguirán la secesión, ni que la ley se deje de aplicar, pero tratarán de demostrar que el actual es un viaje sin vuelta que obligará al Estado a sentarse y a pactar. ¿Cuándo?, ¿cómo? Nadie está en condiciones de entrar en el detalle, pero sí en el diagnóstico. El de muchos -entre los que me cuento- es que la Catalunya movilizada y que han movilizado asemeja a una forma contemporánea de populismo que encuentra combustible en el irredentismo histórico del país. Y que se niega a bailar de nuevo con el fracaso. Hablemos, pues, de la ley; pero indaguemos también en las abisales profundidades de la psique colectiva catalana. De lo contrario, no habrá solución.

José Antonio Zarzalejos

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