Catalunya y la ola xenófoba

Tiempo atrás, el soberanismo catalán adoptó el eslogan ‘L’autonomia que ens cal és la de Portugal’. Era una manera poética de expresar el anhelo por la plena soberanía. El problema estaba en el país escogido: para la rima iba perfecto, pero para convencer a los indecisos de las bondades de la independencia, no tanto. Portugal, especialmente después de la intervención del BCE, dista mucho de ser el modelo de Estado eficiente y de democracia de calidad al que aspira el soberanismo catalán.
Artur Mas nunca pensó que Portugal fuese el ejemplo a imitar. Al principio de su mandato formuló la tesis de que Catalunya quería y podía ser la Holanda del sur. Así lo explicó al ‘Financial Times’, a ‘Le Monde’ y a quienquiera que estuviera dispuesto a escucharlo. Más tarde añadió Austria y Dinamarca a su soñada Holanda del sur. En un artículo publicado el 24 de abril en La Vanguardia, Mas reiteraba esos tres referentes. «Quiero una Catalunya como Austria, Dinamarca u Holanda, que sepa combinar el sentido colectivo y el rigor de estos países con la creatividad y la originalidad mediterráneas». A Mas solo le faltó reconocer que estos países, aparte de sentido colectivo y rigor, también tienen otras facetas menos agradables.

El pasado 24 de abril saltaron las alarmas por la victoria del ultranacionalista Norbert Hofer en la primera vuelta en las elecciones presidenciales austriacas. Sin embargo, el gran peso del ultranacionalismo austriaco no es una novedad de este año. Mucho antes de que estallara la crisis de los refugiados, en 1999, se produjo un escándalo mayúsculo en todas las cancillerías europeas después de que el Partido de la Libertad de Austria, en aquel entonces liderado por Jörg Haider, obtuviera el 27% de los votos en las elecciones legislativas y entrara en un Gobierno de coalición con el Partido Popular de Austria, al que había igualado en escaños y de hecho superado por un puñado de votos. Aquello no fue flor de un día: desde 1999 el FPÖ no ha bajado nunca del 10% de los votos y en las últimas elecciones legislativas (2013) obtuvo el favor de uno de cada cinco votantes.

«A cualquier país de tradición democrática le puede salir un partido xenófobo», dirá el independentista austriacista. Cierto. Pero la crisis de los refugiados ha sacado a la luz que el problema no es solo del FPÖ. La vergonzosa posición austriaca ante la crisis no la ha fijado un FPÖ en la oposición sino la gran coalición formada por el Partido Socialdemócrata de Werner Faymann y el Partido Popular de Reinhold Mitterlehner. Ellos fueron los primeros en instalar vallas en las fronteras, y ellos han sido los impulsores de las nuevas medidas recientemente aprobadas por el Parlamento austriaco que permiten a la policía rechazar a los solicitantes de asilo en la mismísima frontera.

La envidiada Dinamarca también es pasto del populismo xenófobo. Tras ganar las elecciones europeas del 2014, en las elecciones del 2015 el Partido del Pueblo Danés de Kristian Thulesen Dahl obtuvo la segunda plaza con el 21% de los votos, por delante del partido conservador Venstre de Lars Løkke Rasmussen. Aunque finalmente no entró en el Gabinete, su apoyo es fundamental para garantizar la estabilidad del Gobierno en minoría de Rasmussen. Pero la aprobación de la ley que permite confiscar los bienes a los refugiados no fue cosa solo de Rasmussen y su aliado xenófobo: el Partido Socialdemócrata también votó a favor de esta ley –haciendo caso omiso de la ONU, el Consejo de Europa, Human Rights Watch, Amnistía Internacional y un largo etcétera de oenegés–.

¿Y en la Holanda del norte? Tras un inaudito 15% de los votos en las elecciones legislativas del 2010, en las del 2012 el Partido por la Libertad de Geert Wilders solo obtuvo el apoyo de uno de cada diez votantes. Pero su visión de la inmigración ha impregnado a la sociedad holandesa. El reciente referéndum sobre el Acuerdo de Asociación con Ucrania no es ajeno a ello. Mucho antes de la crisis de los refugiados, el partido de Wilders lanzó una página web para que los ciudadanos se quejasen de los inmigrantes de Europa central y oriental, con lindezas del tipo «¿Un polaco, búlgaro, rumano u otro europeo oriental te ha quitado el trabajo?». El ‘no’ a Ucrania solo puede leerse en esta clave antiinmigración: si no había suficiente con polacos, búlgaros, rumanos y demás, ¡solo faltaban los ucranianos!

¿Lección de todo esto? Ningún país es perfecto. Del mismo modo que ningún país es inmune a una quiebra económica, tampoco está libre de caer en la lógica del ultranacionalismo. Ni siquiera Catalunya, donde existe un bajo continuo dentro del catalanismo (desde Josep A. Vandellós hasta el manifiesto del grupo Koiné, pasando por Jordi Pujol, Marta Ferrusola y Heribert Barrera) que considera la inmigración como un factor de «desnacionalización».

Albert Branchadell, profesor de la Facultad de Traducción y de Interpretación de la UAB.

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