Catástrofes económicas y políticas

Es muy conocida y citada la máxima contenida en los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola que aconseja «en tiempo de desolación no hacer mudanza». Es muy repetida la máxima porque es muy sabia. La desolación o la tribulación son malas consejeras; el miedo y el dolor frecuentemente turban el juicio y enturbian la capacidad de raciocinio, empujándonos a tomar decisiones desesperadas que suelen ser descabelladas, y de las que más tarde nos arrepentimos. Lo malo es que muy a menudo el arrepentimiento llega tarde, la decisión descabellada tiene difícil enmienda y a la desolación original se suma la tribulación de haber cometido un error grave y tener que cargar con las consecuencias.

La democracia, parafraseando otra conocida máxima, esta de Winston Churchill en el Parlamento, es un sistema muy malo, excepto que las alternativas son aún peores. Pudiera haber añadido aquel gran estadista que la democracia funcionaría mejor si los votantes se comportaran racionalmente, pero que, como la gran mayoría de los humanos son poco racionales -pese al orgullo con que le gusta al hombre, en sentido genérico, es decir incluyendo ambos sexos, definirse como «animal racional»-, acostumbran a cometer grandes disparates en momentos de aflicción, tribulación, desolación u, hoy más corrientemente, estrés. Es casi un truismo decir que la democracia, para funcionar bien, necesita de una amplia clase media que actúe como quilla y lastre en un barco, limitando los grandes bandazos. Tenemos ejemplos por doquier. La democracia funciona mejor en los países desarrollados precisamente porque tienen esa amplia clase media equilibradora. La historia reciente de España nos lo muestra palmariamente: durante la Segunda República, en plena Gran Depresión, la democracia española, pese a contar con políticos de fuste y con una intelectualidad probablemente más brillante que la de ahora, carente sin embargo de una numerosa clase media (aunque esta hubiera crecido en las décadas anteriores), dio tres bandazos en cinco años que hicieron naufragar aquella nave.

JAVIER OLIVARES
JAVIER OLIVARES

No fue España la única democracia donde se cometieron terribles desaguisados en aquellos años. El mundo sufría la mayor depresión económica que se recuerda, con sus secuelas de desempleo, caídas salariales, quiebras de bancos y empresas, y pánicos financieros. La desolación, la tribulación y la aflicción campaban por doquier, máxime cuando el seguro de desempleo y otras protecciones sociales estaba aún en sus primeras etapas y su cobertura era muy incompleta. En esta situación, los votantes de los países europeos más atrasados, a los que habría que añadir a las resentidas Alemania y Austria, dieron un recital de mudanzas desesperadas y disparatadas. Baste recordar que eligieron a Adolf Hitler y a Engelbert Dollfuss, dos fascistas de diferente pelaje, el primero de los cuales tardó muy poco en engullir al segundo. Otros partidos autoritarios o fascistas se hicieron con el poder en Portugal, Grecia, Hungría, Rumanía, y Albania, generalmente con apoyo popular más o menos democráticamente expresado. En España, ya lo hemos visto, la democracia no funcionó y nos engolfamos en la Guerra Civil. Gran responsabilidad les cupo en ello a los generales Franco, Mola, y Sanjurjo, y a la cábala de civiles y militares que conspiraron con ellos. Pero antes la democracia había dejado de funcionar, y los republicanos habían cometido errores y (algunos) crímenes de bulto y conducido la democracia al despeñadero. En una crisis anterior, la de la Primera Postguerra Mundial, el Parlamento italiano, elegido democráticamente, había cedido el poder a Mussolini y sus camisas negras, los fascistas primigenios. Y al año siguiente en España, con apoyo real, y escasa resistencia popular, el general Primo de Rivera se había proclamado dictador. En todos estos casos las clases medias en estos países se polarizaron, y en general el miedo al comunismo les llevó a abrir las puertas al fascismo. La consecuencia de todos estos cambios fue la escalada bélica que condujo a la Segunda Guerra Mundial.

Aduzco estos ejemplos para insistir en lo sabio de la máxima ignaciana: las mudanzas en tiempo de desolación acostumbran a producir efectos terribles y a agudizar, en lugar de curar, el dolor que las provoca. Es natural: si ya a nivel individual el dolor y el miedo son pésimos consejeros, a nivel colectivo lo son aún peores. El pánico y la desesperación se contagian, y producen una desorientación general que favorece la fe en figuras mesiánicas y la creencia en soluciones simplistas a situaciones cuyo remedio en realidad requiere cabezas frías, pulso firme, y, por lo general, grandes dosis de paciencia.

Hoy nos encontramos en una situación parecida a la de la Europa de los años 30 y la Gran Depresión. Estamos sufriendo los coletazos de lo que hemos dado en llamar la Gran Recesión, cuyos síntomas, algo menores, tienen mucho de común con los de la Gran Depresión. Estamos viendo también que las repercusiones políticas del dolor y las penalidades causadas por la crisis económica se parecen a las de entonces: en Europa, especialmente en la Europa del Sur como entonces, se ha alzado el fantasma del populismo, de izquierdas o de derechas, y se ha encarnado ya en un país, Grecia; es decir, se ha hecho allí con el poder. El programa con el que el partido populista de izquierda, Syriza, ha ganado las elecciones en el país heleno es de imposible cumplimiento sin adoptar una moneda distinta del euro, a menos que se encuentre alguien dispuesto a financiar los dispendios que en él se prevén. No es probable que el único candidato a hacer el primo rumboso para que Syriza pueda cumplir su palabra, la Unión Europea, este dispuesto a desempeñar ese papel. Syriza tendrá que abandonar muchos puntos de su programa si no quiere salir de la Eurozona. No sabemos cómo tomará el electorado griego los previsibles incumplimientos, pero, si se enfada mucho, ahí tiene esperándole, para las próximas elecciones, a otro partido populista, este de extrema derecha, nada menos que neonazi, llamado Amanecer Dorado por más señas. No está mal como mudanza.

Los otros dos países europeos donde amenaza seriamente el populismo son Francia y España, allí de derechas, el Frente Nacional de Marine Le Pen; aquí, de izquierdas, Podemos, de Pablo Iglesias II. En Italia, en cambio, han tenido la suerte de que el populismo haya elegido la opera buffa como plato fuerte de su programa, de modo que, después de unos años de diversión, el populismo italiano se ha ido desinflando y el disparate ha resultado casi inofensivo. No tenemos tal fortuna franceses y españoles: el Frente Nacional y Podemos van en serio. Las consecuencias pueden ser terribles: ambos partidos, cada uno por separado y, juntos mucho más, serían, de gobernar, otros tantos torpedos en la línea de flotación de la Unión Europea. El Frente Nacional quiere abandonar la Eurozona y grandes parcelas de los tratados de la Unión. Podemos, hoy lo sabemos con total certeza, es la quinta columna del socialismo bolivariano, que lo ha financiado y lo considera casi como propiedad suya. El programa económico de Podemos es confuso y contradictorio, pero parece normal esperar que su visión y propósito últimos sean una economía como la actual venezolana: no parece el cuadro muy compatible con la pertenencia a la Unión Europea.

Para mí, el rasgo definitorio del intelectual es la impotencia. En las primeras líneas del prólogo a los Ensayos de persuasión, John Maynard Keynes define ese libro como «los graznidos de una Casandra que nunca logró influir a tiempo en los acontecimientos». Y añade que el libro debió titularse Ensayos de profecía y persuasión, porque, tuvo más éxito profetizando que persuadiendo. En mi modesta opinión, si se hubiera hecho caso a Keynes, la Segunda Guerra Mundial no hubiera tenido lugar. En todo caso, esa decepción que se percibe en los ensayos del gran economista estoy seguro de que es compartida por muchos ensayistas de su tiempo y del nuestro. Los que nos dedicamos a comentar el desarrollo histórico contemporáneo nos sentimos como el visitante a un acuario que ve a un buzo atacado por tiburones al otro lado del cristal y no puede hacer nada por evitarlo: nadie le oye. Al intelectual, las más de las veces, ni se le oye ni se le escucha. ¿Cómo podríamos conseguir que los votantes, en «tiempo de desolación», votaran con el cerebro y no con el hígado (que es la glándula que segrega la bilis)? Muchos votan con el hígado creyendo que lo hacen con el corazón; ni lo uno ni lo otro: debe regir el cerebro y reconocerse que hay mejores alternativas para aliviar la desolación y regenerar la democracia.

Gabriel Tortella es economista e historiador.

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