Catedrales

No se alzaron las catedrales en el centro de las ciudades. Las ciudades se tejieron en torno a sus campanarios. No las creó el genio europeo. Europa fue por ellas creada. Y aún hoy hablamos la lengua con la cual esos himnos a la luz hicieron del espíritu arquitectura. Duby, en su obra clásica, fija los términos del envite: configurar un nuevo lenguaje, hecho de «luz, de persecución de un Dios encarnado, de lucidez, de lógica». Y en esa lengua, esa luz, esa caza del absoluto, de lo lúcido y lo lógico, seguimos. Pero ahora, el monumento fundacional ha ardido.

En la fotografía, que fue portada de ABC el 17 de abril pasado, la nave central de Notre Dame proyecta su perspectiva de pavesas, carbón, ceniza, hacia la enorme cruz dorada que preside el ábside. Al pie de ella, la Piedad de Nicolas Cousteau. Cruz y estatua, impolutas. Al ver la foto, pensé en el fotomontaje que no era: oro y mármol de una fe que impone luz en las tinieblas. Y recordé la evocación de Cioran, que es epitafio fiel de nuestro tiempo: «Somos todos espíritus religiosos sin religión». Todos. Los del siglo XX.

Catedrales15 de abril. La catedral es, sobre la pantalla de mi ordenador, un denso nubarrón negruzco. Y, en su corazón, un ascua que no ven los ojos. Aquel joven coleccionista de boutades que fui ve en la imagen el eco de algo que leyó hace muchos, demasiados años. Paul Éluard y André Breton. 1931: año de templos que arden en España. Poetizan ambos, ante las hogueras, «la gran claridad materialista de las iglesias incendiadas». La poesía, bien que pese a Novalis, no es patria de la verdad necesariamente. No hay claridad. Hay nubarrón que opaca la vista.

De repente, la flecha de Notre Dame cae. 750 toneladas de encina y plomo fundido fulminan la nave desde la perpendicular del crucero. Y una tempestad de ascuas y pavesas crepita: fuego fatuo. Arde un mundo de símbolos; no de madera y plomo. Un mundo de leyendas que habitaron los sueños, que tejieron las almas y los actos de los europeos durante un milenio. Sueños que destinábamos a ser inmortales: esto es, a no morir antes que nosotros. De repente, en ese demasiado literario crepitar de chispas, de fuegos que devoran lo intemporal más aún que lo efímero, la flecha ya no está. Y el mundo es otro.

Ni siquiera nos consuela la erudición que sabe cómo esa aguja, que ya no vemos, era sólo un pastiche de apenas siglo y medio. Pero, fagocitada por el fantasma de la catedral, la flecha de 1859 se infectó de su eternidad. No son los 160 años durante los que, a más de noventa metros sobre el suelo, sobrevoló París; no es el casi un milenio transcurrido desde aquel 11 de marzo de 1163 en que el Papa Alejandro III puso la primera piedra de Notre Dame, allá donde antes hubo una catedral carolingia, y antes una merovingia, y antes una basílica paleocristiana, y antes, un infinito antes, un templo de Júpiter; no son siquiera los más de dos mil años de una espiritualidad que nos ha inventado a todos en Europa: a los no cristianos como a los cristianos. No sólo.

Cae la flecha. Y es lo sagrado, en un estrato simbólico muy primigenio de nosotros, lo que se desmorona en un demasiado brutal tropo poético: lo sagrado que fuimos, lo sagrado de cuya huida hemos tomado nuestro sincopado ingenio y nuestro incurable vacío. Lo agónico sagrado de un siglo que anunciara un pesaroso Gérard de Nerval, anticipándose al Nietzsche mensajero del mundo huérfano: «¡Dios ha muerto! El cielo está vacío… ¡Llorad hijos, no tenéis ya padre!».

Luego vendrán las voces de consuelo. Necesarias. E insípidas. Como es de ley que todo consuelo sea. Necesario e insípido Macron: «Reconstruiremos Notre Dame aún más bella». Pero una catedral no es bella. Es sagrada. Y en esa diferencia se juegan los destinos de una visión del mundo: la de la Europa que universalizó el destello misterioso de la religión del Dios-hombre y, con ella, la filosofía que descree de uno y de otro, porque sospecha en uno la dudosa sombra del otro. Chateaubriand decía que «no hay nada bello, dulce ni grande en la vida que no sea misterio». Aun si de esa belleza dulce y grande no se sigue verdad necesariamente.

¿Son acaso las catedrales edificios? No como tales fueron concebidas. No enraíza en la estética su sentido. Y claro está que un templo es solución técnica y estética a una constelación de problemas constructivos. Pero no es sólo eso. No lo es primordialmente. Una catedral es, en los términos de Mircea Eliade, una hierofanía: un material objeto común en el cual habla lo sagrado.

¿Qué es una catedral, si no es sólo arquitectura? En 1968, un ministro de Cultura de muy poco común inteligencia inaugura la exposición que el Louvre dedica al gótico. Lejos de usar el foco del esteta, el laico André Malraux advertía del disparate que es hablar de ese gótico catedralicio como «estilo» artístico: lo esencial se pierde. No es la belleza lo que aquí está en juego. La catedral no era espacio de arte. Era lugar sagrado. Antes de que lo sagrado abandonara nuestra escena: «Desde la primera abadía hasta la última catedral, no olvidemos que se trata aquí de lo divino… La catedral somete todas las formas de la tierra a las suyas propias, como Dios se anexiona a los fieles a través de los santos. No hablo sólo de la arquitectura, cuya acción fue evidente, sino de lo sobrenatural que aportaba la catedral al dominar la ciudad, también del infinito espacio que imponían las perspectivas de su luz y sus vidrieras… La nave de la catedral habrá llegado a ser el corazón del mundo, porque la catedral habrá llegado a ser su espejo».

No, no se alzaron las catedrales en el centro de las ciudades. Las ciudades fueron tejidas en torno a sus campanarios Y esa red de lo sagrado inventó Europa: una frágil geometría del espíritu.

Gabriel Albiac es filósofo y escritor.

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