Causalidad y tragedia en Santiago

Una de las características de la forma de escribir la historia en los siglos IX y X es la falta de una causalidad para explicar los acontecimientos. La historiografía de esta época relata la historia mostrando una desconexión entre las causas de los hechos y sus consecuencias o efectos. Esta disociación la debemos de contextualizar en un espacio cuyo paradigma fundamental era el cristiano, donde las explicaciones del mundo físico y natural eran percibidas como algo simbólico, mágico o maravilloso. El universo medieval construía los acontecimientos sin buscar una racionalidad, puesto que «la razón» y los razonamientos de la Ciencia Natural Moderna todavía no eran un logro de la Humanidad en aquella época.

Una explicación medieval sobre el acontecimiento «monstruo» del descarrilamiento del tren correspondiente al 24 de julio en Santiago de Compostela, estaría cargada de simbolismos vinculados al día, a la oportunidad, a la salvación, al pecado o a la culpa de muchos de los implicados. Desde un punto de vista medieval sería impensable buscar una explicación científica, racional y vinculando las causas y los efectos. El propio contexto, la propia situación, se lo impedirían. No existía ningún elemento intelectual o científico para explicarlo de otro modo en el paradigma cristiano. La búsqueda de la «culpa» era algo sustantivo vinculado al Juicio Final y la salvación.

En pleno siglo XXI los acontecimientos los explicamos de otra manera. Si un tren descarrila investigamos todos las causas posibles que pudieron intervenir en el suceso para encontrar una explicación racional, científica y verdadera. Construimos relatos creíbles que funcionan en nuestra sociedad capitalista basada en las bondades de la Ciencia y el conocimiento. En ese contexto, de forma inicial, hemos encontrado diferentes narraciones para encontrar los motivos del accidente del pasado 24 de julio. Una primera explicación sería la que busca una causalidad sistémica, es decir, busca culpabilizar al sistema ferroviario (vías, balizas, seguridad) y ensalzar las bondades de los servicios públicos, haciendo una loa de los mismos. Este argumentario ha ido asociado (o no) a una crítica sobre el sistema capitalista en su versión más liberal (privatizaciones, recortes, etcétera). Una segunda explicación se ha centrado en culpabilizar a alguien en concreto, buscando rápidamente una causalidad fácil frente al hecho. Este segundo relato ha estado asociado a buscar un culpable físico (maquinista). Una tercera explicación estaría vinculada a un hecho más apocalíptico y esencialista, como sería el estruendo propio de una bomba. Por último, están todos aquellos razonamientos vinculados a lo geográfico. Así, Galicia sería un lugar diferente donde suceden acontecimientos gracias a su atraso y a su olvido. En el mismo sentido, el accidente habría que desvincularlo de la Marca España y su prestigio como potencia ferroviaria de la llamada «alta velocidad». Podríamos, incluso, hablar también de las lecciones de sociedad civil y las lecciones de los compostelanos en cuanto a solidaridad y respeto. Cinco relatos que han buscado en estas horas sustituir a la investigación científica, racional y verdadera, que creará el enunciado definitivo de lo acontecido. Y que junto al desarrollo de lo jurídico, crearán la verdad oficial del acontecimiento del 24 de julio.

Tenemos, por tanto, el mundo medieval y el mundo contemporáneo; el mundo simbólico y el mundo racional, pero hemos conservado «la culpa» como elemento explicativo esencial en la reconstrucción de los sucesos. El razonamiento judeocristiano nos ha llevado a mantener ciertas esencias que conservamos. La culpabilización une lo medieval y lo contemporáneo, lo maravilloso y lo científico, mostrándonos que no estamos tan lejos del razonamiento medieval, aunque aparentemente seamos esclavos del paradigma capitalista en el que vivimos y de nuestros posicionamientos frente a él. Esto, en conjunción con las herencias medievales y las dificultades para construir argumentarios dialógicos y complejos explican las limitaciones que estamos encontrando para hallar nuevas formas de pensar que nos lleven a una nueva modernidad alejada del relativismo posmoderno y de los recursos planos y faltos de sofisticación intelectual.

Israel Sanmartín es investigador contratado ‘Parga Pondal’ del Depatamento de Historia Medieval y Moderna de la Universidad de Santiago de Compostela.

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