Causas y Consecuencias del Terrorismo

Yihad: el sexto pilar del Islam

Ponencia de Antonio Elorza, Catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, impartida con motivo de las II Jornadas Internacionales de Terrorismo tituladas “Causas y Consecuencias del Terrorismo”, celebradas los días 30 de noviembre y 1 de diciembre de 2006, en el Palacio de la Aljafería, sede de las Cortes de Aragón (Fundación Manuel Giménez Abad).

A partir del momento en que el terrorismo islamista inicia su carrera en las décadas finales del siglo XX, el término “yihad” se convierte lógicamente en el centro de los debates políticos sobre el Islam. La situación resultante es paradójica. De un lado, para las corrientes radicales, y por supuesto para quienes practican y defienden abiertamente el terror, el significado de “yihad” no ofrece la menor duda: es la guerra a muerte contra el infiel, mandato supremo que obliga a todos los creyentes, en la coyuntura actual contra los modernos cruzados (Estados Unidos, Israel, de forma más amplia el Occidente). Pero en sentido contrario, los publicistas musulmanes, incluidas las más altas categorías de expertos, dirigen al mundo occidental el mensaje de que ver la yihad como guerra santa contra el infiel constituye un profundo error. El concepto es mucho más complejo, insisten, y sobre todo, la lucha armada contra el infiel no sería, de acuerdo con la doctrina musulmana, más que una forma inferior de “yihad”, existiendo una “gran yihad”, muy superior, de carácter espiritual.

Desde el punto de vista de la propaganda, la solución resulta muy eficaz, ya que de antemano queda desautorizado todo intento de asociar la práctica del terror o la violencia por musulmanes a su creencia religiosa. El que lo hiciera demuestra su ignorancia en la misma y al tiempo su voluntad de denigrar al Islam.

Este tipo de argumentación es repetida una y otra vez en los últimos tiempos, hasta convertirse en un tópico, que de paso sirve para demostrar en apariencia que carece también de sentido buscar el fundamento del terrorismo “yihadista” en los textos sagrados del Islam. Todas las piezas encajan entonces:

Primero, el Islam es una doctrina de paz (lo cual además puede acentuarse acudiendo al terreno resbaladizo de las etimologías: Islam vendría de as-salam, paz, y no de su verdadera procedencia as-silm, inequívocamente sumisión). Lógicamente, la doctrina islamista no admitirá semejante asociación salvo para uso externo.

Segundo, no puede existir relación entre los comportamientos adoptados por los adictos a un credo religioso en la actualidad y los fijados en el siglo VII.

Tercero, si además la doctrina islámica considera secundaria la acepción bélica de yihad, queda probado tanto la supuesta evidencia de que todas las religiones propugnan la paz y la compasión, no la violencia, como la afirmación anterior: sería falso que en la ortodoxia islámica yihad tuviese ante todo una acepción belicista.

Los puntos segundo y tercero constituyen el eje de una argumentación defensiva utilizada de forma recurrente. En principio, además, la inmutabilidad del mensaje divino expresado en las aleyas del Corán favorece la impresión de que existe esa distancia histórica insalvable. Lástima que difusores de la doctrina avalados por la máxima solvencia y en publicaciones de máxima difusión a nivel mundial actúen en sentido diametralmente contrario a esa doble suposición de distanciamiento histórico y visión pacífica. Nada lo prueba mejor que la versión bilingüe del Corán por la editorial Darussalam (la casa de la paz), saudí, autoproclamada “líder mundial de libros islámicos”, cuya edición a bajo precio del Corán en inglés y árabe puede adquirirse en cualquier librería islámica de Londres, incluida la de la mezquita principal en Central Park. Pues bien, la traducción del famoso versículo 8:60, utilizado por los radicales para justificar el terror, ya que el término aparece en forma verbal y con contenido inequívoco (irhab es terror, rahaba aterrorizar, y en el versículo se usa turhibuna, aterrorizaréis a los infieles), realiza una actualización fraudulenta, presentando como palabra de Alá todo un arsenal, en términos literales, como instrumentos que sustituyen a los caballos del tiempo del Profeta, y por supuesto del texto original.

Así donde en la versión española se lee: “preparad contra ellos todas las fuerzas y caballería que podáis; así aterrorizaréis a los enemigos de Alá que son también los vuestros (…)”, en la inglesa de Darussalam figura: “And make ready against them all you can of power, including steeds of war (tanks, planes, missiles, artillery) to threaten the enemy of Allah and your enemy (…)”

La traición al texto sagrado suscita una doble sorpresa. Primero, que altos exponentes del saber académico saudí la cometan. Segundo, que millones de lectores lo hayan aceptado sin pestañear. Es la mejor prueba de que los contenidos de violencia originarios no son marginados por un sector musulmán de hoy; por el contrario, son vistos como algo tan necesario para el presente que no se duda en falsificar la letra del Corán para alcanzar una plena actualización de sus recomendaciones.

El reciente informe de los expertos del Grupo de Alto Nivel para la Alianza de las Civilizaciones hace suyos los tópicos arriba mencionados, rechazando explícitamente toda indagación histórica más allá del siglo XIX e insistiendo en esa identificación entre religión (musulmana) y paz. Ello pone de relieve la imprescindible necesidad de proceder a una clarificación, la cual, anticipemos el resultado los desmonta uno tras otro. Pero llegar a ese desenlace requiere antes presentar los argumentos del GAN.

No les hace falta a los expertos de la AdC insistir abiertamente en la falta de enlace entre la doctrina islámica originaria y el terrorismo. Más aún, consideran que hablar de “terrorismo islámico” supone un error peligrosísimo que distorsiona toda comprensión de la realidad. Para ellos, todas las religiones llevan consigo una carga de fraternidad: “todas promueven los ideales de compasión, justicia y respeto por la dignidad de la vida”. Únicamente desde “interpretaciones exclusivistas”, !a religión puede ser instrumentalizada para la violencia. Los más horribles reinados del terror en el siglo XX no habrían sido de origen religioso. En cuanto al “fundamentalismo”, su origen es cristiano y si existe en otras religiones, no debe ser atribuido a ninguna en concreto.

Para apuntalar tales afirmaciones, resulta imprescindible disociar “yihad” de guerra. Ejemplo: en el párrafo de los expertos sobre la cuestión, es plenamente asumida la falacia de que el significado de yihad en sentido estricto invalida su lectura como guerra santa, de lo cual a fin de cuentas resultarían culpables “los medios y los líderes políticos occidentales” al generalizar sobre “las exhortaciones a la violencia de las facciones radicales” de! Islam. Los musulmanes en cambio, tendrían la verdad en sus manos, al reconocer “los múltiples significados y las connotaciones positivas” de la noción de yihad. El núcleo de la información deformante de los expertos es la ya citada jerarquización de gran y pequeña yihad, donde por cierto esta última es explícitamente separada de todo contenido agresivo, procediendo siempre de “la defensa de la propia comunidad”. Sin duda el rey visigodo don Rodrigo o el emperador bizantino Heraclio pretendieron conquistar la Meca, sufriendo en consecuencia invasiones “defensivas”.

En cualquier caso, la distinción entre gran yihad {yihad al-akbar) y pequeña yihad {yihad al-ashgar) procede de un hadiz o sentencia del Profeta que en los términos de la teología musulmana carece de fiabilidad. Si admitimos que la confianza en un hadiz reposa sobre la existencia de una cadena fiable de transmisores (isnad) y sobre su inclusión en una de las recopilaciones juzgadas seguras (sahih), faltan ambos requisitos en el hadiz en que al volver de una expedición militar, Mahoma declara a un seguidor que vienen de la pequeña yihad, de la guerra, para afrontar la grande, el combate consigo mismo: “Unos creyentes regresaban de una expedición y fueron a ver al Mensajero de Alá, Él les dijo: “Volvéis para lo mejor, desde la yihad menor (yihad al-ashgar) a la yihad mayor (yihad al-akbar)” Uno le preguntó entonces : “¿Qué es la yihad mayor?” y él dijo “la lucha del esclavo contra sus pasiones” (muyahadat al-abdi hawah).

Sería extraño además que hubiera establecido semejante jerarquía cuando en las recopilaciones de hadices el contenido bélico de la yihad domina abrumadoramente, y desde el mismo Corán la yihad en tal sentido es vista como superior al cumplimiento de rituales religiosos ((9:19) y al apego a la propia familia (9:24). En Al-Muwatta del imam Malik ibn-Anas, las 51 sentencias del capítulo 21 en el libro tienen como única referencia la guerra en la senda de Alá. El Kitab al-Yihad wa’l-Siyar, libro de la yihad y de las expediciones, dentro del volumen de “Sahih Muslim”, con 180 hadices, todos exclusivamente sobre la guerra, tiene el complemento de otros hadices sobre yihad en otros capítulos, como los 97 del adyacente Kitab al-Imara (Libro del Emir). En la compilación de Abu-Daud, al Kitab al-Yihad con 311 hadices, alguno suelto sobre otro tema, hay que sumar el contenido guerrero del Kitab al-Malahim, del Kitab al-Fitan wa al-Malahim (libros de las batallas). Por fin, en libro de hadices de mayor autoridad, el de al-Bujarí, los 281 incluidos en el inevitable Libro de la Yidad encuentran continuidad en el siguiente libro, sobre la obligatoriedad del botín (khumus), con 88 hadices. Casi cuatrocientos en total, precedidos además por una cita del Corán inequívoca y sumamente reveladora del doble contenido, religioso y estrictamente materialista, de la yihad, aquí presentada mediante su sinónimo, combate (de raíz qtl), pero “en la senda de Alá”: “Alá les ha comprado a los creyentes, sus personas y sus bienes a cambio del Paraíso. Combaten en la senda de Alá, matan y les matan. Es un compromiso auténtico asumido por Él en la Torah, el Evangelio y el Corán. ¿Y quién cumple su compromiso mejor que Alá? Alegraos pues del intercambio que habéis hecho con Él, Este es el mayor triunfo” (9, 111) (traducimos por intercambio el término bay’a, pacto o acuerdo de lealtad que un colectivo contrae con un superior a cambio de protección).

Si quien pretende hablar sobre el término “yihad” y su papel dominante en el Corán y en los hadices se arriesga a una lectura de los textos, no puede tener la menor duda acerca de su significado, a no ser que su pretensión consista en cambiar el significado a lo que es unívoco. “Yihad” implica apuesta, inversión, de la propia vida y de los propios bienes en una lucha “por la causa de Alá”, nada espiritual de contenido, en un juego donde siempre obtiene ganancia: el botín si sobrevive a la victoria y la enorme recompensa como mártir en el Paraíso de caer muerto.

Pasando de las ideas a los hechos, es lo que Patricia Crone resume en su libro Meccan Trade and the Rise of Islam: “la guerra santa no era una cobertura de intereses materiales; muy al contrario, los proclamaba abiertamente”. Alá dijo a los árabes “que tenían el derecho a despojar a otros de sus mujeres, hijos y tierras, o más bien que tenían el deber de hacerlo; la guerra santa consistía en obedecer. El dios de Mahoma elevó así la militancia tribal y la depredación al grado de virtudes religiosas supremas”. Dicho aun de forma más clara: “En suma, Mahoma tenía que conquistar, a sus seguidores les gustaba conquistar y su deidad le dijo que conquistaran. ¿Hace falta algo más?”.

La interpretación de P. Crone converge con las apreciaciones de Alfred-Lois de Prémare en Les fondations de l’Islam, al que considera como fruto de un proyecto expansionista de naturaleza militar, desde el mismo momento en que ocupa el poder en Yathrib/Medina. En la llamada Constitución de Medina, la finalidad explícita de la umma consiste en “la creación de una confederación centrada en una acción militar al servicio de una conquista”. Tal “fue el elemento primero y original de la fundación del islam”. La comunidad (umma) que se forma “única y distinta a los otros hombres” tiene como único objetivo reconocido organizar expediciones militares, o dicho de otro modo, llevar a cabo “el combate (qital) en la senda de Alá”, cuyo código de conducta es establecido minuciosamente. El mando único pertenece a Mahoma, en tanto que Enviado de Alá. El mecanismo de la yihad está en marcha, apareciendo en forma verbal desde la primera cláusula del escrito, al aludir a “los que combaten (yâhada) con ellos”, con los creyentes. La religión se convierte en envoltura de una estrategia de expansión militar, y ello se refleja, subraya De Prémare, en el significado de algunos términos claves. Con mu’min/mu’minum no se designa como más tarde al o a los creyentes, sino a quienes comparten mancomunadamente la garantía del pacto, en virtud del cual obedecen, no a Alá, sino a su Profeta, siendo kafir aquel que lo rechaza, con lo cual se hace merecedor de que se le haga la guerra sin concesión alguna.

De ahí que concepto de “yihad”, en su acepción de esfuerzo de guerra por la causa de Alá, deba ser considerado un producto ideológico de la etapa decisiva en que Mahoma asume el papel de Profeta armado, y que a partir de entonces ese significado, con su doble vertiente de lucha con recompensas materiales y de cumplimiento de un mandato divino. Otra cosa es que en la fase de formación teológica del Islam, concretada en las azoras mequíes del Corán, “yihad” carezca de esa proyección violenta y responda estrictamente a su etimología, siendo ante todo esfuerzo en la dirección de Dios.

Esfuerzo hacía Dios, lucha en la senda de Dios

El análisis de los versículos en que bajo una u otra forma gramatical aparece el concepto de yihad, permite definir con suficiente claridad, tanto el significado inicial del término, esfuerzo hacia Dios, como su aplicación a un contenido estrictamente bélico en las azoras de Medina. No existe contradicción entre las dos fases, ya que en ambas se trata de emplear todos los recursos a disposición del creyente para satisfacer la exigencia permanente de sumisión activa, consecuencia obligada de su reconocimiento de la divinidad. Como ocurre con tantos otros conceptos del vocabulario islámico, la traducción rigurosa no es posible, ya que al significado para el hombre va incorporado el que se deduce de la dependencia o de la obligación respecto de Alá: caso de fitra, naturaleza del hombre que incluye su condición de sumiso a Alá, farida, deber hacia Alá, haqq, verdad, etc. En el Corán aparece asimismo en distintas ocasiones, diecisiete por veintiocho de yihad, la raíz qtl, combate, palabra sin connotación religiosa, que le es añadida con la mención de “en la senda de Alá”, que figura asimismo frecuentemente en el empleo de yihad. Los significados coinciden entonces, sí bien en yihad la lucha es vista desde el ángulo del sujeto, y en qital lo es como acción bélica en si misma.

La evolución del contenido de yihad, de las azoras mequíes a !as de Medina, recoge el tránsito de una mentalidad teológico-profética a otra bélico-normativa. De acuerdo con la primera, en Corán 29:6, de La Meca, el contenido de la yihad es estrictamente individual: “Aquel que lucha no lucha más que para sí mismo, puesto que Alá puede prescindir de todo el universo”. El infinito separa al Creador de la criatura, que a pesar de ello ha de esforzarse por esa aproximación imposible de la cual el creyente será el único beneficiario. Ese sentido es enfatizado en el único versículo de las aleyas de Medina de tal intención: “Y luchad en Alá con todo el esfuerzo que él merece” (22:78). El enfrentamiento con el no-creyente aflora ya con fuerza en un versículo mequí, incluso de forma enfática, diríamos que “yihadiza yihadizadamente” si tal traducción fuese posible: “No obedezcas a los infieles y con esto [con el mensaje de Alá] lucha contra ellos denodadamente”. Pero explícitamente no hay violencia. El favor de Alá es ya anunciado de manera inconcreta: “Y en cuanto a los que luchan por nuestra causa les guiaremos en nuestros senderos. Dios está con los benefactores”. Por fin, la 16:110, en el marco de los castigos y de las recompensas eternas, habla favorablemente de “aquellos que han emigrado después de sufrir pruebas, y luego han luchado y han resistido”: el texto puede sugerir acción bélica, pero también apunta a una posible emisión después de la hégira.

En Medina, el deslizamiento hacia la acción guerrera “en la senda de Alá”, poniendo en juego vida y bienes con la seguridad de una recompensa, resulta definitivo. Lo define con torda sencillez el 61:11: “Creed en Alá y en su Enviado, y luchad en la senda de Alá con vuestros bienes y vuestras vidas. Es mejor para vosotros, si supierais”. No hay ruptura, sino concreción del objeto de la yihad respecto del período mequí: “Buscad el medio para que os acerquéis a Él y luchad en su senda” (5:35). La yihad se convierte así en la seña de identidad insoslayable del musulmán: “Los verdaderos creyentes son solamente aquellos que creen en Alá y en Su Enviado, que en lo sucesivo no dudan y luchan con sus bienes y sus persona en la senda de Alá”. A quienes rehusan el cumplimiento de tal obligación les espera el infierno (9:81). En cualquier caso los primeros son superiores a los segundos (4:95). La yihad es la etiqueta del creyente frente al que no lo es: 9:41, 66:9, 49:15, 5:54; 9:44. La divisoria entre ambos ha de ser imborrable, de manera que en relación al no-creyente sólo cabe la lucha hasta alcanzar la victoria (60:1). En 5:54, la condena se amplia a los apóstatas, y en 9:73 a los hipócritas, cosa importante ya que de aquí se deducirá la obligación de llevar la yihad más allá de la frontera con el descreimiento, pero siempre en ese marco de lucha armada, de la cual resultará la victoria: “Los que creyeron, emigraron y lucharon con sus bienes y sus personas en la senda de Alá ocupan el más alto rango ante Alá, y son los victoriosos” (9:20) (ver también 2:218).

El carácter militar de esa lucha resulta inequívoco, y alguna una vez el llamamiento es acompañado de la mención a ir armado de forma ligera o pesada (9:41). Aun elidida la palabra “yihad”, el concepto figura en la aleya 8:60, donde la orden de prepararse por todos los medios para la lucha -volveremos sobre la falsificación de que es objeto el texto en traducciones recientes-, tiene ya como fin inspirar el terror (irhab) a quienes son “enemigos de Alá y vuestros”: “Y preparaos contra ellos con toda la fuerza que reunáis, disponiendo la caballería, con el fin de aterrar al enemigo de Alá y vuestro…”.

Ampliado el campo de los enemigos a los hipócritas, la única matización afecta a las gentes del libro, contra quienes la lucha hasta la victoria puede no tener como resultado la muerte, en caso de aceptar la sumisión y el pago de la capitación (yizia):
“Combatid contra aquellos que no creen ni en Alá ni en el ultimo Día, que no prohiben aquello que Alá y Su mensajero han prohibido, y que no profesan la religión de la verdad entre quienes han recibido el Libro hasta que paguen la capitación y sean humillados” (9:29).

La yihad se impregna así de intereses económicos, hasta el punto de que en el versículo 9:111, reproducido por al-Bujari en el capítulo sobre el tema en su compilación de hadices, el combate es presentado como una permuta en que el creyente pone sobre la mesa de juego el riesgo de perder vida y bienes, a cambio de! botín y/o del paraíso. El botín es siempre un complemento inseparable de la yihad: “Disfrutad de los bienes lícitos de vuestro botín” (8:69). El concepto de yihad correspondiente a la etapa medinense nos introduce así en una doble dimensión del deber guerrero del creyente: en primer plano, la exigencia de servir sin reservas ni límites a la causa del Creador, y en segundo, la introducción de un sistema de valores de tipo mercantil, eco de la mentalidad inicial de Mahoma como comerciante en el mundo de las caravanas. Desde unos supuestos estrictamente materialistas, la yihad marca la dirección del Paraíso.

Además garantiza la victoria final, consistente en el imperio del islam sobre la tierra. Hasta entonces sigue en pie el deber de llevarla a cabo: “Combatidles hasta que cese !a discordia (fitna) y la religión sea toda de Alá” (2:193). Con casi las mismas palabras se expresa el versículo 8:39.

La vigencia de esa centralidad de la lucha a ultranza, su dimensión finalista de ganarse el Paraíso o, en su caso, el botín, queda reflejada en uno de los documentos más representativos del nuevo terrorismo islamista: el llamado testamento de Mohammed Atta. Se trata de imponer la muerte a los infieles al grito de “Allah u-Akbar” y sacrificarse en espera de alcanzar “los jardines del Paraíso decorados con los más bellos ornamentos, donde serán recibidos por huríes hermosamente ataviadas. El cumplimiento estricto de las consignas sagradas llega a la exigencia de quitarles los efectos, es decir, recoger el botín de los pasajeros previamente degollados, eso sí, sin desatender el objeto principal de la operación. El trato de los prisioneros es el recomendado por Mahoma: la muerte. De esa muerte son únicamente responsables los no-creyentes que la sufren, dado que han rechazado la verdadera religión ínsita en la naturaleza de todo hombre. No debe existir remordimiento alguno: “No sois vosotros los que les habéis matado; es Alá quien les ha matado” (8:17).

En resumen, la teoría coránica de la yihad, desmenuzada más tarde por los hadices en una cascada de casos concretos, y con especial atención hacia los mártires, surge de la proyección sobre el espacio de la guerra por Alá del principio que obliga al creyente a esforzarse siempre en dirección hacia ese dios que la creado y a quien debe una entrega absoluta. Es una guerra implacable, contemplada como sujeto participante desde el creyente, y con el triunfo definitivo de la causa de Alá como punto de llegada bifásico: victoria primero sobre no-creyentes o gentes del Libro, hasta la implantación final del Islam en toda la tierra. La referencia a Alá garantiza la cobertura espiritual, pero su contenido inmediato es militar como instrumento imprescindible, sin olvidar el carácter de inversión, de cara al botín en esta vida y a un paraíso cargado de placeres materiales después de la muerte.

Quedaba por definir el alcance de la yihad, sobre todo en cuanto a los adversarios, claramente individualizados en el tiempo del Profeta, pero de identificación más compleja con el paso de los siglos. La codificación corresponderá en torno a 1300 a la obra del rigorista Ibn Taymiyya, personaje clave en estos y otros aspectos para enlazar la doctrina originaria con el islamismo radical contemporáneo. Hasan al-Banna reeditó su Política de la sharía (Siyasa shariya) y su planteamiento dualista, con la contraposición “orden de los creyentes” regido por la sharia vs. enemigos exteriores e internos. El preciso esquematismo con que formula la oposición a los mongoles resultará del todo aplicable al proyecto de enfrentarse contra los nuevos invasores occidentales. Otro tanto sucederá con la denuncia de la yahiliyya, estado de ignorancia previo al Islam.
Ibn Taymiyya parte del supuesto coránico de que el hombre ha de ser necesariamente musulmán y si es invitado a serlo y se niega, ha de ser combatido. La yihad es, pues, una obligación fundamental en el Islam, y le corresponden las más altas recompensas de acuerdo con un dualismo radical: “Todo individuo o toda colectividad que la emprendan se encuentran ante dos sublimes alternativas: la victoria con el triunfo o la muerte del mártir con el paraíso”. La obligación de la guerra no se dirige sólo contra los infieles del exterior, sino que concierne a las “minorías rebeldes”, sean miembros de otra religión que viven en una sociedad musulmana, sean musulmanes que incumplen sus deberes. “Está establecido por el Corán, la Sunna y la ijma que es preciso combatir contra todo aquel que incumpla la ley del Islam, aun cuando hubiera pronunciado las dos profesiones de fe (shahada). El principio está sentado con la ampliación de los campos de aplicación de la yihad, en cuanto garantía de cumplimiento de la sharia. Los infieles, las gentes del Libro, los hipócritas, los musulmanes reacios a atender sus obligaciones, gobernantes incluidos, se convierten en categorías sobre las cuales debe caer la violencia ordenada por Alá. Un planteamiento que será extremadamente útil cuando resurja la exigencia de rigor y se agudice el conflicto con el enemigo exterior en la segunda mitad del siglo XX. Con razón, cita E. Sivan en El Islam radical, desde medios semioficiales egipcios ya se detectase hacia 1980 el influjo nocivo de Ibn Taymiyya sobre los jóvenes egipcios al justificar desde las escrituras islámicas la violencia contra aquellos musulmanes, incluso sunníes, que de un modo u otro se opusieran a la sharia. Serían el blanco de “una yihad en la senda de Alá”.

El paraíso a la sombra de la espada

En 1981 ve la luz el folleto titulado “El deber ausente’” (Farida al-Gha’iba), obra del ingeniero Muhammad Abd al-Salam Faraj, pronto ejecutado por su responsabilidad en el asesinato del presidente Sadat. El opúsculo invoca desde su título la obligación de la yihad, así como el prolongado eclipse que la misma ha sufrido en el pensamiento islámico. Recordemos por lo que hace al título que “farida” es deber, pero deber hacia Dios. Faraj es en rigor el primer yihadista contemporáneo, al hacer girar el comportamiento de todo creyente en torno a ese deber fundamental, recordado por la herida sangrante que en la tierra del Islam representa Israel y tendente en definitiva a cumplir la exigencia milenarista de un estado musulmán extendido a todo el planeta. Una construcción cuyo punto de referencia esencial es el tratamiento de la yihad por el inevitable Ibn Taymiyya.

Sin embargo, hay algo que sugiere el título no tan exacto. El recuerdo del deber ausente se había iniciado con anterioridad, desde los primeros pasos de los Hermanos Musulmanes y había alcanzado una coherencia doctrinal destinada a perdurar en la obra de Sayyid Qutb.

En apariencia, la actuación pacífica dentro de la ley y la construcción de una sociabilidad musulmana constituyen el núcleo de la innovación introducida por el egipcio Hasan al-Banna desde que en 1928 funda los Hermanos Musulmanes. Tal es la propuesta interpretativa de Tariq Ramadán en su libro sobre reformismo musulmán. Peor el hecho de que en el ingreso como hermano musulmán tuviera lugar un juramento, sobre el Corán y sobre un arma, indica la existencia de una doble vertiente, confirmada por el opúsculo sobre la obligación de la yihad, Risalat-ul-Jehad. En sus páginas, Hasan al-Banna sostiene la obligatoriedad de la yihad para el creyente, hasta el punto de convertirla en la seña de identidad del Islam: “No hay sistema en el mundo que haga tanto énfasis en la yihad y en la lucha, en el uso de poder, en la mutua disciplina y en la unidad, y en la defensa de derechos, como el Islam”. Para que no haya dudas, discute el famoso hadiz sobre la gran y la pequeña yihad, y tras subrayar su carácter dudoso, deja claro que no existe contradicción alguna entre la yihad como lucha contra el infiel y la yihad contra uno mismo, siendo en todo caso necesaria la primera.

Hasan al-Banna devuelve la yihad a la condición de obligatoriedad que revisten los textos clásicos, apuntando sin la menor opción para la duda, a que yihad significa lucha con derramamiento de sangre, siendo en consecuencia su más alta expresión la figura del mártir. Las citas de aleyas que toma como punto de apoyo pertenecen todas al periodo de Medina y tiene sin excepción contenido guerrero. La última coincide con la que Al Bujari toma para abrir su capítulo sobre el tema. En cuanto a los hadices, pronuncia una observación muy útil para refutar a los comentaristas apegados a la prioridad una yihad espiritual: “Los preciosos y altamente estimados hadices que mencionen estas cosas, o describen la guerra en el mar o la alta estima de la misma, o que conciernen a la guerra con la gente del Libro, o directrices y mandamientos acerca de la conducción de la guerra, son tan numerosos que un voluminoso libro no serviría para recogerlos.”

El carácter de innovación en las reflexiones de Al-Banna sobre la yihad no suscita moderación alguna. En todo caso, ofrece la rama de olivo al final de la yihad, que generaría “amor a la paz y conciliación”. Asume la dureza de los textos clásicos e incluso va más allá de los mismos cuando compara la yihad contra los infieles y la llevada a cabo contra cristianos y judíos. Se trata de un aspecto relevante ya que tal asimilación, favorecida por la coyuntura histórica, se encuentra en la base de la ulterior doctrina yihadista: “(…) la yihad con la gente del Libro es también obligatoria y aquel que luche contra ellos recibirá doble recompensa. No sólo hay que practicar yihad contra los infieles sino contra toda esa gente que representa un peligro para el Islam.”

Para nada contempla Al-Banna la yihad como una actuación defensiva frente a una agresión exterior. Consiste en cambio en la realización de “todos los esfuerzos posibles para quebrar el poder de los enemigos de la religión, poner fin a su dominio y asentar las raíces de la religión”. Los adversarios son designados uno a uno, con un significativo olvido de los infieles en concreto. En primer término, los dhimmíes que rompan el pacto, esto es, que no acepten la subordinación. Después los apóstatas, rebeldes contra el Islam después de aceptarlo. Una yihad destinada además a durar hasta el Día del Juicio. De ahí que proclame, reproduciendo el hadiz, que “el paraíso se encuentra a la sombra de las espadas”.

Su “última palabra” en torno al tema resulta inequívoca: “¡Queridos hermanos!: Aquellos cuya forma de morir es hermosa y que están hechos a la muerte con honor, son honrados en el mundo y con el Paraíso en el mundo venidero. Lo que nos ha puesto ante la degradación y el deshonor es sólo el amor a este mundo y el miedo a la muerte. Por eso preparaos para la yihad y ser amantes de la muerte. La vida vendrá en vuestra busca”

No resulta pues válida la estimación generalmente admitida de que Hasan al-Banna representa una fase pacífica de los Hermanos Musulmanes, mientras que Sayyid Qutb es quien protagoniza el viraje teórico hacia el radicalismo cuya última expresión es el terror. Había una razón fundamental para que un pensador tan atento a las distintas facetas de su proyecto islamista reconociera la necesidad de la violencia. El diseño de una sociedad totalista, transformada en todos sus componentes, y en los comportamientos, en un orden regido por la sharía, sólo puede ser alcanzado mediante un grado mayor o menor de coacción. La cascada de prohibiciones formuladas por Al-Banna en su programa político no pueden hacerse efectivas de otro modo, y la yihad es la llave para vencer a la resistencia.

Eso sí, en un contexto más desfavorable, cuando ya Nasser ha sofocado las expectativas del islamismo dentro del nuevo régimen, Sayyid Qutb desarrolla las intuiciones del fundador y elabora el tratamiento sistemático que hará de la yihad la clave de bóveda del islamismo radical. En sus palabras, reproducidas por Rudolph Peters, “la yihad es la revolución permanente del mundo islámico”.

Los puntos principales en la teoría de la yihad por Sayyid Qutb reflejan, de un lado, la propensión salafí, de partir de la edad de oro originaria en que el Profeta, al reproducir las palabras de Alá, señaló el camino de una sociedad musulmana perfecta lograda mediante la guerra contra el infiel, y de otro, la exigencia de proceder a una actualización, tanto en la designación de los objetivos como en las formas de lucha, sin por ello cortar el hilo umbilical con las enseñanzas del Profeta, algo perfectamente realizable en la medida que la ignorancia de la Arabia pagana se encuentra reproducida en la nueva ignorancia del mundo occidental. Esos puntos serían:

Primero. La yihad es el instrumento indispensable para regresar a ese pasado perfecto, para establecer !a din, el verdadero orden religioso de la sociedad. Si la llamada al Islam, la dawa, se encuentra obstaculizada, la yihad resulta imprescindible.

Segundo. La forma de yihad ha de inspirarse en el patrón trazado por Mahoma en su vida, desde la predicación en la Meca a los años de lucha en Medina.

Tercero. En el plano teórico, la exigencia de la yihad resulta de la incompatibilidad entre el Islam y el mundo de la ignorancia, la yahiliyya, cuya expresión es el enfrentamiento entre Dar al Islam y Dar al Harb.

Cuarto. Yihad nada tiene que ver con conversión forzosa. No se trata de atacar a los individuos, sino de liberarlos de la perniciosa influencia de Occidente.

Quinto. Es una lucha revolucionaria sin punto final contra los infieles y ha de constituir el eje del activismo político, haciendo del Islam una realidad viva.

Sexto. Constituye una obligación ineludible para el creyente. El musulmán que no practique la yihad “no existe”. “El Islam mira a todos desde una altura, porque ésta es su verdadera posición”. El principio de superioridad ha de guiar a la renacida “comunidad de los creyentes”, tal y como lo hiciera en el momento fundacional.

La referencia al tiempo de los piadosos antepasados, la edad de oro originaria, resulta imprescindible, tanto para que tenga sentido la analogía entre la yahiliyya de entonces y la de hoy, como para legitimar la propuesta de violencia de hoy sobre el comportamiento del Profeta en aquella fase fundacional del orden islámico. Tengamos en cuenta que Sayyid Qutb insiste sobre el carácter pacífico del Islam, al menos en principio, por lo cual, “Ia guerra es una excepción que se convierte en necesaria cuando existe una desviación de la integración ejemplificada en la religión de un Dios”. Lo que sucede es que allí donde ejerza su tiranía la soberanía del hombre resulta imprescindible iniciar la lucha para establecer la soberanía de Dios:
“Las razones para la yihad son estas: establecer la autoridad de Dios sobre la tierra; disponer los asuntos humanos de acuerdo con la verdadera guía proporcionada por Dios; abolir todas las fuerzas satánicas y los sistemas satánicos de vida; poner fin al dominio de un hombre sobre otros, ya que todos los hombres son criaturas de Dios y ninguno tiene autoridad para convertirles en siervos suyos o hacer leyes arbitrarias para ellos. Estas razones son suficientes para proclamar la yihad”

De acuerdo con la ortodoxia originaria, el fin último de esa lucha sólo puede consistir en la instauración de la soberanía de Dios sobre la tierra, esto es, el imperio del orden dispuesto por la verdadera religión sobre todos los hombres: “el Islam, esto es, la sumisión a Dios, es un mensaje universal que toda la humanidad debe aceptar o con el cual ha de buscar la paz”. Esto significa que el camino de la victoria definitiva ha de seguir una sucesión de fases ascendentes; de ahí el título del libro más conocido de Sayyid Qutb, verdadero catecismo del Islam radical, Hitos del Camino. Si es tolerada la acción de predicar sin límite alguno, no habrá guerra, pero ésta es siempre necesaria si surge cualquier tipo de oposición: “Aquel que entienda el carácter particular de esta religión, entenderá también el puesto que corresponde a la yihad bis saif (esforzarse mediante la lucha), que consiste en desbrozar el camino mediante la predicación para que progrese el movimiento islámico. Entenderá que el Islam no es “un movimiento defensivo” en el sentido estrecho de lo que hoy se llama técnicamente “una guerra defensiva” fue un movimiento para eliminar la tiranía y llevar la verdadera libertad a la humanidad, utilizando recursos acorde con la actual situación humana y sigue unas etapas definidas, cada una de las cuales cuenta con diferentes métodos.”
La antesala de la victoria definitiva es la lucha armada, plenamente legitimada por su objetivo de acabar con la yahiliyya de acuerdo con unas pautas en que el musulmán de hoy reencuentra las ya fijadas en el Corán. La forma de tiranía personalizada en el Faraón tiene unos rasgos que permanecen a lo largo de la historia, y que dada la fuerza de los estados que siguen inmersos en la ignorancia, no puede dejar de revestir formas violentas. Todos los medios son legítimos para alcanzar la meta de su destrucción, de acuerdo con el principio de que quien se oponga ha de atenerse a las consecuencias: “el deber del Islam es luchar contra él hasta que sea muerto o declare su sumisión”. “Verdad y falsedad no pueden coexistir”, sentencia Sayyid Qutb. La orientación general queda fijada en las dos aleyas donde es anunciado que la yihad no cesará hasta que la única religión en el mundo sea la de Alá.

Lo que propone Sayyid Qutb no es la yihad contra quienes ejercen una opresión política, sino “contra el gobierno de los hombres en todas sus formas”, la democrática incluida. Se trata de poner en marcha en términos literales una revolución que acabe con la hegemonía de Occidente y apunte hacia la finalidad última del movimiento islamista. No existe posible conciliación con concepto alguno o forma política propia de Occidente. La pureza del Islam rechaza toda variante de contaminación procedente de la yahiliyya. Son campos enfrentados en una lucha a muerte, en la que ha de vencer sin duda la causa de Alá.

Una numerosa bibliografía reconstruye el proceso de radicalización de minorías islamistas, singularmente jóvenes, al calor de la nueva situación internacional egipcia – entre la guerra de 1973 y la paz de Camp David de 1979 -, que desemboca en la conspiración para asesinar al presidente Sadat. El opúsculo ya citado de Faraj, El deber ausente, constituye su expresión ideológica, y al mismo tiempo la prueba de la importancia del antecedente teórico proporcionado por Ibn Taymiyya, desde el supuesto que el régimen de Sadat es análogo al falsamente musulmán de los mongoles (E. Sivan). Los “mal llamados musulmanes” pasan a ser el blanco principal y la yihad, el instrumento único para alcanzarlo. Surge así el supuesto clave del yihadismo, esto es, de la justificación teórica de la violencia y el terror frente a los enemigos internos (apóstatas, hipócritas) y exteriores (Israel, Estados Unidos). Su posición central se mantendrá hasta hoy: el primer deber del musulmán consiste en la práctica de la yihad, ahora vuelta en primer término contra los gobernantes que reniegan de su fe, buscando apoyo en todo el arsenal de citas coránicas sobre el tema: ” Pese a su crucial importancia para el futuro de nuestra fe, los hombres de religión de nuestra época han descuidado, incluso han hecho caso omiso de la yihad. No obstante, saben que la yihad es la única manera de restablecer y volver a realzar el poder y la gloria del Islam, algo que todo verdadero creyente desea con todo su corazón. No hay duda alguna de que los ídolos de la tierra no podrán ser destruidos más que por la espada y así se establecerá el Estado islámico y se restaurará el califato. Este es el mandato de Alá, y todos y cada uno de los musulmanes deben por ello hacer cuanto esté en su poder para cumplir este precepto, recurriendo a la fuerza sí es preciso”.

Las bases doctrinales de Bin Laden y Al Qaeda están sentadas. No tardará en cumplirse la previsión de Sayyid Qutb en el sentido de que las restricciones a la yihad son debidas a problemas coyunturales y no a la esencia del principio. Con la yihad victoriosa de Afganistán tuvo lugar la fusión en los medios y en los objetivos, al cerrar una lucha en doble vertiente, primero contra una gran potencia, luego contra la otra, sin olvidar el consejo coránico de golpear simultáneamente a los aliados menores, del 11-S al 11-M y en segundo plano contra los gobernantes musulmanes apóstatas que colaboran con los nuevos cruzados. La experiencia afgana facilita una formación de muyahidines capaces de Nevar los principios yihadistas a la práctica. Lo ha subrayado G. Kepel: “La fuerza de la red que han tejido pacientemente BinLaden y Zauahiri consiste en la excepcional disponibilidad de militantes fríos y racionales, formados en los campos afganos y luego reinsertados en la vida civil, que llegado el momento serán activados para dar “el gran golpe” contra “el enemigo lejano” y sacrificar su vida sin parpadear”. A partir de este momento, la reflexión yihadista se mueve en una doble dirección, por un lado el diseño de una estrategia del terror a escala planetaria, de acuerdo con la fundación del “Frente Mundial para la Yihad contra cruzados y sionistas”: por otro, en la búsqueda de medios técnicos que hagan posible la victoria, en seguimiento de la táctica empleada en su día por el Profeta en su guerra contra los mequíes, con una finalidad bien sencilla: “inducir a la comunidad musulmana a alzarse y liberar a su tierra, luchar por la causa de Alá y hacer de la sharía la más alta ley, así como la palabra de Alá la más alta de las palabras” Bin Laden (10 -06-1999).

En el mismo discurso queda de manifiesto que el Islam se convierte para el líder terrorista en una doctrina del odio “Todo musulmán que contempla la discriminación comienza a odiar a americanos, judíos y cristianos; esto es parte de nuestra religión y fe”. Llegados a este punto, el concepto de resistencia resulta capital ya que hace posible la inversión de las relaciones de violencia. La agresión del creyente aparece como la respuesta ordenada por Alá al ataque de los enemigos, los nuevos cruzados, del mismo modo que Mahoma declarara la guerra a los mequíes como réplica a las supuestas agresiones sufridas antes de la hégira. Para ajustarse al criterio coránico de legitimidad de la yihad, ésta es presentada como un medio imprescindible de resistencia por parte de la umma y de sus miembros individuales. Es su calidad de agresores lo que justifica que el hecho más grato a Alá consista en matar americanos y judíos allí donde se encuentren. Se trata en sentido estricto de un acto de yihad, ya que comprende el derecho y el deber al botín al cumplir el mandato divino de “matar americanos y quitarles su dinero allí donde se encuentren”. La primacía del terror lo contamina todo incluso la referencia clásica a la shura en cuanto a organización de! gobierno, ya que sin ambages, para Bin Laden, los gobiernos islámicos siempre “han sido establecidos por la pluma y el fusil, la palabra y la bala, la lengua y los dientes” (AQ). Eso significa que la lucha contra los regímenes sin dios y apóstatas se realiza mediante cualquier acto de destrucción al alcance del creyente, de acuerdo con el objetivo trazado por Abdulá Azzam de liberar hasta el último pedazo de tierra que haya sido musulmana y hoy esté en manos infieles. El punto de partida es Palestina; el de llegada, Al Andalus El protagonismo de la yihad desemboca en una inexorable discriminación dualista: “Esta guerra es fundamentalmente religiosa. La gente del Este son musulmanes. Simpatizan con los musulmanes contra la gente del Oeste, que son los cruzados”

Conclusiones

A lo largo de la historia del Islam, la utilización del término “yihad” ha podido experimentar variaciones, pero este hecho no puede borrar la existencia de un hilo rojo que une la formulación dominante en los años de Medina con su uso por el islamismo radical durante las últimas décadas, con las sucesivas elaboraciones de Ibn Taymiyya y de Sayyid Qutb a modo de eslabones que unen ambos extremos, con una codificación coherente primero, y una adecuación a la crisis de la confrontación con Occidente en el caso del segundo. Lo que tantos ensayistas e islamólogos se niegan a entender, resulta sin embargo claro en todas las manifestaciones de la propaganda radical, aun sin alcanzar el yihadismo. El kalashnikov alzado o las armas disparando en las cubiertas de los folletos sobre la yihad en el Islam, ofrecidos hasta hoy en las librerías musulmanas de Londres o de Washington, dejan malparadas las elucubraciones en que la yihad trata de presentarse como un ejercicio puramente espiritual.

Particularmente, esa observación resulta válida para el tópico de la gran yihad, espiritual e intimista, superior a la pequeña yihad belicista. Como objeto de exportación, el planteamiento es de gran utilidad, al descalificar toda visión que intente profundizar en los orígenes de la yihad realmente existente. Ahora bien, no sólo se trata de la nula fiabilidad del hadiz en que se basa, sino de que su contenido es contradictorio con el principio islámico de que toda acción humana relevante ha de estar dirigida hacia Alá. No existe incompatibilidad alguna entre la práctica de la yihad en la senda de Alá y el dominio de las pasiones individuales, pero la jerarquía siempre debe otorgar la prioridad en un marco de conflicto al colectivo, a la umma. El enfoque de la yihad toma al individuo como punto de partida, sólo que para proyectarle de inmediato como sujeto actuante orientado hacia la única dirección posible, la trazada por Alá, que después de la hégira no puede ser otra que la práctica de una guerra victoriosa en el curso de la cual verá asimismo satisfechos sus intereses materiales, con el botín primero, con una gozosísima estancia eterna en el paraíso de caer como mártir.

Esto no excluye en modo alguno que el pensamiento musulmán pueda plantear fértiles desarrollos a partir de ese bastión doctrinal que es la exigencia del esfuerzo hacia Alá, presente como principio en las azoras de La Meca. Sólo que si aceptamos el Corán en su totalidad, según hace la inmensa mayoría de los creyentes, islamistas moderados del tipo Tariq Ramadan incluidos, el rechazo de la acepción bélica es de dudosa ortodoxia. La salida reside entonces, así en la reflexión de Tariq Ramadan, en abrir una puerta trasera a la violencia al plantear que la misma no puede ser excluida si se hace imprescindible “la resistencia” a agresiones contra el Islam. Únicamente trazando una divisoria entre el concepto primero de “yihad” y el que resulta transferido a la guerra necesaria contra el enemigo de religión puede ser evitada ese encuentro del islamismo moderado con el radical en torno a la coartada de la “resistencia”.

En último término, la yihad puede desembocar sin dificultad en la práctica del terror, desde una perspectiva salafí, con la mirada puesta en la vida ejemplar del Profeta como conquistador. El ya aludido versículo 8:60 lo plantea abiertamente: frente a los enemigos de Alá hay que emplear todos los medios con tal de “aterrorizarles”. Es una recomendación congruente con la proyección sobre la tierra de los castigos infernales con el objetivo de hacer inevitable el triunfo de la verdadera religión.

Zaragoza, 1 de diciembre de 2006.

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