Cenizas del Octubre Rojo

Cuando aterricé en el Moscú de los años 90, todavía quedaban en la vida cotidiana muchos resabios soviéticos: caídas de la línea telefónica cada dos por tres, probablemente pinchada por algún funcionario ocioso del KGB; la escasez de bares y restaurantes donde tomar algo; las colas en las tiendas; la costumbre de guardar toda bolsa de plástico, por si acaso, porque no abundaban; y la desconfianza entre la gente común de conversar con un extranjero.

Con Vitali costó un mundo quebrar la pared de hielo. Aquel hombre, que podía haber sido mi padre o un abuelo temprano, solía llevarme en coche a hacer algún recado de tarde en tarde. Un buen día, transitando en su Lada verde alcachofa por la avenida de Lenin, me contó que él había participado de joven en la construcción de aquella larguísima arteria y, no sé muy bien cómo, la charla derivó hacia el sentido de la revolución y cómo, de un plumazo, 150 millones de personas se habían quedado sin país ni referentes tras el desplome de la URSS. Los años 90 fueron una carnicería económica y social a gran escala.

Con cierta nostalgia ocultadora, a Vitali se le saltaban las lágrimas; en mi ruso raquítico y en la densidad de sus silencios, pude atisbar el alcance de su dolor por haber creído en una idea que entonces se le escurría muerta de entre los dedos como un puñado de arena sucia. De repente, el vacío, la nada. Se recompuso hablando de su nieta –las tres generaciones vivían juntas en un piso minúsculo–, de sus estudios musicales y del virtuosismo que estaba alcanzando a tan corta edad.

Le he recordado en varias ocasiones durante este año en que se cumple el centenario de la revolución de los sóviets, concretamente el próximo 7 de noviembre, el día en que varios centenares de soldados y obreros armados irrumpieron en el Palacio de Invierno de Petrogrado, la sede del Gobierno provisional. Según el calendario juliano, vigente en la Rusia zarista, la fecha coincidía con el 25 de octubre de 1917.

En la hora de las efemérides, buena parte de los expertos se han esforzado en señalar que la Revolución de Octubre, que llegó como un ladrón en medio de la noche, probablemente no habría triunfado sin los estragos y penurias que estaba ocasionando la gran guerra de 1914. De hecho, habría que leerla como un hito dentro de un ciclo histórico en el que sucumbieron los tres últimos imperios: el austro-húngaro, el otomano y el zarista. ¿Pero qué decir de su legado? ¿Queda algo salvable de aquel Octubre Rojo que prometió falsamente el comienzo de un nuevo mundo?

Si el abuelo Vitali se regocijaba con las escalas de su nieta al piano, era porque, en efecto, uno de los grandes logros de la revolución bolchevique fue la divulgación de la alta cultura (música, ballet, ópera, teatro, literatura). Hubo otras conquistas, desde luego, para lucir en el escaparate: la universalización de la sanidad gratuita; la alfabetización (menos del 30% de la población sabía leer y escribir en la Rusia de Nicolás II); la emancipación de la mujer y el salario igualitario; el avance científico; la construcción de ciudades; y la industrialización en tiempo récord de una economía agraria y feudal a coste humano altísimo. La industrialización, por encima de cualquier cosa: como suele decirse, Stalin cogió a Rusia con la cuchara de palo y la dejó con la bomba atómica. Sin esa transformación, habría sido impensable aplastar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, una victoria a hierro, fuego y barricadas de sangre: 27 millones de muertos.

Aun así, el vasto experimento social que supuso la revolución rusa, quizá el mayor de la humanidad, resultó, a la postre y por desgracia, un rotundo fracaso histórico. La Arcadia de la justicia social y la camaradería se transformó en un monstruo que comenzó muy pronto a devorar a sus hijos, y Octubre no llegó a cumplir los objetivos de expandir libertades sociales ni emancipó a las masas de los imperativos del capitalismo.

Como sostiene el historiador británico Orlando Figes, en su espléndido ensayo ‘La Revolución rusa (1891-1924). La tragedia de un pueblo’ (Edhasa), «el Estado, por muy grande que sea, no puede homogeneizar a la gente ni mejorar a los seres humanos. Todo lo que puede hacer es tratar a sus ciudadanos de manera equitativa, e intentar asegurar que sus actividades libres se dirijan hacia el bien común».

A pesar de sus terribles excesos, pues, no convendría olvidar los principios que inspiraron la revolución en un mundo, como el de hoy, centrado en el dinero y materialismo a ultranza, en este sálvese quien pueda que ha olvidado proveer al hombre de las necesidades básicas. En tiempos de la posverdad y las derivas autoritarias, se corre el riesgo de que los excluidos y los desilusionados por el capitalismo global acaben por rechazar una democracia que no cumple con las expectativas de libertad y justicia social.

Olga Merino, escritora y periodista. Master of Arts (Latin American Studies) por la University College of London (Beca La Caixa/British Council). Fue corresponsal de EL PERIÓDICO en Moscú en los años 90. Profesora en la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès. Su última novela: ‘Perros que ladran en el sótano’ (Alfaguara, 2012).

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