Censura imposible

Quizá sea la gente con armas la que suele llevar a cabo las revoluciones, pero las fomentan la gente con ideas. Y como demuestran una vez más los recientes acontecimientos en Irán o China, la comunicación de ideas preocupa mucho a los gobiernos autoritarios. En los últimos días, el Gobierno iraní ha intentado impedir que se filtrase información sobre el país, mientras que el chino pretende bloquear la información que entra. Al final estamos hablando de la misma cosa: a sus ojos, el flujo libre de la información es una amenaza para el Estado y hay que suprimirlo. La tecnología y la globalización hacen que ese tránsito informativo sea más fácil y rápido y su control una tarea más complicada. Está claro que la libertad de opiniones no resulta compatible con un gobierno autoritario, pero la pregunta clave es si la transmisión de ideas abrirá los países totalitarios o bien si esos gobiernos cerrarán aún más la comunicación.

Aunque todavía no se sabe cómo concluirá la turbulenta situación vivida en Irán después de las elecciones amañadas, es evidente que la sublevación ha sacudido el régimen teocrático. Una de las novedades importantes del movimiento popular fue el uso de teléfonos móviles y de Internet como armas para la lucha. El Gobierno de Teherán prohibió con éxito que los medios convencionales transmitieran noticias no deseadas, pero sin confiscar todos los móviles en el país no había forma de controlar la salida de información desde las bases. Las imágenes de la agonía de la joven Neda Agha-Soltan fueron captadas por un transeúnte que las envió en forma de mensaje a un amigo fuera de Irán. De allí volaron a la emisora Voice of America, que las pasó a la CNN hasta que las imágenes acabaron dando la vuelta al mundo, dañando seriamente la imagen del Gobierno que había puesto tanto empeño en controlarlo todo.

El régimen iraní no ha tenido mucho más éxito en su pretensión de obstaculizar la información que pueda entrar en el país. Una de las razones para la detención de varios iraníes que trabajaban en la Embajada británica es la cólera de Teherán hacia la BBC, que hace unos meses inauguró un servicio en iraní, transmitiendo noticias y programas de la actualidad en farsi. A pesar de los mayores esfuerzos desplegados por el Gobierno en bloquear esas transmisiones, se estima que unos 15 millones de iraníes desafían a sus propios dirigentes y escuchan la BBC; y que muchos más esquivan las restricciones impuestas a Internet para conectarse con el mundo exterior.

El Gobierno chino también ha intentado restringir seriamente la entrada de información. Desde la semana pasada, el régimen de Pekín tenía previsto insistir para que todos los ordenadores importados lleven dentro un programa preinstalado, ‘Green Dam’, destinado según la versión oficial a bloquear pornografía. Pero para muchos, la medida huele a censura y tiene que ver con el hostigamiento continuo por parte del Gobierno contra los medios no oficiales. Porque el programa ‘Green Dam’ también permite que el Ejecutivo monitorice la actividad en la Red, lo que supondría el ‘gran ‘firewall’ (muralla) chino’, según alertan quienes se oponen a su uso. Después de una lluvia de críticas en los países exportadores y de indicaciones de algunos fabricantes para que no cumpliera con la medida, el régimen ha retirado la exigencia. De momento. Pero la intención es evidente: el mes pasado, y en coincidencia con el 20º aniversario de la masacre en la plaza de Tiananmen, el Gobierno sí bloqueó varias páginas ‘web’, incluyendo la de ‘twitter’, que facilita el envío de mensajes cortos. El miedo que tiene Pekín a la diseminación libre de información e ideas es palpable.

La reacción de gobiernos como los de Irán y China no constituye nada nuevo. La capacidad de las ideas para turbar el orden establecido está probada. Cuando Johannes Gutenberg empezó imprimir la Biblia hace 500 años, propiciando una distribución mucho mayor, varios sabios predijeron que cambiaría el mundo: la Reforma no tardó mucho en llegar. La chispa que desató la Revolución norteamericana en 1776 fue un panfleto incisivamente crítico contra Londres y el rey Jorge III escrito por un hombre extraordinario, Tom Paine. El Gobierno británico intentó censurar a Paine y su obra, pero fue demasiado tarde; en unos meses se vendieron medio millón de ejemplares y la mayoría de la población de Massachussets terminó leyéndolo. En referencia a la Guerra de Independencia, el segundo presidente de EE UU, John Adams, aseguró que sin las palabras de Paine, «la espada de Washington no habría tenido éxito». Y ya en nuestros tiempos, la caída del comunismo se vio acelerada por la introducción de la televisión vía satélite, que permitía que la gente del otro lado del telón de acero conociera (ilegalmente, claro) las mejores y más altas condiciones de vida de sus vecinos del mundo occidental.

Es dudoso que incluso la tecnología más avanzada, con capacidad para difundir información en tiempo real, pueda provocar cambios de régimen por sí sola. Si no existen instituciones capaces de canalizar opiniones, las protestas populares pueden quedarse en aguas de borrajas por muy profundas que sean. Pero la nueva reacción de los gobiernos autoritarios ante Internet y sus esfuerzos para suprimir mensajes de texto vuelven a poner de relieve el poder de las ideas libremente expresadas.

David Mathieson